El Relajamiento de la Autoridad

Identificador: DM-001.
Publicación original: Novedades, 23 de enero de 1940.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: autoridad paterna, familia, juventud, educación moral, derecho natural, México.

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Ilustración de El Relajamiento de la Autoridad

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hay algo entre nosotros que se hunde. Hay un clamor de naufragio en nuestro ambiente, cuyo silenciamiento apremia. Por dignidad y por necesidad vital. Es preciso que la “Suave Patria”, como dice la lira de López Velarde, sea “siempre fiel a su espejo diario”. Que su augusta fisonomía quede intacta. Para ello urge quitar la razón de una gran sinrazón.
La gran sinrazón es que los padres, entre nosotros, ya no son tal cosa. Quizá no ocurra esto en el terreno del sentimiento; pero es el pan de todos los días, hoy, por lo que al ejercicio de su autoridad corresponde. Porque parece que todos ellos han dado vergonzosamente de mano a tal prerrogativa si eso les evita las molestias que son su obligado cortejo. Y hay que considerar que el sabio ejercicio de la autoridad paterna es el factor más vigoroso en la formación moral de la juventud, formación de que tan escasa anda en estos pícaros días, y más que nada por ausencia de aquel factor.
Ley natural e imperativo de la razón es que el hijo obedezca al padre. Sencillo cuanto trascendental principio, éste. Y no importa la densa nublazón con que nos lo obscurecen los hechos cada veinticuatro horas. Inmutable, universalmente válido, el principio sigue con olímpica serenidad en el mundo de lo que debe ser, sin dársele a él un ardite que se le niegue y combata. Además, como otros postulados del Derecho Natural, no sólo le descubre el discurso, en su insaciable hilvanar de juicios, asentado en la región de los puros ideales. También –al modo que dirían las Partidas alfonsinas con todo el grato sabor del Siglo XIII-, cual “raigada virtud que los homes han”, éstos sienten en sí el natural impulso –previo al raciocinio que le ratifica y da sólido sustentamiento intelectual- a conformar la realidad de las relaciones domésticas con la esencialísima norma a que hemos aludido.
Este hecho, de experiencia general, viene a ser ya como un nuncio de la trascendencia del principio en pro de cuyo cumplimiento se endereza. Y es que la naturaleza cuida de añadir, a los argumentos de la razón, mociones intrínsecas, razones de corazón a favor de aquello que es fundamental en la economía del ser.
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“Que sont les neiges d’antan?...” ¿Dónde están las nieves de antaño?, dan ganas, muchas veces de exclamar con François Villon.
O bien, con la más ilustre y rancia de nuestras elegías:
¿Qué se hizo el rey don Juan?
Los infantes de Aragón,
¿qué se hicieron?

Sí, hoy día, es moneda corriente para cualquier persona dar la prueba testimonial y directa de ciertas miserias y ciertas relajaciones de vínculos; miserias y relajaciones que hieren de muy mala lanzada lo más sagrado y angular en el orden de los afectos y de las respetuosas sumisiones familiares, fundamento el más firme del supremo amor y reverencia de la patria. Se es llevado entonces a admitir en muy buena parte –ya que su total aceptación sería, a no dudarlo, un reaccionarismo de mal cuño-, la verdad del aforismo celebérrimo de las mismas coplas de Jorge Manrique:
“… a nuestro parecer,
cualquier tiempo pasado
fue mejor”.

Nosotros diríamos de manera algún tanto diferente. Compondríamos una paráfrasis que desfigura el semblante lapidario, la fuerza lírica del verso inmortal; pero que dice con justeza lo que es, históricamente, la verdad en México: “ALGUN tiempo pasado, EN EL ORDEN DE IDEAS QUE NOS OCUPA, fue mejor”.
Porque no fue mejor todo tiempo pasado, ni en todo orden de cosas.
Imposible, absurdo, suspirar por la extremosa sujeción filial de ciertas épocas. No hay ya quien en serio pueda pensar en restaurar al páter familias romano en su omnímoda y pagana potestad, que alcanzaba aun a decidir sobre la vida o la muerte del hijo. No habrá tampoco persona a la que parezcan buenas o deseables las exageraciones que a veces hace cincuenta o más años, ocurrían. Dábanse casos famosos como el de aquel respetable, circunspecto y prestigiado legista cuarentón que al regresar una aciaga noche a la casa paterna, con un retraso de cinco minutos sobre lo prescrito en los draconianos edictos familiares, recibió del ultrasevero y anciano tutor de sus días, sin valerle la exculpante de sus quehaceres profesionales, la soberana felpa de su vida por cometer tan inaudito desacato.
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Todos estos extremos están bien y definitivamente liquidados. La justicia natural clamaba estruendosamente contra tales abusos. Pero ello no quiere decir que sancionemos estúpidamente los extremos contrarios y peores en que hoy se incurre. Como siempre, el término medio aristotélico da la clave según la cual ningún derecho sufre injuria y ninguna correlativa obligación deja de exigirse. Y hay que decir que, en el punto de que tratamos, entiéndase bien, ese acertado término medio fue, ayer no más, venturosamente, lo que predominó en nuestra sociedad. Pero ha habido un fatal descuido por parte de los jefes de familia, descuido que ha llevado a la más desmelenada autonomía a la juventud, que ha desbaratado muchas veces el razonable sujetarse a la autoridad de los padres, al sentir los hijos que los padres aflojaban las riendas por debilidad o por imbecilidad, para dar a cada cosa su nombre.
“¡Esta juventud de ahora…!”, suelen decir algunas personas mayores, moviendo sentenciosamente la cabeza en señal de condenación y lamento. Y se refieren con harta frecuencia a ese moderno tipo de joven que pulula en calles y salones, que entre otras cosas de no poca monta adolece de una precoz, absurda, repelente madurez exterior, y que lastimosamente carece de la intrínseca y verdadera madurez del espíritu.
Pues bien, los que así se lamentan no se dan cuenta o no quieren reconocer todas las causas de tan desoladora tragedia. No es sólo la filtración entre nosotros de la mentalidad yanqui y la influencia de la racha mundial de inmoralidad. Ha sido, sigue siendo, la poca previsión, la falta de narices, como suele decirse; la falta de carácter, la abulia con frecuencia criminal de los padres en el ejercicio de su autoridad, lo que ha hecho posible el actual estado de cosas.
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Ninguna sociedad puede llenar su cometido, cualquiera que sea, sin autoridad. Es preciso que la sociedad doméstica no llegue a ser entre nosotros un mero grotesco remedo de lo que fue. Ello reclama, con patética exigencia nacional, una pronta y enérgica reivindicación de la autoridad paterna. En el campo de los entendimientos, pulverizando los prejuicios en boga acerca de las falsas libertades juveniles. En el terreno de los hechos, principalmente, usando sabiamente de mano robusta los padres con sus hijos. Tienen la palabra los inmediatamente interesados. Dense cuenta de que no escaparán siquiera al juicio de su propia descendencia.

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