El Quijotismo de Cervantes

Identificador: DM-359.
Publicación original: Novedades, 27 de junio de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Don Quijote, Cervantes, ideal caballeresco, Lepanto, España, historia.
Ilustración de El Quijotismo de Cervantes

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Este año en que se han cumplido 350 de haberse publicado la Primera Parte del Ingenioso Hidalgo recuerda, entre otras cosas, la exégesis de muchos críticos, letal por su sentido pesimista y de derrota. Según ella, en las páginas del Quijote se vierte el desengaño y la amargura personal de Cervantes, reflejo, a su vez, del cansancio y la decepción de España. Y evocan cómo, a la primera etapa de la vida de Cervantes, trepidante de afanes y glorias militares –Italia, Lepanto, Corfú, Constantinopla, hasta el duro cautiverio en manos sarracenas, en Argel-, sucede la oscuridad, la medianía , que no es siquiera “dorada”, sino transida de pobrezas y reveses, el gris asfixiante de lo burocrático. Así, España, después de la ascensión con los Reyes Católicos, el Emperador Carlos V y Felipe II, empieza a sentir las primeras resquebrajaduras de su grandeza y poderío, la fatiga del esfuerzo titánico de defender la catolicidad en Europa y fundar veinte naciones en las nuevas tierras de los descubrimientos, el desencanto ante el escaso premio que los tiempos otorgan a sus hazañas desmesuradas. Por ello, España, como el propio Cervantes, volcaría en el Quijote una mortal desilusión, un renegar de la locura caballeresca de su reciente pasado.

Nunca hemos compartido esta interpretación. Ciñéndonos hoy a lo que personalmente atañe a Cervantes, se resiste uno a creer en semejantes derrotismos en aquel que “por soberano impulso de su voluntad quiso ser soldado, que entonces era tanto como ser señor”. Hay que reivindicarle del cargo de denostar, simbólicamente, la esencia de los perennes ideales humanos.

Por ejemplo, si algo hay dicho en serio en las páginas del libro inmortal es el comento del cura al imperecedero discurso de Alonso Quijano sobre las armas y las letras. En sus palabras, se respira sin dificultad la convicción al decir que don Quijote “tenía mucha razón en todo cuanto había dicho a favor de las armas, y que él, aunque letrado y graduado, estaba en su mismo parecer”. Y Cervantes añade cómo a todos los oyentes en aquella sazón les “sobrevino nueva lástima de ver que hombre que al parecer tenía buen entendimiento y buen discurso en todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente en tratándole de su negra y pizmienta caballería”.

Lo positivo es que la exaltación del genuino ideal caballeresco de la cristiandad es constante en el Quijote y en todos los dichos de Cervantes. Nunca abjuró éste del contenido espiritual de sus riesgosos empeños militares de mocedad. Al revés, hay que decir que la heráldica caballeresca de la espada continúa signando el alma de Cervantes. Este siguió siendo siempre, en el fondo, en psíquico consorcio, pluma y espada.

Y al revés de las interpretaciones pesimistas, si bien se mira, la obra maestra de Cervantes es un simbolismo maravilloso e impensado de esa realidad integral que en el mundo tiene escenario, y que se manifiesta como una permanente batalla por ajustar los hechos cotidianos a la honda, estremecida y más alta realidad de los ideales, de los eternos valores que ennoblecen y dan plenitud vital y sentido a esa contienda que en el Tiempo libra el hombre, y que se llama la Historia.

Muy claramente lo ejemplarizó Cervantes, para baldón eterno del espíritu burgués que trata de eludir la responsabilidad que todos tenemos –en mayor o menor medida- de hacer la Historia, cuando en lo de Lepanto alzó la voz –que en él era la voz de la Estirpe- para negarse a volver al lecho de enfermo: “QUE MÁS QUERÍA MORIR PELEANDO POR SU DIOS Y POR SU REY, QUE NO METERSE SO COBIERTA”.

La realidad, la esencia del QUIJOTE nos ha parecido siempre más sencilla y muy diversa de la declarada por las exégesis derrotistas. Y nuestra propia convicción se afirma y precisa en la docta y a la vez obvia explicación de Menéndez y Pelayo, que fluye también espontáneamente en cualquier otra lectura sin prejuicios.

Según ella, Cervantes no se propuso de ningún modo crear expresamente simbolismos que cifrasen la sátira al ideal caballeresco a un tiempo que la exaltación de lo pedestre y práctico. Su genio no hizo otra cosa que “ver” –en su inefable intuición creadora- a su personaje. Un personaje que “pudo ser”. Y esto es tan cierto –añadimos nosotros- que ninguna otra ficción literaria da, como Alonso el Bueno, la sensación de realidad, de ser que se oye, y se ve, y se toca. De hecho, cuesta un gran esfuerzo convencerse de que no es real, de carne y hueso. La sátira a los libros de caballerías no fue sino la ocasión, pero nunca la causa del nacimiento del Quijote. Y es que si hacemos a un lado la excepcionalidad del Amadís de Gaula, el ideal caballeresco de la edad Media, sino su insoportable corrupción. “Un árbol de tentador y peligroso fruto” cuya influencia tóxica no se ha extinguido aún”. Sus raíces célticas –ajenas a la cristiandad- habían venido “a renovar la imaginación occidental, revelándole el mundo de la pasión fatal ilícita o quimérica, el mundo arrullador y enervante de las alucinaciones psicológicas y del sensualismo musical y etéreo, de la vaga contemplación y del deseo insaciable, el mundo de los mágicos filtros que adormecen la conciencia y sumergen el espíritu de una atmósfera perturbadora”… “Los motivos que guían a los caballeros de la Tabla Redonda son, por lo general, arbitrarios y fútiles…; la aventura por sí sola les atrae con irresistible señuelo; se baten por el placer de batirse… Ningún propósito serio de patria o religión les guía”. Su acción es “individualista, egoísta, anárquica”.

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