El Pacto de Manila y la Diplomacia Norteamericana

Identificador: DM-318.
Publicación original: Novedades, 13 de septiembre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Pacto de Manila, Asia, anticomunismo, Estados Unidos y diplomacia.
El Pacto de Manila y la Diplomacia Norteamericana

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Simultáneamente a las duras acciones de guerra trabadas entre chinos comunistas y nacionalistas, en la relativa cercanía que es Manila, se ha firmado el pacto defensivo del Asia Sudoriental, el que, aun sin ese nombre, tiene una sabida intención anticomunista.

De los ocho firmantes del pacto, los Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Australia y Nueva Zelandia son étnica y culturalmente occidentales. Dos son rigurosamente orientales: Tailandia –el antiguo Siam- y Pakistán. Entre unos y otros, como puente de entendimiento, está el hermano país filipino, culturalmente occidental y oriental en lo étnico.

Es de notarse que expresa muy bien la situación en aquellas latitudes el hecho de que han sido excluídos de este tratado de defensa de Asia sudoriental y del Pacífico sudoccidental, así la Corea del Sur como el reducto nacionalista chino de Formosa y el Imperio Japonés. Los Estados indochinos, aunque no aparecen como signatarios en virtud de los términos del tratado ginebrino, son considerados, sin embargo, como beneficiarios de las estipulaciones económicas y militares convenidas en Manila. No han siquiera participado en las deliberaciones Birmania, la India, Ceilán e Indochina, aunque ha quedado abierta la puerta para su posible adhesión al pacto.

Como, entre otras cosas, el compromiso de ayuda que éste significa ha quedado sujeto expresamente a los trámites constitucionales internos de cada uno de los firmantes en cada coyuntura concreta, hay que pensar hasta qué punto tendrá eficacia práctica el bloque político así formado. Es de creerse que la respuesta estriba en el reconocimiento de la importancia de un factor psicológico y diplomático.

En efecto, si los acontecimientos dan tiempo para ello, cabe esperar que, en vista de anteriores fracasos, la conducta norteamericana asuma en Oriente en lo general, y específicamente al través de la organización que acaba de nacer, una actitud de sagaz comprensión de los legítimos intereses de diverso orden de los pueblos asiáticos, y de sus explicables suspicacias antioccidentales que se alimentan de motivos que tienen que ver con el hecho colonialista y con las diferencias de cultura. Pensamos que esa sería la única manera de balancear el formidable peso significado por la China comunista que en Ginebra ha demostrado ser, en lo internacional, un poder político de primera magnitud, y cuya fuerza centrípeta en ciertos aspectos y dentro de su propio continente no se puede menos que admitir que va en crescendo.

Porque no basta para ir sorteando el oleaje de este lapso decisivo el poderío político y militar. Es preciso que los Estados Unidos rectifiquen a fondo muchos aspectos de su acción diplomática en los que ésta ha fallado por falta de oportunidad, por falta de realismo y por sobra de cierta arrogante incomprensión. La diplomacia norteamericana, por ejemplo, no debe ceder a la tentación de catequizar con impertinencia en achaques de democracia al régimen autocrático más o menos paternalista que de antiguo está vigente en Tailandia. Debe evitar también ciertos sabidos énfasis propagandísticos sobre las excelencias del patrón yanqui de vida tecnificada. Ha de dar a entender que acepta de veras, y no sólo en la expresión protocolaria, la posibilidad de que otros sistemas de organización social y política y otros conceptos de la vida sean tan valederos y estimables al menos como el norteamericano. De otro modo, no logrará evitar que el Asia que aún queda libre del dominio rojo, la India en primer término, encauce su hirviente despertar –uno de los colosales fenómenos de este tiempo- por derroteros que excluyan una colaboración con los occidentales para la común y necesaria salvaguardia respecto del comunismo.

En otras palabras, es preciso que Norteamérica deje de dar la impresión de que se siente amo o aspirante a amo de los destinos mundiales. De que, detrás de cada una de sus jugadas en el ajedrez político, alienta un imperialismo material y espiritual a un tiempo, y que no hace cuenta de intereses históricos válidos ni de idiosincrasias nacionales que, para la mentalidad estadounidense, podrán ser muy controvertibles, pero que en el orden real y de la convivencia han de estimarse como profundamente respetables. Si se ha de hablar con franqueza, un mucho o un poco, según la intensidad de relaciones vitales que con ellos se haya mantenido, este es el principal pleito, ya expreso, ya tácito o subyacente, que todo el mundo tiene con los Estados Unidos. Lo mismo en América que en Europa o en Asia.

Una coyuntura trascendente queda, pues, por delante, a los directores del pueblo norteamericano. Y la verdad es que su aprovechamiento dependerá, en última instancia, de que, detrás de una diplomacia más perspicaz que la hasta hoy empleada, no trate de esconderse eso que tanto se teme: un designio –en pugna con, pero paralelo a análogo designio soviético- de dominación del orbe al través de una subordinación política y económica, y de una también inaceptable despersonalización del espíritu de los pueblos para provecho de quien vendría a ser la efectiva metrópoli del planeta, aunque ello se disfrazase tras la máscara de una determinada organización política supranacional, en este caso de signo liberal democrático.

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