El “Suspenso” de la Historia Presente
Publicación original: Novedades, 13 de junio de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: guerra fría, Alemania, Austria, Bandung, Fátima, Providencia, amenaza nuclear.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Como para el resto de lectores habituales de la prensa diaria en todo el mundo, tal vez para más de un lector cristiano la tensión internacional ha disminuido en las últimas semanas. Ahí están los hechos que alientan esa impresión.
Primeramente, el afianzamiento en el frente occidental por parte de la Alemania del oeste, ya independizada y francamente orientada al rearme, se juzga con razón como una carta que ha venido a fortalecer el juego de la baraja política anticomunista. Después, la independencia neutralista de Austria, que se ha tomado como elocuente síntoma de un forzoso “ablandamiento” de la estrategia de los hombres del Kremlin, amén de la inusitada visita conciliadora de los tres más altos primates de la Rusia soviética al gran cismático del comunismo. “Tito” de Yugoslavia. Luego, el receso en que se han mantenido los acontecimientos en torno al polvorín de Formosa y la liberación por Peipín de cuatro aviadores norteamericanos a cambio de la devolución de varias decenas de estudiantes chinos por los Estados Unidos. También, la conferencia afroasiática de Bandung, con el peso moral que significa el que en ella centenares de millones de hombres hayan hecho más o menos expresa una especie de “tercera posición” ante los dos grandes y reconocidos frentes belicistas. Finalmente, las ya en principio convenidas pláticas de los “Grandes” que se anuncian para dentro de pocas semanas.
Todo eso está bien. Los hechos son los hechos. Pero suponiendo exacta su global interpretación optimista, los hechos arriba enumerados reflejarían sólo el estado del juego de las fuerzas políticas en un momento dado. Y aunque es claro que de ningún modo ha de despreciarse ese género de síntomas, todavía es más evidente que hay datos que han de tenerse más en cuenta para hacer conjeturas válidas sobre el porvenir, como son los que se refieren al estado de espíritu fundamental e íntimo de los hombres. No es demasiado consuelo, en efecto, la circunstancia de que el estira y afloja de la guerra fría parezca haber llegado a un punto de equilibrio de fuerzas, cuando se sabe de sobra que el equilibrio supuestamente logrado es inestable; que pueden romperlo en cualquier instante circunstancias posteriores, previstas de antemano por cualquiera de las dos estrategias en pugna o bien surgidas por obra imprevisible de esos imponderables históricos de cuya intervención en el acaecer humano da testimonio una larga experiencia.
Más importante, en efecto, sería saber, pongamos por caso, que en la proyectada plática de los “grandes” la burbujeante jovialidad que Nikita Khrushchev puso de manifiesto en Belgrado corresponderá a un ánimo de elemental, humana benevolencia hacia el semejante. Que la conocida sonrisa de Eisenhower estará hablando de la existencia de un clima positivo de confianza y sinceridad recíprocas, cuyo bienhechor influjo estará suscitando la más espontánea y segura de las cordialidades. Que la atildada afabilidad de Anthony Eden no ha de ser ahí, en suma, sino el símbolo externo y veraz de la elegancia interior de los espíritus presentes en la mesa de conferencias; elegancia fincada en la pulcritud esencial de las intenciones y en la limpia concordia de voluntades unificadas en idéntico propósito de universal hermandad.
Lo que queremos decir es que, aunque nadie ignora que –infortunadamente- las cosas no han de ser así, no se suele parar mientes en la gravedad de que no sean precisamente de esa manera. Dicho de otro modo, lo que medularmente importa más no es que los hombres convengan en un cese de las hostilidades más o menos frías o más o menos calientes por razones de temor recíproco, sino que lo hiciesen por virtud de convicciones unánimes con aliento moral.
Como esto último no es, puntualmente, lo que campea en los hechos que han aliviado un tanto la tensión mundial –con la posible excepción de lo de Bandung- no se piense que con la anterior reflexión queremos llevar al lector al terreno de las consideraciones vacuas por utópicas. Se trata, sencillamente, de tomar pie para llamar un poco la atención sobre la circunstancia, con frecuencia olvidada por los cristianos, de que la dinámica de la Historia no se explica cabalmente por la acción única y obvia del agente humano, sino que también habla de la intervención de un director de escena, Dios, cuya actividad es igualmente objetiva aunque por lo general persista subyacente, velada por la hojarasca inextricable de las múltiples incidencias exteriores.
Esa dirección superior del drama histórico, ni más ni menos, es la que con una admirable maestría escénica pone en movimiento los factores imponderables arriba aludidos. Factores que con frecuencia desvían asombrosamente el derrotero esperado de los acontecimientos, de la misma manera que las situaciones de terrible tensión se resuelven con sabia y sorprendente naturalidad en los buenos argumentos contemporáneos del género de “suspenso”.
Ahora bien, lo más lamentable de todo lo lamentable que en el mundo está sucediendo es que los cristianos suelen olvidar, asimismo, que el hombre puede influir –indirecta pero eficazmente- sobre esos poderosos imponderables históricos que de una manera inmediata dependen de la acción de la Providencia. Y si el debilitamiento de la religiosidad de los cristianos parece haberles acarreado incluso la pérdida de la sagacidad hasta para la gestión de los asuntos temporales –pruébanlo reveses contemporáneos en que ha sido obvia su falta de visión, de prudencia meramente humana- su culpable miopía por lo que atañe a lo espiritual raya en lo inverosímil.
Así, evidencias tan estruendosas –si se nos permite la expresión- como el soberano mensaje sobrenatural de Fátima, lleno de urgidas invocaciones a la rectificación de la conducta, a la limpieza de la vida personal, al espíritu de penitencia y oración, no han sido aún suficientemente valoradas por la totalidad moral de los que viven en comunión con la Iglesia. Y ahí está la falla radical, precisamente. Ni se iguala en osadía y en perspicuidad a los hijos de las tinieblas en los negocios de lo temporal, ni, sobre todo, se echa mano de los recursos sobrenaturales que la fe nos enseña ser decisivos incluso para orientar la Historia por caminos mejores.
Porque –ya que lo hemos aludido- el mensaje de Fátima es substancialmente un misericordioso recordatorio de nuestra más accesible posibilidad de influjo en la Historia al través de la viril elevación de la conducta, de una sobrenaturalización de la vida que sea por sí sola una vibrante impetración –“Pedid, y se os dará”, promete el Evangelio- que mueva al Corazón de Dios a manejar los imponderables históricos de tal manera que el terrible, angustioso “suspenso” nucleario presente tenga un desenlace diverso del desastre que lógicamente, “de tejas abajo”, puede esperarse.
El mundo no lo sabe, pero al cristiano no le es lícito ignorar que diez justos pueden salvar a la ciudad del fuego del cielo. En verdad el íntimo y medular “suspenso” de este recodo del tiempo estriba en la expectación de qué respuesta daremos, los que a diario rezamos el padrenuestro, al mensaje de Fátima.
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