Hamaca de Olvido

Identificador: DM-456.
Publicación original: Novedades, 10 de septiembre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Guerra Cristera, Jesús Degollado Guízar, memoria histórica, libertad religiosa, México.
Ilustración de Hamaca de Olvido

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Sobre la mesa de trabajo, abiertas en la última página, las Memorias de Jesús Degollado Guízar, Último General en Jefe del Ejército Cristero, salidas a luz unas semanas antes de que –pocos días hace- se cerrara el libro de la existencia de su autor. Fulguran ahí sobrias, firmes palabras sin jactancias: “Yo no rendí mis armas ante ningún jefe callista, porque no quise dispensarles ese honor; preferí permanecer oculto para no ser asesinado como lo fueron centenares de compañeros. Dedicado al trabajo pasé casi 25 años…”

Sencillo destello epilogal, éste, de la extraordinaria modestia y equilibrio con que a lo largo de todo el volumen nárranse las hazañas y las trágicas incidencias en que tuvo parte quien lo escribió. Ello es puntualmente lo más conmovedor: esa desconcertante desproporción entre la mesura de la palabra y la desmesura de los heroísmos de que habla; entre la magnitud colosal de la empresa y la cristiana, humildísima naturalidad con que –desde los renglones iniciales- se narra su acometimiento: “Como en los sucesos que relato hay hechos que enaltecen a mi insignificante persona, manifiesto una vez más que las cosas mal hechas me pertenecen y lo que tenga algún valor pertenece a Dios, que fue mi guía y mi amor”.

Esta sobriedad, este llano lenguaje sin literaturas no sé qué indefinible reproche pone sobre las últimas notas del desusado y breve, pero al fin y al cabo plácido paréntesis de que acabamos de desprendernos, mecido en música de Rimsky-Korsakov como sobre una hamaca de enervadores orientalismos…

Invenciblemente, evocamos al poeta poblano en su invocación a los héroes ignorados:

“Hermanos de las águilas salvajes,

¡oh fantasmas de pálidos ropajes!...

perdón, porque os borraron de la historia,

perdón, porque en la paz en que vivimos,

llena de ingratitud, aun no esculpimos

ni un mármol que eternice vuestra gloria…”

Y no podemos menos que sentirnos también un poco partícipes de esa culpa que a muchos alcanza: el ingrato olvido de aquel torrente de supremas generosidades que en los años aciagos de 1926 a 1929 –con una grandeza que se ignoraba a sí misma- volcóse en la más limpia, trascendente y hazañosa de las gestas nacionales.

Pensamos que un cuarto de siglo ha pasado desde que ese torrente de autenticidad católica y mexicana sacudió las fibras más poderosas a la vez que más delicadas de la Patria. Y que si las heridas que ésta sufrió entonces no puede decirse que hayan cerrado, porque sociológicamente sus traumatismos perduran en nuestro ser colectivo, individualmente hablando, en muchos el paso de los años ha venido a sosegar grandemente las encontradas pasiones que en aquella sazón se suscitaron.

Por eso –seguimos considerando- va siendo tiempo, en verdad, de que ese apaciguamiento se consume. De que los hombres rectos de México, cualquiera que su signo sea, pero amadores de lo justo y capaces de aquilatar el heroísmo dondequiera que él florezca, coincidan en el reconocimiento de los méritos de quienes –con una virilidad sin alardes- todo lo dieron por la causa del derecho ciudadano y por la más santa de las libertades, que es la libertad del espíritu.

Y sentimos igualmente, sobre todo, lo que atañe a los directos beneficiarios de aquella ejemplar suma de entregas vitales que fueron rubricadas –en fe de su autenticidad- con sangre que voluntariamente quiso, por México y sus esencias, asociarse a la eficacia redentora de la Sangre de Cristo; los que, al menos en lo sobrenatural, no podemos renegar de nuestra solidaridad con esas renunciaciones puesto que decimos creer en el dogma de la comunión de los santos. Para nosotros va siendo ya sobradamente la ocasión de distinguir, en todo caso, cuidadosamente, entre las divergencias sobre el desenlace de la guerra cristera y la natural coincidencia –que el buen nombre cristiano nos impone- en la expresa gratitud hacia quienes acumularon –para nosotros, para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos- un tesoro de ejemplaridad histórica; pero, más que nada, un caudal de dinamismos sobrenaturales que, aposentado con dilección en el Corazón de Dios, jamás ha de perder eficacia para decidir a la postre, en un sentido luminoso, los destinos de México y de su catolicidad.

Porque de otra manera, de persistir la gigante ingratitud de nuestro inexplicable silencio –sarcástico regocijo, hoy, de las fuerzas obscuras- ello será el escándalo de la historia que necesariamente habrá algún día de escribirse. Para evitar el estigma, lo menos será desprendernos de esa enervadora hamaca de plácido olvido esteticista en que a ratos parecemos naufragar, y con nosotros, entre el océano de notas adormecedoras de la Sherezada de Rimsky-Korsakov, el más grande de los recuerdos de la cien veces hazañosa cristiandad mexicana.

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