El Timo en las Letras
Publicación original: Novedades, 16 de abril de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: fraude literario, plagio, Shakespeare, Dumas, Auguste Maquet, Ossian, Voltaire.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
A últimas fechas el mundo literario ha estado pendiente del desenlace de la última hipótesis de las varias que han atribuido a otro de sus contemporáneos las obras que, corrientemente, sabemos ser fruto del genio de Guillermo Shakespeare. Esto da actualidad a la evocación de las suplantaciones y fraudes literarios diversos, que a veces han sido positivamente notables.
La mayoría del público, verbi gratia, tendrá un sentimiento cercano al escándalo si se le dice que en los libros de Dumas –lo mismo en su teatro que en su novela- se han puesto en claro plagios inequívocos. Schiller y Walter Scott, entre otros, cuentan entre los que, de haber resucitado, podrían haberle entablado pleito judicial para reivindicar de Dumas sendos derechos de autor.
Y ni qué decir que más de uno se irá de espaldas si se añade que Dumas, propiamente, no es el autor de su más famosa novela, que tantas ediciones en distintas lenguas ha visto y a la que tantas versiones cinematográficas han acabado de popularizar en nuestros días. Pues lo cierto es que Los Tres Mosqueteros, con su apasionante intriga que ha deleitado a varias generaciones, tiene por verdadero padre a un escritor casi desconocido: un tal Auguste Maquet. Este Maquet pertenecía a un equipo de literatos que trabajaban para Dumas. Uno, si mal no recordamos, fue nada menos que Octavio Feuillet, del que muchos lectores recordarán La Novela de un Joven Pobre, que también ha conocido versiones cinematográficas. Los miembros de este equipo escribían, y Dumas firmaba como autor de lo escrito. Y aprovechaba, claro está, la gloria literaria y los dineros. De éstos, una parte mínima iba en cada ocasión a poder del genuino padre de la criatura.
Probablemente Dumas tiene el mérito de haber inventado antes que nadie este cómodo y jugoso sistema, del que suele ser usuario y usufructuario, hoy día, más de una celebridad de las letras que se siente –tal como afirmaba de sí mismo Dumas- una especie de Napoleón literario dirigiendo a un Estado Mayor, más o menos brillante en cada caso, de generales de la literatura dramática, novelística, histórica, etcétera. Es el sistema que se basa en lo que en la república de las letras se conoce con el nombre de “negros”. Es esta la especie sui géneris de esclavos intelectuales que realizan el trabajo del que sus amos llevan el crédito y la mayor parte del provecho pecuniario. Es también memorable el fraude del célebre renacentista Leonardo Aretino, que se apropió una Historia de los Godos que a la postre se descubrió íntegra en un antiguo manuscrito del bizantino Procopio. En el siglo pasado, Próspero Merimée supo tomarle el pelo a sus contemporáneos editando la colección dramática de una imaginaria comediógrafa española, y que intituló Teatro de Clara Gazul. Lo mismo hizo con una dizque compilación de baladas ilirias: Guzla.
Don Carlos Pereyra tiene unas páginas deliciosas sobre éstos y otros famosos fraudes de la literatura y de la documentación histórica. ¿Qué decir, por ejemplo, de esa por él donosamente recordada superchería –que puede calificarse de homérica- de que el mediocre Macpherson hizo víctima nada menos que al execrable y pagado de sí mismo “siglo de las luces”? De 1760 a 1807, todo el mundo se tragó el embuste de los cantos del legendario héroe y poeta de los antiguos celtas de Escocia: Ossian, que llora su ceguera y la muerte de su hijo Oscar, y que exalta las glorias de su raza. El fraude quedó en claro al publicarse los textos originales adulterados por Macpherson y atribuidos al dudosamente histórico bardo escocés de la tercera centuria. Esos textos, de carácter épico, no obstante el lirismo celta, estaban desprovistos del exagerado subjetivismo del fraude de Macpherson, y resultaron ser de una arcaica sencillez demasiado distante de las ampulosidades del “arreglista” moderno. Pero ya el mal estaba hecho. La influencia del falso Ossian es responsable de buena parte de lo intolerable quejumbre lírica que ha sido preciso soportar al leer, entre otros a Chateaubriand y a Lamartine, que “ossianizaron” de lo lindo.
En nuestras letras, quizá el más célebre fraude literario lo constituyan las apócrifas Memorias de don Sebastián Lerdo de Tejada, que después de la muerte de este personaje armaron gran revuelo. De fraudes más recientes, del tipo del plagio descarado, en nuestro medio, “más vale no meneallo”, como diría Sancho Panza.
Para despedirnos por hoy del lector con un poco de salsa anecdótica, evoquemos a Voltaire, reconocido padre de tanta mentira de las que solían alimentar hace décadas las tertulias de barberos y boticarios antirreligiosos. Al solicitarle en cierta ocasión, una de esas características marquesas literatas del siglo llamado de la “Ilustración”, que improvisase en verso algo a propósito del firmamento estrellado, Voltaire, siempre y en todo maestro del engaño, se puso en “trance” poético y espetó:
“Tout ce vast ocean d’azur et de lumière, tiré du vide même et formé sans matière, arrondi sans compas et tournant sans pivot, à peine a-t-il coûté la dépense d’un mot”.
¡Esta “improvisación” del incorregible “poseur” de intelectual, tenía realmente por autor a un jesuita, el P. Lemoine, que había vivido cien años antes, y a quien, para colmo, el mismo Voltaire –nos dice Pereyra, que narra la anécdota- “trató de hombre sin gusto, desconocedor del genio de la lengua”!
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