El Municipio, Talismán de Juventud

Identificador: DM-424.
Publicación original: Novedades, 8 de octubre de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Municipio, autonomía municipal, ciudadanía, democracia, gobierno local, México.
Ilustración en blanco y negro de El Municipio, Talismán de Juventud, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Si la tónica de la vida social la da, por influjo inescapable, esa agrupación primaria, esa célula de la sociedad que es la familia, cuya vitalidad o anemia, virtudes o defectos tienen forzoso y decisivo reflejo en el carácter nacional; puede decirse que, a su vez, la tónica de la vida pública es dada, fundamentalmente, por el Municipio: realidad sociológica que viene a ser un límite y a la vez un puente natural entre la Nación y la vida doméstica.

En efecto: la esencia del Municipio estriba en ser éste un ayuntamiento, un ajuntamiento o agrupamiento de familias, sin naturaleza política. Pero, por otra parte, el Municipio, y su estatuto y gobierno, cuando no son objeto y coyuntura de medro privado, sino escueta promoción y defensa de intereses comunales, hacen verdadera la sentencia que declara ser la vida municipal una positiva universidad de la ciudadanía: aula nobilísima y venerable, ideal para el aprendizaje de una democracia más genuina por lo mismo que es más directa, más compacta y circunscrita a realidades obvias por inmediatas y cotidianas.

O sea, la vida municipal brinda –o debería brindar- la ocasión para el primer ejercicio de aquellas virtudes que trascienden el ámbito hogareño, y que por ello bien se designan con el calificativo de públicas. Y es una oportunidad que se da por igual así a los que gobiernan como a los que son gobernados. Para adiestrarse, aquellos, en el mando, y para habituarse, éstos, no sólo al cumplimiento de los mandatos justos sino asimismo a la intervención varia y constante que en la gestión de la Comuna exigen al pueblo tanto la mejor tradición como las más modernas prácticas del municipalismo. Resulta, por eso, idónea escuela para penetrar –y no olvidar jamás- la verdad de que la vida social, así en sus formas más breves y sencillas como en sus expresiones más vastas y complejas, es un quehacer positivamente común: de los de arriba y de los de abajo, y no sólo encargo –o peor aún: botín- de los que tienen los puestos de mando.

Esta lúcida convicción, y aquella diaria y pulcra vivencia local de una ciudadanía que manda y de otra ciudadanía que obedece, así, pero que también lo mismo colabora a las ordenanzas justas que resiste las disposiciones irracionales o atentatorias; ello, decimos, sería entonces más fácil y hasta espontáneo que se proyectase al plano de las perspectivas, de las prácticas así regionales como nacionales.

Pero hay más aún. Si el Municipio no tiene de suyo naturaleza política, sí asume siempre, en cambio, indirectas relaciones con lo político. Y dentro de un sistema sensato podría tener además, no como un hábito –según nuestra viciosa práctica vigente- pero si de manera ocasional, algunas relaciones directas con determinados aspectos de la política regional o nacional. Resulta ocioso ponderar la inyección, el ineludible contagio de limpieza que para ambas políticas podría en tales casos significar la intervención de organismos municipales hechos ya a una atmósfera de honradez y eficacia administrativas, de efectividad del control de las gestiones públicas por parte de los electores.

Y hasta si bien se miran las cosas, bastaría incluso que en México llegara a ser una realidad la autonomía y la pulcritud del Municipio, para que eso sólo produjera un poderoso y espontáneo efecto purificador en todos los aspectos y categorías de lo específicamente político, que es aquello que dice relación al Estado. Saneado el ambiente público en la esfera municipal, a todo lo largo y lo ancho del país, sería extraordinariamente difícil, casi imposible, que subsistiera la impureza, la ineficacia, la irresponsabilidad en lo que atañe a los supremos intereses nacionales.

Porque en esa hipótesis, el Municipio, la ingente y viva y vigorosa red de comunas de veras autónomas que constituirían el nervio sociológico de la Patria, serían ya no sólo escuela, universidad, sino también espejo impoluto de ciudadanía con el que vendría a contrastar cualquier desviación, cualquier corrupción de lo político en términos que resultarían rigurosamente intolerables. De inmediato se haría sentir –con la vivacidad de los movimientos reflejos en un organismo sano- la gigante repulsa de todo el ser nacional. Afinada la sensibilidad colectiva por la costumbre de no permitir alcaldadas en el ámbito local, se le harían aún más insoportables cualesquier alcaldadas del género grande, de esas que en alguna manera vulnerasen los fueros de la gran familia mexicana, la que, en resumidas cuentas, substancialmente, antes que otra cosa es una gran familia de municipios.

He aquí un talismán de perenne juventud para México. Porque cierto empeño generoso y urgente es el de purificar nuestra política regional y nacional. Pero, si no previa, sí debe serle paralela, simultánea, la empresa de purificación del Municipio, de la comunidad que nos es más próxima e inmediata, de la que requiere nuestros cuidados jardineros con tanta mayor solicitud cuanto más cercano y directo y de todos los instantes es para nosotros su signo de servicio, de tutela material y moral.

Autarquía viva –no sólo escrita en el artículo 115 de la Constitución-, limpieza y eficiencia municipales. He aquí una ingente y premiosa consigna para los que quieren una vida pública mexicana de positiva y fecunda madurez.

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