El Mexicano, Homo Faber y Homo Sapiens

Identificador: DM-485.
Publicación original: Novedades, 14 de abril de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: ciencia pura, técnica, administración, industrialización, humanismo, México.
Ilustración de El Mexicano, Homo Faber y Homo Sapiens

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Los datos oficiales hablan a últimas fechas de un incremento muy visible de las patentes de invención concedidas, o en camino de serlo, a diversos inventores mexicanos. Por su referencia a las aplicaciones industriales, el síntoma no puede ser más halagador. Viene a ser otra confirmación objetiva de que nuestra idiosincrasia de ninguna manera está reñida con este tipo de posibilidades creadoras.
Ya lo era el solo hecho de la presente expansión de nuestra economía. Porque ha bastado la notoria estabilidad y el clima de confianza que en las relaciones de trabajo se han registrado en los últimos años, para que el espíritu de empresa de los mexicanos se hiciese patente. Han crecido los negocios que ya existían y los nuevos se han multiplicado asombrosamente. Y lo más revelador es que este crecimiento se ha canalizado con evidente preferencia por los derroteros de la industrialización.
Uno y otro hecho, nuestro espíritu de empresa y nuestro ingenio inventivo, hacen caer, así, por tierra, el mentiroso mito de nuestra haraganería. O el de nuestro supuesto espíritu estático y retardatario. O el de nuestra dizque vocación exclusiva para el arte y para las profesiones que se ha hecho costumbre llamar humanísticas. Al estímulo del auge industrial, nuestra inventiva práctica de fe de sí mismo en ese aumento de patentes concedidas a mexicanos por la secretaría de Economía. Somos, pues, más universales, más completos en nuestra gama de aptitudes, de lo que nosotros mismos tal vez hemos creído.
No es el mexicano solamente artista. Ni solamente “homo sapiens”. También sabe ser “homo faber”: técnico inventor, y hombre de empresa.
Pero cabe, a este propósito, hacer un par de consideraciones importantes.
Sea la primera que el desarrollo de nuestra economía –y por consiguiente, la solidez autonómica de nuestra posición nacional en lo futuro- está urgida por dos apremios. Uno, el florecimiento en nuestro medio, de la ciencia pura. Otro, la necesidad de cubrir lo más rápidamente posible nuestro actual déficit no sólo de técnicos, sino, particularmente, de administradores.
El problema, en efecto, de toda economía contemporánea se centra en esos tres tipos de hombre; el que realiza la investigación científica pura, el que, inventor o técnico, aplica en concreto los descubrimientos del anterior, y aquel que, administrador, sabe reducir a unidad operante los logros y pericias del descubridor, del inventor y del técnico con todo el complejo resto de habilidades humanas que la empresa moderna supone para la producción de determinados bienes o servicios.
Así, pues, polarizar nuestra inquietud hacia la sola carencia de técnicos suficientes –que ciertamente adolecemos-, no basta. País que no atiende oportunamente la preparación específica de sus administradores, tendrá que importarlos o que improvisarlos, lo cual, como es obvio, no constituye ninguna solución de fondo, antes puede agravar las cosas en un momento dado. País que no promueve su propia investigación científica pura –o “básica”, como dicen los norteamericanos-, irá siempre a la zaga, recogiendo sempiternamente los “ecos” de los descubrimientos extranjeros, es decir, comenzando siempre a andar caminos ya recorridos y previamente explotados por otros. Es un sui géneris, pero efectivo colonialismo el estar siempre dependiendo exclusivamente de los hallazgos científicos de los demás. No obstante la presente modestia de nuestros recursos, resulta indudable que tenemos que decidirnos alguna vez, y cuando antes mejor, a canalizar una importante fracción de ellos hacia la hasta hoy subestimada promoción de la ciencia pura.
A este respecto, es elocuente el clamoroso “mea culpa” que se ha escuchado, nada menos que en los Estados Unidos, por haber descuidado durante una década, o poco más, este renglón. Los “sputniks” rusos han tenido la virtud de terminar con lo que los norteamericanos juzgan ahora como imperdonable olvido, no obstante que el país vecino siempre mantuvo un índice elevado de actividad en materia de “basic research”. Sienten ahora que hubo cierta pereza o falta de visión al dedicarse, por decir así, a sólo multiplicar y perfeccionar las aplicaciones de los logros científicos ya conocidos en vez de dar siquiera pareja importancia al empeño de robar al cosmos nuevos secretos.
Ahora bien, he aquí nuestra segunda consideración sobre el tema, porque no estaría completo este comentario si no subrayáramos otro dato sumamente revelador y para nosotros singularmente importante:
En relación con todo lo antes dicho, en el vecino país del norte se empieza a juzgar ahora necesaria una revisión de la preparación académica. Y para muchos, en nuestro medio, será desconcertante enterarse de que en los Estados Unidos las opiniones más autorizadas hacen énfasis rotundo en que particularmente esos dos pilares del adelanto contemporáneo que son, por una parte, el investigador puro de las ciencias positivas, y por otra, el profesional de la administración, han de estar equiparados con una acentuada preparación humanística. Ninguno de estos dos tipos de hombres, se afirma, tendrá verdadera y sobresaliente competencia para manejarse en su campo de acción respectivo, si no adquiere la visión universalista, el recto sentido general del mundo, de la vida y de los hombres que sólo pueden dar las disciplinas humanísticas. Sin éstas, se agrega, decididamente no puede haber ni ciencia pura floreciente ni una administración –ejercida, antes que sobre las cosas, sobre los hombres- verdaderamente eficaz y operante.
Recordamos, a este respecto, lo que hace algunas semanas escuchamos a un connotado consultor norteamericano de empresas y director de una prestigiadísima Escuela de Administración de Negocios en su país: la de la Universidad de Georgetown. Palabra de más o de menos expresó lo siguiente:
“En mis años de estudiante, solía pensar que profesionalmente iba a ser para mí lo más inútil del mundo el esfuerzo hecho para pasar los exámenes de materias tales como la historia, la literatura y la psicología, o para sobrellevar con éxito las veintitantas horas semanales de filosofía incluidas en los programas escolares. Pero la vida se ha encargado de demostrarme la ligereza de mis juicios de estudiante al revelarme que lo que esas disciplinas me enseñaron ha sido algo de lo más “práctico” y lo que muchas veces he tenido precisamente que poner en juego para no fracasar lastimosamente en el ejercicio efectivo de mi profesión”.
Este cambio de criterio que empieza a observarse en el hombre que es tenido por más utilitario y “práctico”, el norteamericano, puede ayudar a persuadirnos de no perder la estima de esa médula humanística que ha sido siempre el nervio de nuestra tradición cultural. Porque ahora parece más claro que nunca que el secreto del éxito histórico para los pueblos estriba en saber equilibrar, sagazmente, la calidad de “homo faber” con el rango superior de “homo sapiens”.

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