H.G. Wells, Historiador
Publicación original: Novedades, 9 de diciembre de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: H. G. Wells, historiografía, Esquema de la Historia, crítica histórica, historia universal.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Pongamos punto final a nuestras consideraciones sobre H.G. Wells, ante cuyo prestigio hay muchos todavía que se quedan abriendo la boca. Digamos algo sobre su pretendida calidad como historiador.
Su “Esquema de la Historia” y su “Breve Historia del Mundo”, constituyen un acierto desde el punto de vista de la psicología publicitaria, pero un perfecto fiasco desde el punto de vista de las disciplinas históricas. En ambas, una vez más, Wells da el timo de la competencia y hace ver la razón del juicio de Ronald Knox, que ya hemos citado: Wells, perteneció de pleno derecho al grupo de los “Omnisabios” capaces de ocuparse en cualquier asunto con el mayor aplomo y con el tono de la más rigurosa autoridad.
Aunque el autor lo niegue, su “Breve Historia” no es más que una condensación del “Esquema de la Historia”, así que las censuras de carácter general alcanzan lo mismo a una que a otra. El padre de ambas criaturas no es historiador de profesión, no posee la formación, ni el criterio, ni la técnica que es dable exigir a todo hijo de vecino cuando se pone a disertar sobre equis materia.
¿Qué cosa podría resultar de que un profano en los secretos de una disciplina se proponga realizar una síntesis de ella, aunque lo dirijan “cuatro eminencias” y lo asesoren “cuarenta y nueve especialistas”?... Ya lo dijo, huyendo de todo circunloquio, don Carlos Pereyra, ilustre de verdad, y que siempre supo lo que entre manos traía cuando hablaba de Historia: el que tal obra intente, “difícilmente puede hablar de todo sin errar o sin dar el efecto de la improvisación fonográfica. Wells no decía la última palabra de las investigaciones en materias discutibles, y en las que ya no son dudosas, se le notaba el titubeo de la información deficiente.”
No hablemos ya de esas monotonías de disco rayado, cuando Wells se refiere a la Prehistoria, aceptando sin discriminación sus superficiales y poco científicas conclusiones. No aludamos a sus devaneos por los campos del transformismo, cuyo descrédito no han podido evitar sus más fervorosos defensores. Incurre en la suma necedad de seguir hablando de los “infrahombres”, del pitecantropo erecto, del hombre de Rodesia o del de Java. No tomemos en cuenta sus alusiones ligeras a la persona, la doctrina y la obra de Cristo, alusiones reveladoras de insigne banalidad o de insigne mala fe. No demos importancia mayor a ese poco disfrazado insinuar haber sido San Pablo el inventor del atributo de la divinidad en Jesús, por supuestas influencias del Mitraísmo, cuando es bien sabido que éste es posterior a la aparición del cristianismo con todo el cuerpo doctrinal básico que hasta ahora conocemos. Hagamos a un lado mil lindezas de esto o semejante jaez que la lectura directa puede ir revelando a cualquier persona medianamente informada. Cedamos lo que nos queda de espacio a algunas de las sabrosas y mordaces observaciones de Pereyra:
“Los colaboradores (de Wells) se habían dormido muchas veces sin dar los necesarios consejos, o, desesperados de convencer al autor, intervenían sólo para poner notas de rectificación en el texto, a las que Wells contestaba, entablándose así algunos diálogos que dejan ver la falta de timón, pues no se trataba de cuestiones abstrusas, sino de las que tienen bien dilucidadas los simples aficionados. O BIEN, EL HOMBRE A QUIEN WELLS CONSULTABA, ENTENDIDO EN SU RAMO, RENDÍA DICTAMEN SOBRE PUNTOS QUE IGNORA TOTALMENTE. Sir H.H. Johnston, cuya autoridad nadie desconoce por lo que se refiere a sus estudios sobre los negros, dio a Wells una deliciosísima nota explicando que la palabra Savannah procede de la española “Sábaña”, con una ñ fundida especialmente para la edición inglesa.”
Se trató de defender a Wells diciendo que “no hace una obra de información menuda, sino de síntesis audaz”. “Pero ahí está justamente, el pecado capital del autor. Empieza dando proporciones cósmicas a su exposición, y al terminarla se le olvida el universo, rematando el libro con capítulos de extensión periodística sobre temas demasiado locales…” “América es una ausente y una ignorada, salvo en pasajes sobre los Estados Unidos, que no siempre brotan de fuente auténtica, ni llevan sentido de universalidad. Hay una Paz de Monroe que tendría derecho a figurar entre las novelas de este novelista sorprendente. Se encuentra algo mejor, y es la división que la Santa Sede hace del “continente americano” antes de que se tuviese noticia del tal continente, lo que suena a chiste de almanaque, como aquel en que Colón se despide diciendo que va a América, o el del soldado que se alista para la Guerra de Treinta Años…” “Fuera de estas maneras inhistóricas de historia, Wells deja con frecuencia cabos sueltos, de los que tiran afanosamente los espíritus dominados por la fiebre sociologizante…”
Después de todo esto, ¿habrá todavía candorosos que sigan creyendo en las posibilidades de Wells para hablar de la Historia del Mundo? Hay que convenir en que, si como expresó Knox, Wells sabía apenas el ABC de la Filosofía, de la Historia no conocía ni la O por lo redondo.
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