El León y el Ratón

Identificador: DM-066.
Publicación original: Novedades, 2 de agosto de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Núremberg, Alemania, Japón, Aliados, Occidente, bolchevismo y posguerra.
Ilustración de El León y el Ratón

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Han coincidido -¿mera casualidad?-, en forma dramática, la terrible explosión de la enorme planta química de Ludwigshaven, y las sentencias dictadas en contra de trece dirigentes del consorcio I.G. Farben, dueño de aquélla. Estas sentencias consisten en variadas penas carcelarias, y provienen de un Tribunal Militar norteamericano.

Cuando en Nüremberg se condenó a muerte a los principales caudillos políticos y militares alemanes, y, sobre todo, cuando fueron aplicadas esas sentencias nos contamos entre quienes señalaron los vicios esenciales en aquel negocio: violación del principio de irretroactividad de las leyes, y violación del principio de la paridad de las soberanías nacionales. La violación de ambos postulados jurídicos continúa, a tres años de concluída la contienda en Europa. Y si, como parece, esta clase de consideraciones no se toman en cuenta en la dirección de la política internacional de nuestros días, de todas suertes habrá que subrayar el error práctico de obstinarse en la misma línea de conducta que pudo explicarse –nunca justificarse- a raíz del final de la guerra en Asia y en Europa.

Los aliados occidentales no pueden olvidar –sin culpable ceguera- cuál es el resultado de la política de venganza: el Tratado de Versalles llevó al mundo a la segunda conflagración general. Hogaño, la siembra de odio no puede dar –tarde o temprano- más que cosecha de odio. Desde nuestro rincón periodístico lo hemos dicho una y otra vez. Y ahora, como nunca, hay que recordarlo si es que hemos de ser realistas. Porque cada vez se perfila con mayor inminencia el cumplimiento del sombrío vaticinio de Streicher al subir al cadalso de Nüremberg: “¡Ya os las tendréis que ver con los bolcheviques!”… Y los bolcheviques –no hay que olvidarlo- se hallan presentes lo mismo en el continente asiático que en el europeo, en los que, respectivamente, el Japón y la Alemania vencidos siguen siendo realidades vivas.

“No hay enemigo pequeño…”, reza el proloquio. Teutones y japoneses, postrados y capitidisminuidos por la derrota, deben con todo tener motivos para desear la supremacía occidental y coadyuvar a ella, aunque no sea a título de otra cosa que de mal menor. Una prudencia política elemental, pues, exige amenguarles los rigores del vencimiento. La actitud general de los vencedores en uno y otro país y los actos concretos de su política en ambos deben seguir esta inspiración, sin menos cabo de las explicables medidas de seguridad militar que la desconfianza requiere; porque la contrapartida del proloquio a que nos hemos referido, también puede estimarse como cierta, con lo que válidamente se puede afirmar del mismo modo que no hay amigo pequeño. Habrá en consecuencia que buscar hasta donde sea posible la amistad de los pueblos alemán y japonés, así en las masas como en las clases directoras. No sea que cualquiera de los dos, en un momento dado, inesperadamente, pueda constituirse en uno de esos imponderables que en la historia de las guerras –aunque nos se les pueda, tal vez, palpar ni ver su influjo- deciden de hecho el desenlace en contra aun de todas las previsiones.

Los Estados Unidos, sobre todo por capitanear el bando occidental de una posible lucha, no pueden, no deben olvidar la profunda sabiduría que vive en la vieja fábula del león y el ratón.

No hay enemigo pequeño.

Tampoco hay amigo pequeño.

Es de desearse que los que tienen en sus manos la suerte de nuestra generación, cultiven un poquito la amistad de Esopo.

 


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