El Momento Comunista
Publicación original: Novedades, 11 de junio de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: comunismo, Unión Soviética, Tito, Kremlin, estalinismo, Guerra Fría, coexistencia pacífica, amenaza atómica.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La visita del Mariscal Tito a Moscú es otro episodio espectacular de eso que ahora solicita a cada paso el comento, que se ha dado en considerar como crisis interna del comunismo y que más bien debe verse sólo como un importante reacomodo y una revisión de personajes, tendencias, fuerzas y estrategias dentro del mundo soviético. Por cierto que de los nuevos lineamientos aparentes de ese mundo bien puede gloriarse Tito de ser precursor muy ostensible. Eso es bastante claro por lo que se refiere a la crítica de la dictadura unipersonal y por lo que atañe a la hoy tan traída y llevada fórmula de la “coexistencia”, que, junto con el énfasis sobre la independencia yugoslava respecto del Kremlin, fueron estribillos torales del lenguaje de Belgrado a raíz de su segregación del Cominform.
Es de subrayarse que, fuera de la cortina de hierro pero siempre dentro de las filas comunistas, ha habido también manifestaciones notables del aludido fenómeno de revisión y reacomodo, como la del connotado líder francés Hervé, que en un volumen titulado La Revolución y los Fetiches publicado antes de la arremetida antistaliniana de Kruschev, se lanza también contra el concepto de la jefatura infalible y del partido infalible. Como obvio corolario, Hervé pone el énfasis sobre la importancia de la posibilidad de autocrítica dentro del comunismo, así como sobre la irracionalidad de fulminar a la ligera excomuniones irreparables contra los militantes de los cuadros revolucionarios. También coincide notoriamente con ciertas aseveraciones de los nuevos jerarcas del Kremlin en el sentido de que es posible ganar la partida histórica al capitalismo por medios pacíficos. Por notable coincidencia, la expulsión de Hervé del seno del partido comunista francés a resultas de este libro fue anunciada el mismo día de la inauguración del XX Congreso del Partido en la sede internacional del bolchevismo. No será remoto que esa excomunión llegue a ser revocada en vista de los nuevos vientos que corren en el mundo de la hoz y el martillo.
Ante este sesgo de la trayectoria comunista, las preguntas de fondo consisten, por ejemplo, en inquirir en qué medida son auténticos los aspectos visibles de este proceso. Si se trata de una, aunque vergonzante, positiva reacción de los más íntimos substratos de la naturaleza humana contra aspectos tan consubstanciales a la ortodoxia marxleninista como son el autoritarismo desmedido y la pesadilla sin tregua de las “purgas” sangrientas; o si es que se trata solamente de un pacto tácito dentro del comunismo mundial ante el hecho de no haber a la vista un sujeto capaz de recoger la herencia de poder omnímodo dejada vacante por la muerte de Stalin. Quizá lo más probable es que haya algo de ambas cosas, y que estos dos factores busquen recíproco apoyo para justificar las nuevas actitudes y para encontrar un cauce por el que orientar eficazmente, con arreglo a las circunstancias presentes, la dinámica de la revolución mundial.
Pero más inquietante es la pregunta de saber hasta qué punto funciona en realidad en el ánimo de los actuales dirigentes del poderío ruso el temor atómico. ¿Puede el mundo estar seguro de que se conforman con tratar de ganar la partida a las potencias capitalistas al través del sistema de la coexistencia pacífica, mediante la mera intensificación de la propaganda internacional del ideario marxista, aunada a las experimentadas actividades electorales de los partidos comunistas en el resto del mundo, a la persistente infiltración de sus miembros en puestos estratégicos, y con la ayuda de la nueva táctica de ofensiva económica a la que parece dar el Kremlin tanta importancia?
Dicho de otro modo: ¿es verosímil que los principales definidores actuales de la ortodoxia marxleninista abjuren sinceramente del básico postulado de esa ortodoxia en el sentido de que el triunfo final del comunismo supone necesariamente el empleo de la violencia? ¿O hasta qué punto sólo estarán tratando de ganar tiempo en la esperanza de llegar a encontrarse en posibilidad de descargar un golpe atómico por sorpresa sin temor a un contragolpe inmediato que tuviere una pareja eficacia, relampagueante y aniquiladora?
Creemos que éste es el verdadero meollo del problema. El temor nos ha librado, hasta este momento, de la Gran Hecatombe. Pero el temor también suele ser mal consejero, y una secular experiencia habla muy claro de cómo, al influjo más inesperado, puede engendrar súbitos sobresaltos que desemboquen en reacciones “preventivas”, las que, en un caso como éste, serían irreparables.
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