El Paraíso Frustrado

Identificador: DM-449.
Publicación original: Novedades, 22 de julio de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: progreso técnico, materialismo, humanismo, crisis moderna, dignidad humana, religión.
Ilustración en blanco y negro de El Paraíso Frustrado, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hay algo que de manera desleída y tácita cuando menos, pero funestamente operante, ha estado viviendo en el espíritu del mundo que se obstinó en llamarse “moderno”. Empieza a mostrar anchas resquebrajaduras ante el embate de abruptas realidades, pero aún trata de aferrarse a sus posiciones y a su pueril esperanza. Se trata del supersticioso mesianismo según el cual hay que estar seguros del advenimiento más o menos próximo de una etapa histórica en que el milagroso poderío de la técnica, aunado a las virtudes meramente naturales del hombre, será suficiente para asegurarnos una existencia en que se colmarían todas nuestras posibilidades de dicha.

A veces, esa superstición hace expresa su irreligiosidad, su pretensión de erigir al hombre en razón, fin y medida de sí mismo y de sus actos.

De hecho, hace ya largo rato que se está realizando el experimento de lograr una bienaventuranza terrenal fincada en las solas potencialidades naturales del hombre. Se viene haciendo, por lo menos, desde el punto mismo en que la Revolución francesa inciensa y adora a la diosa Razón personificada –por un intuitivo, tenebroso acierto- en una mujerzuela. Y este experimento continúa, sin diferencias substantivas, a uno y otro lado de la Cortina de Hierro. Ateísmo descarado rige a la “civilización” soviética. Ateísmo hipócrita, pero igualmente militante, se sobrepone a los restos de cristiandad de Occidente, y le da a éste su actual anémica coloración laica, no obstante ciertas menciones oficiales del nombre de Dios que son casi siempre demagogia oportunista y no invocación de Algo que se juzgue verdadero, vivo y a la vez vitalizador.

Pío XII lo ha señalado con exactitud: hoy día, “la gran miseria del orden social estriba en que ese orden no es profundamente cristiano NI REALMENTE HUMANO, sino únicamente técnico y económico”.

Pero a medida que avanzó su proceso, los resultados de este experimento fueron quedando cada vez más a la vista. ¿Para qué dar ahora argumentos contra la supuesta edad de oro laica, si los hechos han hablado y siguen hablando por sí solos?

Para nadie es al presente un secreto que el hombre llamado moderno –con todo el ingenuo sabor definitivo que se quiso dar a la palabra-, hombre que pretendió atenerse a sus solas fuerzas, que quiso prescindir de todo aliento religioso, se ha ido despeñando en el abismo de infelicidad, de angustiada incertidumbre que signa a nuestros tiempos. Abismo real, de objetivos vislumbres apocalípticos, de cuya tremenda realidad no son sino débil reflejo, balbuceo que no alcanza a expresar toda su siniestra medida, determinadas manifestaciones degenerescentes del arte o de la literatura contemporáneos. Todo el portento de la técnica –cada vez más asombroso y en sí mismo admirable- por cierto que no ha podido convertirse al hombre en aquello que se nos profetizaba: un ser semijupiterino que, al apretar en su diestra la inmensurable energía de la naturaleza, convertiría al planeta en un verdadero paraíso terrenal para uso de individuos numéricamente controlados y eugenésicamente seleccionados.

Por el contrario -¿quién osaría negarlo de buena fe?- se volvieron más lancinantes y extremas las miserias físicas y psicológicas de la especie; más pavorosa y desoladora su indigencia moral; más irritantes e injustas las desigualdades sociales, precisamente ahí donde ha sido más aguda la superstición mesiánica de la edad de oro laica o francamente atea: ahí donde más ha privado ese vago pero siempre irreligioso sentido naturalista del progreso, según el cual “en el mundo moderno los hombres siempre están levantando sus cabezas y marchando hacia el futuro, aunque no tengan la menor idea de lo que creen que es o podría significar el futuro”.

La verdad, la descarnada y humillante verdad que abate nuestra soberbia de Prometeos sin grandeza, es que “el único futuro hacia el cual parece que caminamos está preñado de mayores y más terribles guerras, guerras bien planeadas para hacer saltar nuestras enhiestas cabezas”.

La gravedad misma de los síntomas ha dado lugar en los años más recientes a corrientes rectificadoras cada vez más poderosas y más lúcidas. El antropocentrismo desorbitado llevó por notable paradoja a la acentuada deshumanización de muchas formas económicas y sociales. El primer paso rectificador ha sido el intento de volver a humanizarlas simplemente para darles sentido y justificación. Esto, en sí mismo, es algo objetivamente esperanzador en sumo grado. Pero también son ya poderosas las impulsiones orientadas a un humanismo más pleno y más objetivo aún por ser más perspicazmente espiritualista al fincar la restauración de la vida individual y de la convivencia no sólo en los datos meramente naturales al hombre sino en la inmarcesible fecundidad de los valores religiosos.

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