Felipe de Jesús

Identificador: DM-028.
Publicación original: Novedades, 26 de febrero de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: San Felipe de Jesús, martirio, misiones, Japón, Filipinas, identidad mexicana.
Ilustración de Felipe de Jesús

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Felipe de Jesús, las Filipinas, el Japón. La conmemoración reciente del protomártir se asocia a la actualidad bélica en aquellos isleños países, a los que—en los siglos de nuestra grandeza- supimos llevar las luces “del claro occidente”, en una señera afirmación de nuestro propósito de servir al ideal ecuménico y redentor de la Hispanidad.

Porque, en verdad, la voluntad de un pueblo no se manifiesta, propiamente, en la función electiva de las urnas, ya que hasta en la hipótesis ingenua del voto libérrimo, éste puede no ser otra cosa sino la exteriorización de estados de opinión cambiantes, tornadizos, piloteados muchas veces por las pasiones momentáneas o por los embelecos de los politicastros. Incluso ese sufragio, hipotéticamente libre, sólo vale en cuanto se halle acordado con lo que en voz matemática podríamos llamar la “constante” de la Patria.

Porque la Patria—nunca estorba el recordarlo- no comprende únicamente a los que somos en el presente. Abarca, también, su íntegra realidad, a los que fueron y a los que serán. En consecuencia, la efectiva voluntad suya debe buscarse no en el fraude o en el devaneo electoral de una hora, sino en sus tradiciones permanentes, en la espontánea reiteración de vivencias colectivas esenciales.

Las naciones, como los individuos, no están exentas del error, de la desviación, del pecado mismo. Pero cuando en la vida de unas y otros es la decencia la médula, cuando en la actuación de los valores más excelsos fincan la meta suprema, la última aspiración rectora de su propia existencia, no merecen la injusticia de que sean los yerros y desvíos ocasionales, las faltas aisladas atribuibles a humana flaqueza, lo que se tome como expresión genuina de su voluntad, si, por el contrario, ésta se afirma a sí propia cuando realiza el bien y se percata y duele de la auto-negación implícita en el yerro y el pecado.

En la Historia advertimos—según épocas y lugares- el florecimiento de personalidades de excepción, que encarnan singularmente el espíritu y las tradiciones de sus pueblos, que manifiestan en su viviente trayectoria fundamental, los ideales de la nación en que se hallan insertas.

Para nosotros, uno de estos hombres símbolos es, sin duda, Felipe de Jesús. Sus flaquezas y desvíos no tuvieron poder bastante para impedir que, finalmente, hallase los rumbos auténticos de su bravo destino misionero. Pudo más el reclamo impaciente de Cristo, que urgía a México la acelerada dilatación de las fronteras del reino del Espíritu, ya que su divina ambición redentora sólo se colmaba, geográficamente, con el “espacio vital” de todo el orbe terráqueo. Y México, que fué desde la cuna: espada y Cruz, milicia y Teología, nacional empeño defensivo y difusivo de Catolicidad, encontró, con San Felipe, en la rosa de los vientos de la Historia, que el imán de la aguja marcaba claramente una justificada “drang nach osten”, una marcha hacia el Oriente pagano, visión de epopeya que ya había alucinado a la intrépida perspicacia de Cortés, quien llegó a soñar con la aventura desmesurada de conquistar la Especiería, el Catay y Cipango.

A ese quehacer de Imperio nunca han faltado desde entonces servidores. Y aun en nuestros días, en que México no ha podido evitar que se tuerza—transitoriamente- su línea histórica, y se adultere su verdadera voluntad como pueblo, ha habido quienes se han embarcado en el navío misional de Felipe de Jesús, sin cuidarse del torna-viaje, convencidos de que muriendo en tierras de infieles estaría con ellos, hasta el último momento, la Gracia de Dios, y el espíritu, el ideal secular de su pueblo envolviéndoles el alma en la dulcedumbre cariciosa de la mexicanidad.

El martirio de Felipe reverdeció la higuera emblemática. La voluntad martirizada de su Patria—no obstante las mentirosas apariencias efímeras- la ha mantenido lozana, frondosa. Y la ha de cargar, nuevamente, de frutos de civilización. El porvenir hablará a su tiempo, con sobrada elocuencia.

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