El Provechoso Desorden

Identificador: DM-349.
Publicación original: Novedades, 25 de abril de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: desorden social, liberalismo, comunismo, dignidad humana, distribución de la riqueza, bien común.
Ilustración de El Provechoso Desorden

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Promover y mantener el desorden como una sistematizada fuente de provechos para el desordenador: tal es la consigna, la regla de oro de los grupos que hoy en día han convertido al planeta en su privado y exclusivo usufructo.

Desorden de la persona. Desorden de sus facultades rectoras, inteligencia y voluntad: dígalo el caos mental y la sed de dominación prevalentes. Desorden también en sus zonas inferiores: dígalo, para elocuente muestra, el creciente, invasor signo afrodisíaco de esta civilización en decadencia.

Desorden de lo social. Dígalo la insoportable inestabilidad de los últimos decenios: inestabilidad que tiene por origen el falso planteamiento de las bases y metas de la estructura económica y política.

La ventaja de este desorden, ¿para quién es? …De uno y otro lado de la cortina de hierro, para las castas dirigentes de esos dos mundos temerosos uno de otro y al mismo tiempo dispuestos a la ruptura de hostilidades en cualquier momento. Castas que manejan a su sabor y conveniencia sus respectivos mitos ideológicos y el desorden humano y social que en cada uno de esos mitos se fundamenta. Desorden “ordenado” –dicho sea sin paradoja ni chirigota-, de acuerdo con un método que permite prolongar indefinidamente el engaño de los espíritus y la consiguiente explotación de las grandes masas, mayor o menormente amorfas, sin más horizonte crítico que el que los distintos amos dictan al través de los “slogans”, de los estribillos de la propaganda.

Mientras tanto, la tragedia del hombre persiste y se agrava. Su destino, preeminentemente espiritual, se frustra por supuesto. Pero es que aun sus legítimas exigencias materiales se ven insatisfechas, burladas muchísimas veces. Se encargan de ello la repugnante injusticia en la distribución de la riqueza, y el monopolio de la política en nombre del pueblo o del proletariado para provecho de equipos minoritarios.

Por ello es que alternativamente aburre o subleva la monótona hipocresía o la falta de visión –reflejo, por cierto, del desorden intelectual que priva- cuando se vierten machaconamente esas frases sonoras que afirman con engolado énfasis que la meta suprema de Occidente en esta hora debe ser no otra que la salvaguardia de la democracia liberal.

Estas afirmaciones son –digámoslo escueta y tranquilamente- falsas. Lo que Occidente cumple como lo único digno de su tradición cultural, como el sólo estímulo capaz de galvanizarlo para las batallas decisivas, es la salvaguardia del hombre, de su significación espiritual, de su libertad para obtener lo bueno y lo verdadero, para alcanzar un equitativo acceso a la riqueza económica. Pueden perecer cien democracias y otros tantos sistemas políticos diversos de la democracia, con tal de que se rescate lo que verdaderamente vale la pena de ser salvado: el hombre, flor de la creación, “portador de valores eternos”.

Pero es que en el substrato de muchas de estas declaradas resoluciones de salvar, por sobre todas las cosas, a la democracia liberal, late exactamente lo mismo que en el antagonista vocerío bolchevique: el propósito de que persista, dentro de la persona humana y en el ambiente social en que ella ha de moverse –ya con signo soviético, ya con signo dizque democrático- ese desorden “muy bien ordenado” para beneficio de los covachuelistas y tinterillos de la política internacional.

Porque bueno es recordar la fórmula de la regla de oro: “Hay que desengañarse: lo que nos tiene cuenta y rinde provecho, es el desorden. Pero, claro está, un desorden ordenado”. En verdad que esa lúcida sentencia del tinterillo enredador y tramposo, alargapleitos y explotador de clientela incauta, pierde todo asomo de chascarrillo para asumir, con toda seriedad, un excepcional y exacto valor de lo contemporáneo.

Y en esto, puntualmente, radica la explicación de la circunstancia que arriba apuntábamos. Ante los riesgos supremos de la coyuntura histórica, suele más de uno perder la cabeza y olvidarse de salvar –siquiera sea eso demagógicamente- las apariencias. De ahí que muchas, muchísimas veces –tantas, que el hecho es sintomático- la pobre oratoria occidental del momento ya ni siquiera se acuerda de mencionar al hombre, al menos como pretexto justificativo de sus posiciones.

No se acuerda más que de agitar el señuelo ineficaz de una palabra, de una abstracción: democracia. El hombre, su viva y dramática realidad superior que no debe frustrarse eso… no importa.

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