En un Cincuentenario Ilustre

Identificador: DM-417.
Publicación original: Novedades, 30 de julio de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Alfonso Junco, periodismo, Hispanidad, catolicismo, juventud, patriotismo, literatura, México.
Ilustración en blanco y negro de En un Cincuentenario Ilustre, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


(En el homenaje a Alfonso Junco, el 28 de julio de 1956)

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Este convivio de homenaje a la cincuentenaria faena periodística del ilustre mexicano que es Alfonso Junco congrega a una mínima porción de sus amigos. Pero en realidad no es más que el símbolo compacto de un ingente convivio moral en que la congregación de los espíritus habría de computarse ya no por centenas sino por tantos miles cuantos son los lectores de una pluma que desde hace décadas se ubicó –dentro del anchuroso mundo de habla hispánica- en uno de los sitios reservados a los príncipes del nobilísimo ejercicio de las letras.

Querer hablar en nombre de toda esa muchedumbre de comensales en espíritu, sería de nuestra parte una pretensión desmesurada. Las palabras han de ceñir necesariamente su ambición conformándose, esta vez, con expresar sólo una parte de las luces del prisma personal.

Por eso esta vez –sin otra autoridad que la de ser eco de la gratitud de una generación- sólo quiere subrayar algo de lo mucho que en la obra de Alfonso Junco está ligado con sus propias y originales vivencias y las de esa generación.

Como muchas otras igualmente afortunadas, nuestra juventud hubo de encontrar, en un momento dado, la coyuntura providencial para incendiarse en el fuego de la hoguera arrebatadora y trascendente de un ideal religioso y cívico a la vez, tremolado por una institución de orígenes heroicos y de vida aun más heroica que acababa de dar en una eclosión de epopeya, el testimonio supremo, el de la sangre; durante el quizá más trágicamente decisivo episodio de la historia nacional.

Aquella divisa, que rezaba: “Por Dios y por la Patria”, signó para siempre nuestro espíritu y marcó las rutas esenciales, ásperamente derechas y que nos hemos esforzado por seguir, de nuestros afanes en la vida. Para muchísimos, entre ellos el que habla, aquella institución fue una genuina Alma Máter, forja de inteligencia, voluntad y corazón con miras a la entrega vital en servicio de un lema que es por sí solo una inmensa y exigente consigna militante.

Como en otras instituciones hermanas que esos años también florecían, la convivencia dentro de aquel reducto de cristiandad y mexicanidad insobornables avivaba inquietudes, ensanchaba horizontes y, al calor de las luchas comunes, marcaba caminos de acción a la avidez intelectual y a la resuelta vocación social de aquella generosa mocedad de la que tuvimos la fortuna de ser modesta y mínima, pero fidelísima parte.

Pues bien, durante esos años que configuraron el horóscopo de tantas trayectorias personales de selección, como uno de los magisterios más entrañables y dilectos, estuvo presente el influjo señero de la obra de Alfonso Junco.

Al través de sus versos, con el hechizo poético nos confirmó en la estremecida exaltación de lo divino por sobre todas las cosas y en la viril sublimación del amor humano frente a las armipotentes marejadas negadoras de los valores religiosos y frente a la ola de fango que ya desde entonces se abatía sobre las juventudes con golpes de resaca bestializadora. Sus escritos apologéticos o históricos, o el brío acerado, lúcido e hidalgo de sus polémicas de prensa fueron parte importantísima en el rescate, para la Verdad, de muchos que desde entonces habrían de serle, a esa misma Verdad, caballeros andantes en las lides periodísticas o en la vida pública del país. ¿Y cómo olvidar que el enfoque de lo sociológico, en la pluma de Junco, precisó y decidió más de una vez el norte y el cauce de las generosas actividades que nuestro entusiasmo proyectaba hacia la entraña social de México?...

