Hace Once Años

Identificador: DM-418.
Publicación original: Novedades, 6 de agosto de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Segunda Guerra Mundial, bomba atómica, Hiroshima, Nagasaki, Don Quijote, justicia, paz, civilización.
Ilustración en blanco y negro de Hace Once Años, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En este mes de agosto se cumplen once años de haber terminado la más desoladora y espantosa de las guerras, que en la sucesión de sus capítulos presentó las incidencias de más terrible dramaticidad, de más estrujantes perfiles trágicos, los más bajos episodios de abyección y las más extraordinarias hazañas del heroísmo. Tuvo, sobre todo, en sus últimas páginas, un sello agorero de apocalipsis por el uso de abominables elementos de destrucción. Con ello pareció ponerse el máximo empeño en dar la razón al célebre doctrinario defensor del despotismo, Hobbes, cuando afirmó que el hombre es el lobo del hombre.

Tal sentencia, de ser verdadera, quitaría todo su noble sentido a la Historia. Haría plausible la conclusión a que llegó ese amargado pontífice del pesimismo que se llamó Hartmann, cuando vociferaba que si algún día el hombre llegase a disponer de la energía del cosmos debería emplearla, sin tardanza, en hacer saltar en pedazos el universo. Preconizaba, sin ambages, el más absurdo y colosal de los crímenes: el suicidio cósmico… Hay que pedir al Cielo, después de la aparición de la bomba atómica y de la de hidrógeno, que ningún azar las llegue a poner en manos de un desequilibrado de este linaje.

La tensión mundial suscitada estos días y que tiene por eje al Canal de Suez no ha podido menos que recordarnos la espantosa realidad que abrevió el término de la última guerra. Nos lo ha recordado también el bombardeo teórico a que hace pocos días fue sometida Nueva York, sobre la cual se abatieron imaginariamente cinco bombas H que produjeron también teóricamente más de cuatro millones de muertos, más de un millón y medio de lesionados y una cifra aproximada de “ilesos”.

Todo esto nos hace invenciblemente evocar una figura que no por novelesca deja de tener un valor de realidad y que es en sí misma un tajante mentís al aforismo del hombre-lobo: nuestro señor Don Quijote.

¿Qué diría el humanísimo e intrépido personaje cervantino de todas estas cifras estimativas acerca del fingido ataque atómico sobre la Babel de Hierro? ¿Qué diría de las cifras que acompañan el recuerdo de la infernal destrucción de Hiroshima y Nagasaki?... Si daba a la maldición el invento y el uso de la pólvora, que da causa a “que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero”, ¿con qué ahínco no fulminaría hoy su anatema sobre el novísimo descubrimiento del bombardeo nucleario y repetiría que a su inventor “tengo para mí que en el infierno se le (ha de dar) el premio de su diabólica invención”? Persuadidos estamos de que rubricaría estos versos que, escritos no hace muchos años, palidecen ante las últimas realidades:

“Hasta la guerra ya perdió su encanto
con sus brutales ametralladoras.
Hoy un hombre asesina a cuatrocientos…
y un dirigible puede con sus bombas
incendiar un poblado, hundir ciudades,
y derrumbar murallas portentosas.
La lucha a espada, dándose los pechos,
lucha de corazón, caballerosa,
no existe ya, porque usurpó su puesto
la innoble ciencia de matar sin gloria”.

Y por cierto que, en verdad, paradójicamente, la espada viene a constituirse en cierta manera, hogaño, en símbolo del Espíritu, cuyas fuerzas pueden –si obran con sagacidad y con denuedo- superar la desatada energía, al fin y al cabo meramente material, de la bomba atómica. Porque, ya lo dijo el poeta:

“… la espada tiene un filo de luz
Y tiene una empuñadura
para apretar la decisión de la aventura
en la empuñadura de la cruz”…

Ni filo de luz de espíritu, ni cruz de redención tienen las bombas atómicas. Por eso, más que ayer, ese valor espiritual que es la Justicia y que el antiguo supo representar empuñando una espada, debe “apretar la decisión de la aventura –la más espantable y temerosa corrida hasta hoy por caballero andante alguno- EN LA EMPUÑADURA DE LA CRUZ”.

Cumple ahora más que nunca a los caballeros andantes de la justicia y del bien combatir sobre todo con la pureza de las armas del espíritu, en una batalla por dar plenitud en sí mismos a la autenticidad cristiana y por irradiarla apostólicamente recordando que diez justos pudieron haber evitado que el fuego del cielo se abatiera sobre las ciudades malditas de la Pentápolis. Si esto no se entiende, no es temerario pensar que cualquier imprudente locura suscitada por el terror atómico clausure a corto plazo el ciclo vital de nuestra especie.

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