El Triángulo de las Órdenes
Publicación original: Novedades, 15 de julio de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: autoridad, órdenes, administración, comunicación, supervisión, colaboración.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Nuestro anterior artículo prevenía contra la extrañeza que pueda causar el énfasis puesto en unas reglas tan sencillas y obvias como las de una orden bien dada. Pero en realidad pocas cosas habrá tan trascendentales –e intensamente dramáticas a veces- como los mandatos de un superior a un inferior. También a quienes son ajenos a las exigencias técnicas de lo jurídico asombra y divierte que los códigos contengan fórmulas expresas de algunos principios que se tienen por verdades de Pero Grullo. Sin embargo, el jurista sabe de sobra lo conveniente y aun imprescindible de esas fórmulas refinadamente precisivas, a las que –no obstante su sencillez- no suele llegarse sino después de una rigurosa depuración conceptual de índole analítica.
No otra cosa sucede con las nociones y principios de las modernas disciplinas administrativas, hoy en desarrollo tanto más intenso y fecundo cuanto más se arraiga y extiende su armoniosa orientación práctica, científica y humanista a la vez.
Así, las órdenes, hecho medular y cotidiano de la gestión administrativa, han sido objeto de un estudio que lleva a su descomposición analítica en los siguientes elementos:
- Una situación que debe modificarse.
- Una persona de superior nivel jerárquico.
- Otra persona, pero de nivel jerárquico inferior.
- Además, una relación de autoridad directa entre aquélla y ésta.
- La comunicación clara –oral, escrita o por otras convenciones inequívocas- del mandato para modificar la situación de que se trata.
Por otra parte, también ha sido materia de análisis el proceso mismo de las órdenes y su cumplimiento. Nada más ilustrativo que referirse a la ya clásica simbolización gráfica de ese dinamismo que es conocida como Triángulo de las Órdenes o Triángulo de Pigors, en razón del nombre del eminente profesor del Tecnológico de Massachusetts.
Este triángulo tiene los vértices A, B y C, y los tres lados que esos vértices determinan con una punta de flecha en uno de sus extremos que expresa su respectiva dirección dinámica.
Los vértices significan: A, el jefe; B, el subordinado; C, la situación que debe cambiarse, o sea, la materia de la orden.
El primer lado se desarrolla de A hacia B y simboliza la comunicación del mandato. El segundo lado va de B a C y significa el cumplimiento de la orden.
Contra lo que a primera vista pudiera pensarse, el proceso no está completo y es preciso terminar el triángulo con el lado cuya punta de flecha indica un sentido de A hacia C, lo cual expresa la comprobación por parte del jefe de que la orden se ha cumplido.
Pero la figura no acaba en realidad sino con la añadidura de una línea paralela complementaria –a manera de subrayado- cuya punta de flecha indica la dirección B hacia A. Este trazo, exterior al triángulo y paralelo AB, manifiesta que el proceso real de una orden contiene otro elemento importantísimo: la reacción psicológica del subordinado B hacia el superior A.
Esta reacción puede, por supuesto, ser favorable o desfavorable. Y que sea una u otra cosa no es de poca monta. La experiencia de todos los tiempos nos dice con elocuencia cómo el signo positivo o negativo de esa reacción influye decisivamente en la eficacia de ese esencial tipo de comunicación administrativa que es la orden.
Si ésta es dada según las reglas técnicas aludidas en nuestro artículo anterior, la reacción del subalterno hacia el jefe será –en condiciones normales- de signo positivo. La orden será de veras cumplimentada y aun suscitará una buena disposición de ánimo hacia las órdenes subsecuentes.
Aún más: no sólo da lugar a la confianza, sino también a la estimación de la persona misma de aquel jefe que da órdenes atinadas por bien pensadas, transmitidas por el conducto debido y a quien es debido, con la claridad necesaria y con el comedimiento a que –sin mengua de la firmeza de la autoridad- el subordinado tiene derecho, y que además supervisa lo que éste hace no por prurito despótico sino por natural exigencia de las funciones que deben llevarse al cabo: con espíritu no de capataz, sino de coordinador y maestro de cada uno de sus subordinados. Es decir, las buenas órdenes obtienen, a la corta o a la larga, no nada más la eficiencia correspondiente a un puesto y a un salario, sino también eso invaluable que no paga todo el oro del mundo: la voluntad, el ánimo de colaboración.
Todo lo contrario resulta de las órdenes que violan las reglas por impremeditadas, confusas, dadas a quien no se debe, más o menos hirientes o en exceso autoritarias, o faltas de supervisión.
De donde se infieren claramente tres cosas:
- La finalidad intrínseca de una orden no es satisfacer un vicioso apetito de mando, sino, escuetamente, realizar eficazmente el funcionalismo del grupo social, en nuestro caso, de la empresa económica, del negocio. La orden, como de la ley afirma la Filosofía perenne, antes que cosa de la voluntad es algo de la inteligencia: “mandato de la razón dirigido al bien común”, dado por quien tiene legítima autoridad para ello.
- Que, como hemos subrayado, el trabajo humano en sociedad no puede ser eficiente si no se realiza a través de medios coherentes con la naturaleza racional y libre del hombre. La orden, como los demás instrumentos administrativos, debe intimar no a automatismos zoológicos siempre igualmente certeros y exactos como en el sabido caso del trabajo de colmenas y hormigueros. Debe intimar su asentimiento a la inteligencia y a través de ésta a la voluntad libre para que el hombre realmente responda al estímulo con eficacia y con pleno disfrute, por ello, de su dignidad de persona.
- La disciplina negativa, la de sanciones, aunque necesaria siempre por razón de las imperfecciones humanas, puede y debe reducirse al mínimo mediante el adecuado uso del instrumental administrativo dentro del cual la orden tiene un papel de primerísima importancia funcional y humana.
Casi podría decirse a todo jefe: Da buenas órdenes y todo lo demás se te dará por añadidura.
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