El “Sputnik” y el Misterio
Publicación original: Novedades, 15 de octubre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Sputnik, técnica, misiones, cristianismo, peligro nuclear, historia.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Técnicamente –y, para los rusos, también políticamente- ha sido un redondo éxito el espectacular lanzamiento del “sputnik”, del primer satélite artificial de la Tierra.
Resultaría aquí ocioso apuntar siquiera las obvias y más notables posibilidades e incógnitas con que el suceso ha saturado -ya de inquietud, ya de esperanza- el ambiente internacional. Lo indiscutible es hacer llegar a su máxima intensidad la sensación –suscitada al estallar la primera bomba nuclearia- en el sentido de que hemos entrado de lleno en la etapa más decisiva para el género humano a partir de los días en que el Hijo de Dios se revistió de nuestra carne, habló y convivió con los hijos de los hombres, y murió por ellos en la cruz.
Esta sola consideración plantea para el cristiano requerimientos ya no únicamente singulares, sino positivamente supremos. Antes que nada, y con un apremio que sobrepasa con mucho las exigencias de las últimas centurias, se ve urgido por un compromiso totalitario, exhaustivo –si puede hablarse así- de autenticidad. No cabe otra disyuntiva ante el impacto desmesuradamente tremendo con que está golpeando sobre nuestro destino la especialísima circunstancia de que en este instante coincida el más desorbitado poderío de la técnica con la más reconocida postración espiritual que, como índice de los tiempos, prevalece en el escenario humano.
Ahora bien, esa autenticidad que hemos llamado exhaustiva impone, entre sus facetas sobresalientes, como una de sus más obvias e inmediatas inferencias, la más que nunca resuelta irradiación misionera de la Cristiandad. El misterio de la Historia, su sentido más íntimo y radical –misterio y sentido en que palpitan las realidades diversamente estremecedoras del pecado y de la Redención- parece que debe ser definitivamente desentrañado y hecho patente a todos los ojos en esta etapa en que, sin asomo de duda, oscilamos patéticamente entre el pavor de una noche apocalíptica en que desembocaría el suicidio de la especie y el alborear de un nuevo día histórico en que el sol de la espiritualidad pudiese alumbrar sobre unos horizontes que, ahora sí, sin metáfora, tendrían amplitud cósmica, grávida de indefinidos asombros, de perspectivas maravillosas y, lo que es más importante, ennoblecedoras por lo que entrañarían de conquistadora osadía, de coyuntura ilimitada para aquello que –también aquí, en el orden temporal- es siempre lo más valioso: la realización del Bien.
Preciso es para el cristiano, más que para el resto de los hombres, luchar porque esa angustiosa oscilación se detenga de su lado positivo. Y para él, esa lucha debe entre otras cosas asumir los cauces de la difusión ecuménica de la verdad de que es depositaria la Iglesia. Esa verdad que descorre el velo del misterio histórico, si no en los pormenores, que Dios se ha reservado, sí en los perfiles substantivos que se cifran en “la buena nueva del inmenso amor de Dios hacia todos los hombres, sin acepción de personas”. Que la extensión de esa verdad a toda la redondez del orbe, a todos sus meridianos y paralelos, sea ya no una vocación, sino una realidad. Que la geografía entera, en lo que tiene de físico y en lo que tiene de humano, sienta en su entraña el júbilo y otorgue el testimonio de que en ella, al fin, se ha cumplido de hecho la universalidad de derecho del mensaje de Cristo… No hay camino más seguro para eludir la espantable amenaza nuclearia y para consolidar la esperanzadora perspectiva de un futuro de bienandanza.
Y he aquí, ahora, la coincidencia que mueve a meditaciones providencialistas y que se presenta en estos días del mismo octubre en que el planeta ha sido muchas veces circunvalado por esa interrogación suprema materializada en el “sputnik” soviético. Para el día veinte, en esta ocasión con voces que también resultan supremas, la Iglesia, gestora del Mensaje de Cristo, nos convoca a la celebración del Día Mundial de las Misiones.
Trascendencia no común reviste el saber qué respuesta le darán los cristianos en esta inminente fecha. Cuál será la medida de su generosidad ahí donde ella más obliga, a saber, en los países beneficiarios de una vieja cristiandad.
¿Será una respuesta igualmente suprema, tanto en el dinamismo sobrenatural de la plegaria y de la ascesis propiciatoria como en el desprendimiento del óbolo que –por ir saturado de amor de caridad- apoye eficazmente los desvelos de la Iglesia para acudir al último mandato del Señor: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”…?
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