Falsificaciones de Cristo
Publicación original: Novedades, 1 de febrero de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Cristo, Evangelio, misericordia, justicia, moral y falsas representaciones.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Quedan todavía, aquí y allá, “cristianos” que aun en letras de molde lanzan dardos vehementes de censura contra la escueta afirmación, o su aplicación a casos concretos, de ciertos principios de doctrina o moral, singularmente cuando, por alguna circunstancia, ello se hace pública y autorizadamente. Pertenecen al conocido género de pueriles murmuradores contra la predicación que insiste –cosa, por lo demás normal- en la malignidad del pecado, y que subraya no sólo las objetivas posibilidades que, a pesar del pecado, tiene el hombre de salvarse, sino también los riesgos positivos que, puntualmente por el pecado, corre de condenarse.
Lo curioso es que estos críticos acerbos de la molesta pero ineludible predicación del infierno, o de la “rigidez de los cánones de la Iglesia”, suelen invocar a la persona, doctrina y ejemplo de Cristo. Curioso, decimos, y no novedoso. Porque los estribillos que hacen oír no son más que pobres, gastadas, tardías resonancias de literaturas decimononas que pintaron insufribles retratos de falsos Cristos a lo Tolstoi o a lo Selma Lagerlof: inconscientes pero verdaderos disparates que hicieron de la Figura soberana de la Historia interpretaciones arbitrarias en las que su poderosa y riquísima Realidad queda no ya fragmentada, sino incluso insospechada.
“Cristo –dicen estos rezagados ecos- siempre perdonó. Nunca tuvo en los labios la amenaza, sino la indulgencia. ¿Cómo iba a hablar de castigos y de infierno el que fue todo bondad y amor?”
Es cosa de contrapreguntar primeramente si es que se toman en serio esas irreverentes falsificaciones baratas –que alcanzan a influir en ciertas personificaciones escénicas, a lo Cibrián o a lo Rambal- y que suelen darnos, como de Jesús, una figura desvaída, un tanto fantasmagórica, siempre en trance de melancolía, o de actitud y voz “ausentes” hasta la extravagancia, nimbada de una empalagosa dulcedumbre, sólo grata a los romanticismos pseudorreligiosos… ¿Es ese el Cristo real, viviente, divino y humano, que esplende en la grandeza y simplicidad del Evangelio que se dice profesar pero que no se ha tomado el trabajo de leer?
Porque no se requiere ser teólogo ni erudito. Basta asomarse directamente y con llaneza a las páginas del Mensaje para advertir ahí una fisonomía muy diversa:
No a la extravagancia de la actitud ausente, sino la majestad suma del Hijo de Dios junto a la dignidad humanísima, junto a la armoniosa naturalidad de Aquel en quien el fundador de la Academia habría reconocido el colmado y perfecto Arquetipo del hombre. En Él, cierto, la tristeza se hace presente en su ocasión y lugar; pero no a toda hora ni a propósito de todo. Junto a ella, también, las obvias alegrías que en concretos episodios evangélicos trascienden, y, más que nada, el júbilo inabarcable y sin mudanza de Quién es, en Sí Mismo, felicidad esencial. Y no es dulzona sensiblería el sosiego y mansedumbre de Cristo, sino evidente expresión de una fortaleza sin paralelo.
No de otra suerte sus hechos y palabras. No son sólo perdones de padre. También admoniciones y aun ira santa de Quien, sobre todas las cosas, tiene el celo de la gloria de su Padre. Su voz, según el caso, es balsámica suavidad de misericordia, pero asimismo candente flagelo de anatema. Y sus perdones descienden sobre la humilde sinceridad del arrepentimiento. No sobre esas falaces, torpes trapacerías a lo Lutero que se cifran en el absurdo “cree firmemente y sigue pecando”… Perdonando a la adúltera: “Vete”, le dice. Pero agrega: “Y NO PEQUES MÁS”.
A latigazos dispersa a los mercaderes del Templo. Increpa a los fariseos con expresiones de terrible dureza: “¡Sepulcros blanqueados, raza de víboras!” Y a aquellos que buscaban llevarle a la muerte: “Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis obrar los deseos de vuestro padre…” Y en otra coyuntura, hablando de su venidera muerte y resurrección: “Esta generación mala y adúltera busca un signo; y no le será dado otro signo sino el de Jonás profeta”, que estuvo en “el vientre del cetáceo tres días y tres noches”. Y un poco más adelante advierte a quienes, con culpa, le desconocieron: “Los ninivitas se levantarán al juicio con esta generación y la condenarán; porque hicieron penitencia con la predicación de Jonás y sin embargo he aquí que es mayor que Jonás éste (que os habla)”.
Ni qué hacer énfasis en su severidad con los jefes de Israel: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Que recorréis tierra y mar en busca de un prosélito; y una vez que le habéis hallado, le hacéis merecer doble infierno que el vuestro”.
¿Y será necesario subrayar lo inequívoco de la decisiva sentencia de los réprobos, que Él mismo pone en sus propios labios: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles?”
Y para advertimiento de aquellos cuya inepta jactancia no echa de ver que, más que rigor, es caridad el urgir al moribundo se desligue de ilícitas ataduras, he aquí la firme claridad inflexible de Cristo, de la que no son sino llana aplicación esos rígidos cánones que con tan torvo ceño se miran: “Si tu mano te escandaliza, córtala; mejor será entrar manco en la vida eterna que ir con las dos manos al infierno, al fuego inextinguible…” Y otro tanto se dice del pie y del ojo que escandalizan: más vale entrar en la vida eterna con un pie o un ojo que ir con ambos ojos y pies “al infierno de fuego”.
¿A qué seguir?... Es cómodo trastocar a nuestro sabor el perfil, la enseñanza y las obras de Cristo, y poner a otros en ocasión de tragarse nuestras caprichosas interpretaciones. Pero no todo lo cómodo es, a la postre, práctico. Cristo, suma bondad y por ello mismo justicia suma, fulminó también anatema específico contra los que propagan el error doctrinal y moral: “A cualquiera que escandalizare a alguno de estos pequeñitos que creen en Mí, mejor le fuera que le ataran al cuello una de estas ruedas de molino que mueve un asno, y le echaran al mar…”

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