Estar en la Raya
Publicación original: Novedades, 10 de febrero de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Celso Romero, Frontera, frontera norte, caciquismo, civismo, hombría de bien.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Hemos de confesar que Frontera, novela en que Celso Romero –modestísimo y pacífico lugareño del centro del país- nos cuenta sus imprevistas andanzas en las turbulencias y turbiedades de una población fronteriza, es una lectura desconcertante.
Desconcierta, primero, su sorprendente brevedad. Es de portento como síntesis narrativa. Porque Celso Romero no usa la técnica deliberada –y elaborada- de otros: condensar el relato en unos cuadros sobresalientes, a los que una secuencia lógica basta para darles unidad y a los que se añade cierta dosis de “suspenso” con táctica de oportunos “cortes” cinematográficos que dejen al lector en punto y coma, intrigado o preocupado por lo que puede o no puede suceder después.
No. Lo que nos asombra en Frontera es precisamente lo contrario: la capacidad de abarcar un gran número de incidencias en una extraordinaria parvedad de páginas. Técnica, ésta, en realidad, más de novela. La anterior, la de pocos cuadros subrayados por recursos literarios que les otorguen una buscada intensidad, nos parece que tira más a lo escénico.
Pensamos, con franqueza, que es desusadamente magistral decir las cosas con tan pocas palabras. Y gran ventaja para convencer a los lectores de hoy: o perezosos o apremiados por la vida rápida y por el arduo problema selectivo que plantea el alud bibliográfico de nuestro tiempo.
Pero –lo que más cuenta- esa novela tiene eso que es decisivo y objetivo termómetro de validez literaria: atrapa al lector y no lo suelta sino hasta la página postrera. Lo que le dice y como se lo dice es así de interesante como para no dejar este libro llano pero enjundioso, en que el lenguaje directo pavimenta cada tramo con tersuras de asfalto y hasta instintivamente mueve a oprimir más y más el acelerador a la lectura.
Desconcierta Frontera, también, porque es infrecuente que la certera sencillez de expresión vaya ligada a un tema de altura, con interés nacional y que está tratado en términos de realismo escueto, incluso de sana crudeza cuyo mérito estriba en no caer en el fácil y socorrido vicio de un “naturalismo” morboso y cerdoso que, por cierto, es todo lo opuesto que su nombre pretende: lo menos natural del mundo.
El nudo y el desenlace de la acción desarrollan una verdadera epopeya municipal, pequeña en su escenario, grande en su ejemplaridad. La epopeya de una localidad fronteriza del norte en la que las limpias esencias de la mexicanidad que alienta en los moradores decentes y con honrados arraigos estallan en noble y asqueada rebelión contra las fuerzas –omnipotentes en la apariencia, pero débiles ante una acción inteligente y decidida- que han convertido muchas veces la raya divisoria en el muestrario y proscenio de toda inmundicia.
El tono del libro impide desde luego cualquier intención grandilocuente, que estaría quizá más a tono con la trascendencia humana y social del relato. Pero ello tiene la ventaja de que concordará más con los gustos de un amplio sector de lectores para quienes tal vez fuese excesivo subrayar en toda su dimensión y sabor y hondura el mensaje a un tiempo patriótico y universal de la batalla que aquí, en esta narración, cifra dentro de un ámbito municipal el gran debate de nuestra hora aquende y allende nuestras fronteras: el que se ha entablado entre la decencia y la podredumbre, entre los espíritus limpios, vigorosamente masculinos, y los contubernios de rufianes y proxenetas que, increíblemente, acaparan en más de una latitud numerosos puestos de mando y fuerzas dinerarias que se antojan a primera vista incontrastables.
Y es que, acaso, en última instancia, sea mucho más elocuente el modesto segundo plano en que se coloca el narrador; más convincentes sus reflexiones rancheras y sin pretensión sociológica o filosófica; pero, sobre todo, más persuasivo el escueto pero violento contraste de actitudes vitales de los variados y vivientes personajes de uno y otro bando en pugna dentro de una naturalidad que no tiene para qué cargar la tinta sobre santidades y perversidades.
En contraste se expresa con magnífica llaneza cuando una imprevista colaboradora explica a uno de los “insurrectos”:
“-Odio esta pandilla de maricones y bellacos.
-Pero todavía no me explico por qué tratas de ayudarnos.
-No trato de ayudarlos. Estoy con ustedes, simplemente.
-¿Por qué?
-Por una sencilla razón: ustedes son hombres. Y ya quedan muy pocos hombres en estos tiempos…
Andrés Castillo se rió de la explicación, pero tuvo que convenir:
-Es cierto. Ya quedamos pocos…”
He aquí la extraordinariamente lograda ejemplaridad de Frontera. La lección de que el espíritu de Fuenteovejuna puede y debe estar vigente dondequiera que haya un caciquismo, singularmente donde su ponzoña es más corrosiva, difusiva y pestífera. Y que el fuenteovejunismo sólo asume victorioso ímpetu mediante la sagaz valentía de los hombres que en verdad lo son, de esos que, conforme al dicho popular saben estar –y morir, si al caso viene- “en la raya”.
Por cierto, no sólo, no únicamente en la raya fronteriza, sino en cada lugar y situación que el decoro y la hombría de bien lo exijan.
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