En Montevideo

Identificador: DM-081.
Publicación original: Novedades, 6 de febrero de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Montevideo, arquitectura, crónica urbana, patrimonio, modernidad y cultura hispánica.
Ilustración de En Montevideo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ya en tierra argentina lo decíamos: los hispanoamericanos divergimos en grado apreciable, más que por otra causa, por razón de lo que nos es postizo, de lo que no brota con fresca naturalidad de nuestra fontana íntima y verdadera. Coincidimos, por el contrario, en lo que nos es auténtico.

Esta fruitiva y venturosa coincidencia la saboreamos también en Uruguay, en la otra ribera del anchuroso Plata, después de un breve vuelo en hidroavión de cuarenta y cinco minutos desde Buenos Aires, en ruta oblícua, porque Montevideo tiene un meridiano más oriental. Preocupaciones intelectuales; ideario social y político; arquitectura; folklore… ¡qué sé yo!: pensamos que siempre que la autenticidad y lo tradicional se manifiestan, el coincidir –más o menos intenso- resulta inevitable. Ráfagas de evocaciones mejicanas nos sacuden el espíritu, al advertir el modesto pero noble soportal sobreviviente que se desarrolla en una parte de uno de los costados de esta grata plaza montevideana desde cuyo centro admiramos un cielo al que le ha barrido las nubes el viento de salobres emanaciones, que sopla ahora un tanto gélido en la desembocadura del gran río. Lo mismo al discurrir por entre esas “nuestras viejas piedras” de la Fortaleza –hoy en funciones de museo militar-, el fuego de cuyos cañones cruzó, desde uno de sus extremos, la boca de la maravillosa bahía, en históricos episodios decisivos. Otro tanto nos sucede al oír al paso fragmentos de una conversación que, si bien sostenida en acento y “tonada” uruguayos, se salpimenta inesperadamente de giros y expresiones en todo semejantes por el énfasis o la ironía a las usuales en nuestras latitudes. Y así también cuando se nos habla –ya que, por desgracia, de ello no tuvimos impresiones directas- de algunos rasgos de la vida campirana… Es el prodigio y el gozo constante de reencontrar, a miles de leguas de la Patria, multitud de idénticas vivencias esenciales, grandes o menudas, serias o intrascendentes, pero, al fin y al cabo, las mismas. Ello es lo que nos conmueve y nos hace vivir unos días como en un ensalmo de fragancia familiar y querida.

Nada, en cambio, suscita en nuestras fibras cordiales la construcción de “palomar” que se alza casi frente al portal antes visto: es un alto “cajón con agujeros” como los que en Méjico nos lastiman ya la visión con desventurada frecuencia. Ni la arquitectura moderna –aunque de un gusto tolerable- que nos vuelve a salir al paso en la Avenida Agraciada o en la Rambla República de Chile. Los edificios “europeizantes”, en cambio, dan el tono urbano de la estrecha y simpática rúa de Sarandí o de la ancha y bellísima Avenida 18 de Julio que se nos abre con la excelente arquitectura del Palacio Salvo. En otro rumbo, en medio de un hermoso espacio abierto, se alza la residencia del Congreso, de noble intención clásica y ricos interiores, que recuerda nuestras coetáneas construcciones porfirianas. Muy bello; como Sarandí; como “18 de Julio”. No es, sin embargo, lo “nuestro”. Lo nuestro se halla en Catedral; en el Cabildo; en la Fortaleza, los que, por cierto, nos están –aquí también- haciendo memoria puntualmente de lo que otrora nos ganó la grandeza: nuestra fe religiosa, nuestras concepciones políticas y nuestro nervio militar. Sólo faltaría, para completar el cuatro de simbólicas supervivencias, las piedras venerables de un Colegio Mayor o las de una Universidad como la de San Marcos de Lima o la de Méjico.

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