Galería de Egregios

Identificador: DM-009.
Publicación original: Novedades, 23 de mayo de 1944.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Alfonso Junco, Egregios, biografía, Ramiro de Maeztu, Henri Bergson, Toribio Esquivel Obregón.

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Ilustración de Galería de Egregios

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Oloroso a tinta fresca de impresión reciente, embalsamado el contenido por saludables brisas vernáculas y ultramarinas, pretéritas y actuales, que confluyen en pulcro volumen de que puede ufanarse la Editorial JUS, acaba de aparecer el último libro de don Alfonso Junco: “EGREGIOS”, es el título.
Se acalla, pues, el temor de muchos en el sentido de que importantes porciones de la obra junquiana persistiesen inarticuladas en la dispersión del periódico diario; aun cuando esta dispersión fuese parcialmente mitigada por el establecimiento de la flamante y eficacísima Hemeroteca de la Universidad Nacional.
Este volumen agrupa, en áurea gavilla, una rica cosecha biográfica de personalidades que, “con ancha diversidad de signo y de valía”, en épocas y latitudes varias, han rebasado el gregario aprisco del hombre común. El tema es, en consecuencia, motivo de fruición para los enemigos de la mediocridad. Del mismo modo, lo egregio del estilo, digno del tema. Asómense pues, a la excelencia panorámica de este mirador que es la prosa moderna y ágil, con sabrosuras de casticismo, de Junco. Vengan aquí los amantes de la visión crítica y de los ángulos novedosos del juicio. Retráiganse los hombres hiedras, adheridos a la pétrea inercia de las conclusiones preestablecidas y de las consejas mohosas sobre los egregios.
Estas páginas, impermeables a la erudición libresca, rezuman por todos los poros un visceral amor al hombre que viene a darles jerarquía de perennidad, incolumidad de roca sobresaliente en mitad de la torrentera del devenir periodístico, en cuyas aguas, recordando al griego, podemos decir que no es posible bañarse dos veces, porque al segundo intento nuevas aguas ocupan el cauce: las anteriores han desembocado ya en el océano de lo devaluado e inactual. Y esta perennidad de interés, vale para inclinaciones y preocupaciones tan diferentes que van de las figuras estrictamente literarias a las eminencias de la investigación histórica, de la hagiografía, de la especulación filosófica, de las doctrinas y actuaciones políticas. Esto dice mucho para el que pretende estar a tono con la época, ya que, por curiosa contradicción aparente, siendo nuestra hora de grandes movimientos gregarios, crece en ella, paralelamente, la preocupación por las grandes figuras singulares. De ahí el valimiento de que gozan, hoy día, los estudios biográficos.
Perplejos ante la suma dificultad de la selección donde todo es relevante, preferimos apuntar sin búsqueda especial algunos cuadros de esta galería, y en los que puede hallar el lector directo de la obra módulos no usados para normar la propia apreciación de importantísimas personalidades pasadas o coetáneas.
Así surgen al conjuro de la pluma de Junco, de la “amorfa bruma” en que ordinariamente “suenan sus nombres, sin identificación de las personas”, fisonomías tan poderosas y fuertes como las de Antonio de Padua y Luis de Gonzaga, tan injustamente desteñidas en el conocimiento ordinario que de ellas se tiene. Así se enjuicia, sin enconos de ortodoxa intransigencia, sino con saludable intención defensiva de lo meramente humano y elemental, al gran estilista y gran corrosivo que fue Anatole France. Y se concluye que su muerte –en concordancia con su vida y su obra- “fué fría y desolada”; “ni una mirada a las alturas, ni un pensamiento de grandeza, ni un ímpetu de amor: murió como cualquier animal agotado”.
De igual modo nos parece excepcionalmente feliz el boceto del gran maestro del pensamiento contemporáneo español: don Ramiro de Maeztu. Y aun más felices las citas textuales tomadas de sus últimos escritos, congregados bajo el rubro póstumo de: “En Vísperas de la Tragedia”. Como ésta, que por acá nos viene como anillo al dedo “Tenemos por evangelizar enormes multitudes. Y no sólo por evangelizar, sino por desanimalizar… ¿Es o no posible intentar la reevangelización de las masas apóstatas, antes de haber logrado la conquista del poder público? ¿Habrá que empezar por conquistar el poder público, no para que la guardia civil se meta a evangelizar, sino para evitar que los presuntos catecúmenos se coman a los catequistas?...” Pesen en su ánimo estas sesudas palabras aquellos que pretenden que las instituciones públicas se cristianicen solas, porque ellos, so pretexto de una mentida pulcritud que les retrae de la suciedad de la política de baja estofa, se despreocupan de las fatigas y afanes de la noble y verdadera política.
Por otra parte, toma interés singular para los que cultivan las disciplinas filosóficas –hoy relativamente numerosos en México-la indagación-modelo de equilibrio y de lógica-sobre el bautismo probabilísimo del ilustre pensador heterodoxo que fue Henri Bergson. Motivo de honradas meditaciones debe ser para quienes le admiran en sus obras divergentes de la doctrina escolástica, pero que no quieren valorar lo expresado por Bergson en la madurez intelectual, cuando en su testamento, tres años antes de su muerte, apremia que no se debe ocultar a nadie su adhesión moral al catolicismo, así como la intención de que un sacerdote católico rece delante de sus despojos.
Especiales aplausos merece, asimismo, la semblanza –breve, pero elocuente- de don Toribio Esquivel Obregón, quien, “como todos los grandes, da infinitamente más de lo que promete”. Gloria de nuestra cultura, la luminosidad de su pensamiento –es nuestra convicción- fijará en propicia coyuntura histórica rumbos decisivos a la vida pública y social de México. Varón de altas empresas de honda entraña patriótica, su indomeñable altivez ante el gigantesco imperio actual de tantas mentiras, logra el milagro de que muchos conserven la fe en la supervivencia de nuestras esencias nacionales, que en momentos parecen naufragar. Era indispensable su figura en esta pinacoteca de egregios.
Finalmente, no es posible pasar por alto, a propósito del cataclismo bélico que a todos afecta y hiere, la alusión a la personalidad augusta que, en medio del desvarío y del torbellino general, sigue conservando en sus manos la brújula que señala la ruta verdadera de la pacificación. Desde esa cumbre moral de la Humanidad que es el ribazo vaticano, “en este redivivo Getsemaní, pavoroso de agonías y de presagios”, “el padre ecuménico –sombra visible de aquel único Padre en quien todos podemos ser y somos hermanos-, siembra la paz”. ¡Sea ésta la sola semilla que encuentre tierra propicia en las almas de los hombres, para que surja un mundo nuevo que se anhela, opulento en dones los más exquisitos para el recto convivir humano!

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