Fugarse al Monte
Publicación original: Novedades, 20 de enero de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: excursionismo, montaña, naturaleza, deporte, ascesis, México.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Plausible es la afición que en los últimos años se ha suscitado en México por ese género de excursiones que, sin llegar propiamente a lo alpinístico, le van poco a la zaga muchas veces por su carácter campirano y fundamentalmente andariego.
Cada domingo, en la metrópoli, motivan el éxodo de innumerables personas, sobre todo en la flor de los años y en lo mejor de la fuerza muscular, que dejan los aires urbanos, enrarecidos por la combustión fabril y la de la gasolina de millares de automóviles. A veces, se inicia esa dispersión hacia todos los puntos cardinales dentro del ámbito del Valle, desde el mediodía del sábado.
Y da gusto ver el regocijo anticipado, el entusiasmo que presiente ya las brisas embalsamadas de olores vegetales, cuando las muchachadas abordan los vehículos que han de llevarlos hasta el punto de partida de la jornada excursionística. Suele llenarse esa etapa preambular con alegres cantos a coro, con deliberaciones sobre las rutas que se habrán de recorrer, de los atajos que las acorten, de las previsiones para guardar fotográfica memoria de este o de aquel panorama, de tal o cual detalle pintoresco; y nunca falta el balance entre veras y bromas de las existencias de provisiones de boca y de las dotaciones de agua y hasta de uno que otro frasco de buen mezcal o aguardiente, de esos que en lo más abrumador del paseo, con un buen trago que les dé el más fatigado, siente que acaba de nacer y que no hay razonable excusa para no seguir adelante.
Pero la verdadera felicidad empieza cuando los grupos animosos se encuentran ya en plena marcha, con la mochila de provisiones a la espalda, mordiendo de cuando en cuando la tónica tablilla de chocolate que aconsejan los maestros de este deporte, y sudando en el empeño de subir alguna cuesta boscosa por estrechas veredas; resbalando aquí sobre la alfombra de musgo, tropezando acullá con algún macizo de malezas; pisando en falso, tal vez en los cantos rodados del cauce de este torrente a la sazón seco; ayudándose, en ocasiones, para subir un metro más arriba, de las ramas de los árboles o de las nudosas raíces que sobresalen de las paredes en que los derrumbaderos se cortan a pico; haciendo breves altos, sabiamente distribuidos en las horas de la caminata, para tomar el sorbo de agua o de licor, y hasta para gozar el paréntesis delicioso de un cigarrillo si es que no se ajusta uno con demasiado rigor a las espartanas ordenanzas que en estos trances suelen prohibir el tabaco.
Pocas cosas hay, a la verdad, tan bellas, tan humanamente completas como estas jornadas en que se armonizan espléndidamente las fruiciones físicas con las espirituales. Se encuentra en ellas el deleite del músculo vencedor de distancias, dominador de obstáculos, conquistador de alturas. Disfrute fisiológico de la propia elasticidad y resistencia, que nos hace comprender las cotidianas placenteras sanciones del mismo género que la vida tiene para los venados y las liebres. No cabe duda. Hay una inmensa complacencia cuando el cuerpo se siente seguro de sí. Cuando no le arredran ni la ascensión, ni el salto, ni la carrera, ni los tumbos con que el descenso de una pendiente le golpea: como en una especie de masaje benéfico y sabroso con que la madre tierra lo pone a tono con la dureza que exige a todos los buenos amadores.
Pero el gozo sumo de estas expediciones pertenece a los dominios del espíritu. Y es doble. Por una parte, las maravillas de hermosura natural nos roban el alma al través de la ventana de los sentidos. Nos suspenden con la contemplación de paisajes extraordinarios en que se distribuyen caprichosamente las llanadas, los caseríos, las formaciones sinuosas y la procesión de gibas de las serranías, los dilatados bosques montaraces en que predominan nuestras altas coníferas, y los imponentes peñascales que en la fantasía cobran contornos de castillos novelescos. Otras veces, nos sorprenden con el ensalmo recoleto y breve de los detalles que al paso se nos descubren: el claro misterioso e inexplicable, en la espesura; el tronco gigantesco que, abatido por el rayo, yace ahora en tierra y nos brinda un cómodo y filosófico asiento; la hondonada imprevista, llena de húmedas y herbosas emanaciones, de silbos de viento encajonado, de zumbar de insectos ermitaños que ahí han encontrado acomodo a su instinto de umbrosa soledad… hondonada cuyas paredes de pronto se acercan hasta casi tocarse dando ocasión a las arañas ingenieras para obstruir el paso con la red de sus puentes colgantes…
Y yendo más alto en los aspectos espirituales del excursionismo, en él hay, sobre toda otra cosa, un poderoso latido de fuerza moral, de esa ascesis que vibra en el fondo de todo deporte. Es el profundo sentido de fibra psicológica que cobran las rudas ascensiones simbólicas de la trayectoria vital del hombre, en las que, sobre el músculo al borde del desfallecimiento y la rendición, se impone el espíritu en tensión atlética, militante, espoleando al cuerpo derrengado, jadeante, casi vencido por el lastre de la gravedad. Y es esa suprema calidad emblemática –que inmortalizó poéticamente Longfellow- la que otorga al excursionismo su vigoroso imán, su fascinante reclamo…
Comentarios
Publicar un comentario