Fracaso de la Democracia Cristiana

Publicación original: Novedades, 24 de agosto de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: democracia cristiana, política europea, cristianismo y liberalismo.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En los años que siguieron a la última contienda mundial, cierto número de gentes de bien y de cristianos de este lado del Atlántico acogieron con abierta simpatía la aparición de los partidos designados con el común denominador de “demócratas cristianos”. Y les fue motivo de declarada esperanza el predominio o al menos la decisiva importancia electoral que con mayor o menor rapidez alcanzaron en diversos países europeos. Ellos llegaron a interpretarlo como uno de los síntomas halagadores del renacimiento de los valores del espíritu –y aun, específicamente, de los valores religiosos en una de sus proyecciones sociales- que emergían en el viejo continente de entre el dantesco oleaje de la guerra.

No escasearon, sin embargo, las voces incluso americanas y cristianas, que desde un principio discreparon de esta interpretación apresurada y optimista, y, en algunos casos, interesada. Los hechos han venido a darles la razón y a confirmar el carácter precario, la fugacidad y endeblez de la corriente democristiana, y puntualmente por el vicio fundamental que se le señalaba: la falta de autenticidad.

En efecto, si esa tendencia ha logrado pesar en la política euroccidental, ello hay que acreditarlo al apoyo aliado –norteamericano, sobre todo- y a la circunstancia de haber ofrecido, en un momento dado, a falta de algo mejor, el cauce ostensiblemente más viable para canalizar el repudio de grandes sectores de opinión y de fuerzas sociales de diverso signo respecto del comunismo en creciente e inexorable ofensiva.

Pero, además, esos censores de la democracia cristiana subrayaban que ésta venía a significar una actitud inaceptable para la conciencia cristiana y una fórmula sin eficacia substantiva, ya no digamos para actualizar en el horizonte político los valores del cristianismo, sino para al menos eliminar de veras la amenaza comunista.

Inaceptable ha sido, ciertamente, el que a título de cristianismo se haya hecho expresa o tácita profesión de fe en un sistema sociopolítico anticristiano como lo es la democracia liberal, rebasando así, y con mucho, los límites de ese otro que, a veces, podrá ser tolerable y aun circunstancialmente obligatorio: poner en juego los escasos recursos que deja la legalidad impuesta a los pueblos por el liberalismo para frenar en lo posible su acción disolvente y liberticida. ¿Cómo podría esperarse una política cristiana de fondo, si se empezaba por canonizar principios adversos al ideario cristiano?

Esa misma aceptación del sistema y, por consiguiente, de los métodos del liberalismo político, tenía por supuesto que viciar con la ineficacia de éste –probadísima hasta el cansancio- a esa democracia mal llamada cristiana. Medrosidad, falta de impulso, impotencia política en suma –cortejo inevitable de la inautenticidad-, se han puesto en evidencia en distintos escenarios en que actúa.

En Bélgica, verbi gratia, resignóse al escamoteo descarado de la voluntad popular expresada plebiscitariamente, y bastaron las amenazas socialistas y comunistas para impedir el retorno del rey Leopoldo. En Francia e Italia, ni el Movimiento Republicano Popular ni el degolista Agrupamiento del Pueblo Francés, por una parte, ni el partido de De Gásperi, por otra, han podido evitar el aumento en adherentes y en positivo poder revolucionario de los respectivos movimientos comunistas. La provisionalidad y superficialidad de los éxitos del antiguo bibliotecario del Vaticano están ahora de manifiesto con los resultados de las últimas elecciones que han conducido a la actual y peligrosa crisis parlamentaria italiana.

La falsa posición de la “democracia cristiana”, en cambio, ha tenido muy graves consecuencias negativas. Por una parte ha dado pie a las imputaciones que de oportunismo convenenciero se han hecho a las fuerzas genuinamente cristianas, cuando en algún caso ha sido sobradamente patente la subordinación a la ideología y al interés de algunos de los triunfadores de la última contienda bélica; actitud que va mucho más allá del criterio realista que pide tomar en cuenta, sin mengua de la ortodoxia, las situaciones y los poderes de hecho que puedan estar presentes en una coyuntura histórica. Por otra parte, la falta de respuesta adecuada al problema de la injusticia social –lógico resultado de la alianza con el liberalismo capitalista- ha reforzado los argumentos tendenciosos que tachan al verdadero cristianismo de indiferencia o ineficacia frente a ese problema.

Pero, además, ha arrojado un injusto desprestigio sobre el nombre cristiano al afiliar en su seno a vividores de la burocracia o de las maniobras políticas, a positivos “cristianos por arroz” según la certera y reciente designación de un comentarista. Y a quienes se les han afiliado movidos por una sincera preocupación patriótica y cristiana tal vez los ha puesto en el trance de mancharse en el fango de idénticas corruptelas, y en el menos malo de los casos, les ha consumido las energías, los ha “quemado” inútilmente en la esterilidad de la esgrima parlamentarista, impotente lo mismo para elaborar una política constructiva que para la tarea de impedir los ominosos avances del comunismo.

El fracaso de la “democracia cristiana” ejemplifica, sin titubeos, que para actuar decorosa y fructíferamente en el escenario político es imprescindible la autenticidad y la congruencia fiel con principios a los que se ha entregado una convicción encendida y militante. Una autenticidad que sea incapaz, además, de incurrir en comedias lamentables que terminan en mutis incoloro, como el consumado por De Gaulle, cuando, al caer por fin en la cuenta y proclamar que la salud del pueblo exige la reforma constitucional y la liquidación del régimen partidista, es electoralmente derrotado por una de tantas maniobras en que son maestras las fuerzas del parlamentarismo.

24 de agosto de 1953
Novedades

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.