El Tiempo es… Vida

Identificador: DM-482.
Publicación original: Novedades, 17 de marzo de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: tiempo, vida interior, prisa, sosiego, fortaleza, templanza, señorío.
Ilustración de El Tiempo es… Vida

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ya es más que un lugar común decir que el acelerado ritmo de vida de nuestros días ha venido a plantear muy serios problemas de descompensación psicológica. Solicitado por múltiples y variadas urgencias de lo cotidiano, impedido tal vez de pasar por alto la rapidez sucesiva de los acontecimientos de universal trascendencia que se atropellan unos a otros, y los incesantes cambios de situaciones que forzosamente nos afectan y en las que hemos de movernos, nuestro espíritu se ha visto en la necesidad de habituarse a una intensa gimnasia saltarina y muchas veces inconexa que hace apenas una o dos generaciones se habría juzgado punto menos inverosímil.
Para ser justos, hay que convenir en que esta gimnástica ha obtenido el resultado nada despreciable de otorgarle una cierta agilidad y versatilidad de movimientos que antaño no era frecuente. Ello, en hartas ocasiones, significa de hecho un mayor rendimiento del esfuerzo, así como del tiempo disponible.
Sólo que tampoco cabe duda de que este fenómeno contemporáneo del vivir “de prisa” ha llegado a lo excesivo y a lo psicológicamente insalubre. Si a nuestra vez –y con cierta razón- se nos antoja increíble el paso calmo y parsimonioso de la existencia hace 40, 50 ó 60 años, estamos llegando a algo todavía peor, respecto de nuestro actual vivir premioso y febril: se nos está volviendo ya no inverosímil, sino, escuetamente, ininteligible.
En efecto: los negocios, las situaciones, los problemas, los sucesos mismos requieren un mínimo lapso para ser adecuadamente captados y entendidos siquiera en lo que tienen de quintaesencia. Y esa mínima condición cronológica de su inteligibilidad, que la estructura de nuestro espíritu exige, es la que, al parecer, va quedando cada día más allá de nuestro alcance. De ahí que no sea difícil comprobar, hogaño, la multiplicación de fallas del esfuerzo, aún en el ejercicio de aptitudes estrictamente técnicas y hasta rutinarias, por la precipitada consideración de lo que se trae entre manos en un momento dado. Y ello a pesar de que, por ironía, cada vez se nos va más tiempo en inventar laboriosamente sistemas con los que “ganarle el tiempo al tiempo”, olvidando en demasía que tiempo no es dinero, sino VIDA, según rectifica un agudo amigo nuestro: “Time is not money. Time is life”.
Tremenda enfermedad esa de estarnos preguntando sin tregua: “¿qué es lo que sigue?”, cuando no hemos digerido todavía lo que aún no acabamos de soltar de las amarras del espíritu. Es uno de los caminos más seguros a la astenia psicológica, al aflojamiento enfermizo de nuestros resortes interiores hasta extremos de impotencia, e incluso hasta su franca ruptura final. Nos lo dicen no ya las estadísticas cuanto las no raras experiencias concretas que se dan dentro de los círculos en que solemos movernos.
Esta gimnasia extremosa del espíritu, pues, ese ininterrumpido desasirlo de un objeto de consideración, para proyectarlo de inmediato a otro, y luego a otro y a otro más, está rebasando los límites de sus virtualidades normales; exigiéndole más de lo que puede dar en materia de fulgurantes intuiciones repetidas en interminable sucesión.
Pero no es sólo este relajamiento y anemia de “músculos” lo grave. Pareja seriedad asume el otro resultado de ese tren de vida a pulsaciones aceleradas: la incesante vida extravertida que lleva aparejada, y que nos trae con frecuencia a la rara condición de ser cada quien no únicamente un extraño a los demás –meros objetos semovientes, propiamente sin simpatía humana-, sino un extraño aún respecto de sí mismo.
Cuando esto sucede, cuando la dinamia del espíritu está sin descanso y siempre a flor de piel, dirigida a las exterioridades, queda inaprovechado lo mejor, lo más íntimo, la raíz del hombre, en la cual se fincan los más fecundos y poderosos dinamismos que pueden darle a su acción sentido cabal y verdadero, fertilidad y eficacia vitales. He aquí, tal vez, lo peor de todo en este vivir demasiado de prisa, y con él “¿qué sigue?” en la punta de la lengua: la falta de una robusta vida interior que incluso permita, al centrar en sus ejes al espíritu, captar mejor, vivir mejor, disfrutar mejor –sin modorras, pero sin tumultuarios atropellamientos- las excelencias del mundo, de la actividad personal y de la convivencia.
Urge en verdad podar un poco la ramazón superflua del árbol de la acción de tipo exterior, e ir algo más a la savia, a las raíces interiores. No bastaría para ello el episódico fin de semana anglosajón, que llega justo cuando se está casi en trance de bancarrota psicofísica. Ello apenas si restaura precariamente el equilibrio lo indispensable para seguir haciendo de autómata humano. Sería necesario, entre otras cosas, aprender a imponerse cada día uno, dos o tres paréntesis de sosegado apartamiento, de fruiciones íntimas, de regalado conversar, de lectura ensanchadora de horizontes, y hasta de plácida y desinteresada contemplación de lo circundante, sin congojas y cálculos utilitarios; para no hablar de esa tónica y supremamente equilibradora consideración de los grandes temas –Dios, Patria, familia, virtud, arte…- que debiera ser en todos algo cotidiano y familiar.
Sólo así podremos readquirir eso que, a ojos vistas, nos ha perdido nuestra extremosa agitación extravertida. La elegancia de espíritu que es el sosiego, lo que vale tanto como decir energía gobernada que no riñe con la ágil versatilidad, antes la afirma y asegura, y que es nobilísimo logro de la armonía de dos virtudes fundamentales: la fortaleza y la templanza, las que se integran en lo que certeramente se ha designado, en nuestra lengua, “señorío”…

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