Himno, Bandera y Patria
Publicación original: Novedades, 27 de septiembre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Himno Nacional, Bandera, patria, identidad mexicana y Antonio Caso.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El Himno y la Bandera nacionales realizan un bello consorcio de simultáneas vivencias en el espíritu del pueblo. Decirle las hojas del calendario que está viviendo el noveno mes del año –cuyo centro afectivo son las fiestas patrias- y evocar instantáneamente la insignia y el Himno de México es, realmente, un espontáneo proceso psicológico. El hondo simbolismo de ambos inunda el ambiente de todos los días del mes, sin que nada ni nadie lo pueda evitar.
Cumple al periodista recoger con devoción el tema que se le impone con actualidad invencible… Pero en este septiembre, centenario de las estrofas y notas que nos legaron Bocanegra y Nunó, las consideraciones en torno del tema asumen perfiles no usados.
Y es que no dejan de oírse voces más o menos insidiosas, más o menos malignas, de las que esparcen el run run falaz de un dizque ineludible, mentido internacionalismo que vendría a ser la más expresa negación de himno y bandera. Quieren autorizarse esas voces en el hecho innegable, pero mal interpretado, de las sísmicas transformaciones sufridas por el mundo, hoy empequeñecido por la formidable técnica de las comunicaciones y por la concentración de máxima fuerza en dos o tres poderes políticos. Según eso, la consecuencia inexorable sería el inminente arrumbar los símbolos de la Patria en una vitrina, como piezas de museo destinadas a provocar la curiosidad burlesca de los hombres del futuro, análoga a la que hoy puede suscitar en nosotros un arqueológico objeto de antiguos, oscuros cultos idolátricos.
Más de una vez hemos hecho la consideración del valor humano y social de los símbolos. Hemos exaltado su indeclinable poderío sobre el espíritu del hombre. Y ahora cabe aquí la pregunta: el canto y el emblema que cifran uno de los supremos valores por los que tantos han sido capaces de dar la vida misma –al través y a pesar de seculares transformaciones históricas-, ¿están a punto de periclitar, inservibles, por no poder seguir representando ya algo que ha dejado de tener realidad, a saber, ese acervo de elementos que integran el supremo valor que vive en la palabra PATRIA?
La enérgica rebeldía del ánimo contra la sola enunciación de la hipótesis, dice a gritos lo mismo que nos declara un examen imparcial, sencillo, de fría y científica objetividad: tamaña pretensión es insostenible, es hueca.
Podrá desconocérseles, pero siempre habrá patrias. La variedad, la diversificación de las colectividades nacionales dentro de la unidad esencial del linaje humano, es inevitable; ni más ni menos que la imponderable y multiplicada variedad de los individuos, a la que no obsta la identidad de naturaleza de que todos participan. Esa diversidad trae aparejada la existencia de atributos, de necesidades y aun de funciones históricas que no calificaríamos de opuestos, porque ello sería falso, pero sí de específicos, en cada grupo nacional. Y esa circunstancia, ese hecho que no se puede pasar por alto ni modificar, pide precisamente la conservación, dentro de la armoniosa unidad, de la diversidad de las patrias. Cada una tiene tareas singulares y propias que llevar a buen término en el grandioso quehacer de la Historia.
No nos cansamos de insistir, una y otra vez, en la clara enseñanza de don Antonio Caso:
“No es hacia una unidad incolora, fusión de todos los pueblos, hacia donde parece encaminarse la evolución histórica de la Humanidad; sino, más bien, hacia una síntesis en que la armonía se produzca por la diversidad de los componentes y la solidaridad de la agrupación total; esto es, el ideal consiste no en suprimir las características de los pueblos, sino en sumarlas o combinarlas armoniosamente. En vez de una unidad pobre, una unidad varia, riquísima. ESTE PARECE SER EL DESIDERÁTUM DE LA HISTORIA”.
En balde porfiará el internacionalista, descastado o interesado. Y podrá llevarnos a una raya fronteriza para hacernos ver que no hay diferencia apreciable entre uno y otro territorio; que el paisaje no se interrumpe, antes se prolonga igual más allá de las mojoneras. La Patria, más que tierra y más que hombres, es espíritu. Concretamente: México, más que una extensión geográfica, más que una colectividad, es un espíritu poseído en propiedad legítima por unos hombres –no sólo los que son, sino asimismo los que fueron y los que serán-; y es ese espíritu el que marca a una tierra con los signos que sólo el espíritu es capaz de imprimir en la materia: iglesias, monumentos, esculturas, pinturas… Esos signos son el modo de hacérsenos corpóreo y tangible ese espíritu. Y tiene, además, otras vivencias que pudiéramos llamar incorpóreas, pero que le son más íntimas: “el idioma, la música, la literatura, la tradición, las hazañas históricas”. Y hasta algunas más que son, alternativamente, tangibles e intangibles: “las costumbres y los gustos”. Todo ese espléndido conjunto hace de la Patria mexicana “un tesoro de valor universal, cuya custodia corresponde a un pueblo”: el nuestro, que es a la vez el encargado de articularlo con el resto de valores universales, implícitos en las otras patrias del mundo.
Clave este septiembre crucial, en nosotros, la certidumbre de que México tiene un providencial papel específico en la Historia Universal. De que su Himno y su Bandera –Religión, Unión e Independencia- encarnan, como enseña Maeztu, una sinfonía inconclusa de hazañas y valores culturales cuya parte mejor y más maravillosa está por realizarse.
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