España y los Tiempos Nuevos
Publicación original: Revista Iuventus, 3 de agosto de 1940.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: España, guerra civil, catolicismo, Edad Media, García Morente, renovación.
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Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Mientras otras naciones se empeñan en una lucha característica de la época que está por liquidarse, España abre la brecha por la que se puede ya avizorar el nuevo ciclo histórico de la humanidad.
La guerra española fue el desgarrón decisivo al velo que ocultaba a las miradas de los hombres el novísimo panorama. Después de ella, ningún ojo vigilante y de mediana penetración, atento a las pulsaciones de los pueblos, puede dejar de rendirse a la evidencia. Han caducado los señuelos que la revolución anticristiana agitaba con éxito ante la bobería del siglo XIX y de ese apéndice suyo que llega hasta 1914. Ya la alforja liberal suena definitivamente a hueco. Ya las predicciones de un porvenir regido solamente por el utilitarismo, se desvanecen ante la repetición del combate antiguo, que se traba, como en otras edades, descaradamente entre las dos potencias elementales, que dice José María Pemán; el Bien y el Mal.
Resuelta su contienda armada, España marca otra vez el rumbo. En ella aparecen, victoriosos, los signos de los tiempos nuevos. España ha liberado al mundo de la neurastenia grisácea del claroscuro liberal. Ha hecho desaparecer las medias tintas. Ha realizado una auténtica definición de los colores. España ha hecho recordar al mundo que lo blanco es blanco y lo negro es negro. Y le ha hecho caer en la cuenta de que el rojo y el azul y el verde no son el morado, ni el amarillo, ni el anaranjado. Y separando en tonos absolutos los colores, ha escogido los suyos propios y los combina sabiamente, estéticamente. Y sus colores, son los colores de Cristo y los colores de la romanidad. Y es el rojo del Requeté y es el azul de Falange. Tal es el fenómeno, tal es el milagro de la España Nueva, después de su lucha contra el Anticristo.
Por eso, ante las miradas directas y francas de quienes ven en ella la reviviscencia de los valores eternos. España derrocha ufanía y enseñanzas. Y también lo hace para las pupilas que la ven de soslayo. Para los ojos de quienes no la entienden ni quieren entenderla y que por ello no osan mirarla cara a cara, para no verse obligados a reconocer la verdad. Ahora que, eso sí, ya no se atreven, como en los Siglos XVI y XVII sobre todo, a gritarle despectivamente que ella es el escándalo de Europa por aferrarse al orden medieval y católico. ¡Cómo van a alzar otra vez el grito, si después de varios siglos de ensayos asisten, atónitos, al brusco e impensado desmoronamiento del errado y carcomido orden que instaura el llamado Renacimiento! (Que mejor, debiera llamarse Reenvejecimiento, puesto que su contenido no es otro que esa decrepitud del género humano llamada paganismo).
Por eso es que en España se empieza a vivir la Nueva Edad Media. Otra vez es Dios el centro de todas las cosas. Otra vez se vuelve a vivir el espíritu de la caballería, el espíritu de la cruzada, el espíritu de la Religión. Otra vez, el príncipe, el Jefe del Estado, vuelve a ofrendar su espada triunfadora “del enemigo de la verdad en este siglo”, con el espíritu y las fórmulas litúrgicas de la Cristiandad medieval. El apestado de herejía se baña nuevamente, como en los siglos gloriosos, en las aguas lustrales de la conversión. En los tablados españoles, vuelven a plantearse ante el pueblo los problemas teológicos, hondos y apasionantes como ningunos, desarrollados en los autos sacramentales. Los claustros universitarios vuelven a empaparse en añejo y genuino sabor monacal al paso del hábito de fraile mercenario del ex kantiano y hoy converso García Morente. El edificio del saber es de nueva cuenta rematado áureamente en las cátedras por el estudio soberano de la Teología. Y Dios, vuelve a madurar el fruto sazonado del milagro. Por ello, sana instantáneamente, en el momento de la Comunión, la zaragozana Pilar Izquierdo, que hasta hace unos días, durante doce años, padecía “parálisis, ceguera completa y quistes y llagas en el pecho e intestinos”, ante el asombro de ochenta testigos…
¡Indudablemente, los signos de los tiempos nuevos esplenden en el cielo, remozadamente azul, de España! ¡Y tienden a dilatarse, como en otra ocasión veremos, al resto de los pueblos hispánicos!
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