Fue también para nosotros la palabra de Alfonso Junco el trazo conceptual definidor del patriotismo sin estentoreidades vacuas pero vibrante de objetividades en las que fincar una convicción granítica y una estima lúcidamente apasionada de la grandeza histórica y de las poderosas virtualidades de nuestro ser nacional. En admirable complemento, sus defensas del sentido y de los valores de la Hispanidad esclarecieron y fortificaron nuestro nativo apego a las raíces de la Estirpe y fueron impulso que logró así asomarnos a los horizontes de lo universal al través de nuestra propia ventana, la de nuestra comunidad gentilicia, con una perspectiva equilibradora que tuvo la virtud de evitarnos lo mismo el tropiezo de un nacionalismo aldeano y de campanario que el riesgo de una visión que falta de eje en la Historia y en la raigambre cultural, pudiese fácilmente desembocar en una indeseada pero efectiva actitud de espíritu semiextranjerizada y semiapátrida.

Suscitó en las promociones juveniles de esos lustros –y síguelo haciendo en las de ahora- el gusto por el estilo, por las formas nuevas; la alertada vigilia ante los movimientos intelectuales de la modernidad. Al mismo tiempo, la estima de los clásicos y del pensamiento tradicional en lo que tienen de imperecedero, de lozanía y de novedad inmarcesible. Con firmeza nos radió en la consciente adhesión a las posiciones católicas lo mismo que en el dilatado y comprensivo abrirse del espíritu a todos los vientos de verdad venidos de fuera del huerto católico, de todos los puntos cardinales, mostrándonos, con el soplo de renovada actualidad de su obra, cómo en Cristo, Verdad suma, todas las verdades parciales encuentran su pleno sentido, cómo en el vértice de los trazos de la Cruz, todas ellas inciden y se hermanan.

Junco ejerció todavía otro magisterio, por demás valioso e infrecuente. Es el magisterio que podríamos llamar de la discrepancia. Cuando ésta se ha suscitado con los del propio signo, incluso con quienes de él aprendimos en el libro o en el periódico, o con los de campos extraños o antagónicos, siempre ha sido posible aprenderle, una y otra vez, el caballeroso respeto a las ajenas posiciones, a la sinceridad de una convicción y, sobre todo, a la persona en que esa convicción alienta. Firme y denodado en sus certezas y opiniones, ignora ciertos deshonrosos equilibrismos hoy en boga pero ha sido constante espejo de sana, humanísima y cristianísima tolerancia, fiel a lo que él mismo ha dicho de esa esclarecida ejemplaridad que fue Federico Ozanam: “Eres valiente y eres dulce. Tu espada es la sonrisa”.

En suma, Junco, en esa generación juvenil de hace quince o veinte años ejerció un hondo magisterio múltiple. Pero hemos de decir que de todo lo que en ella promovió o contribuyó poderosamente a promover y a acendrar, tal vez sea lo mejor, lo más logrado, aquello que se refiere a un anhelo que –hoy más que ayer- sigue siendo fuego vivo en nuestros pechos: el anhelo por lograr, en México, ese “difícil paraíso” en el que nuestra Patria puede encontrar su plenitud histórica; paraíso que hecho de temporalidades, ciertamente, se proyecta sin embargo, a lo eterno. Por obra de su pluma en gran medida es que persisten nuestros espíritus en apasionada vigilia ante el señuelo de ese reclamo histórico, a una con Junco, que en la cúspide de sus sesenta años sigue batallando por él con mayor fortaleza que nunca. Él y nosotros seguimos creyendo bueno y verdadero el pensamiento de que “el paraíso no es el descanso… En el paraíso no se puede estar tendido: se está verticalmente como los ángeles”. Por eso, él y nosotros, seguimos queriendo para México ese “paraíso difícil, erecto, implacable, que tenga junto a las jambas de las puertas ángeles con espadas…”

Y es sobre todo por ese ingente, luminoso anhelo que contribuyó decisivamente a grabar en nuestra vida, que esa generación ha de rendirle el testimonio de una gratitud que no es dable expresar con las solas palabras.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.