El Hijo del Trueno

Identificador: DM-311.
Publicación original: Novedades, 26 de julio de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Santiago Apóstol, Hispanidad, Reconquista, evangelización y heroísmo.
El Hijo del Trueno

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Santiago el Mayor –cuya fiesta acabamos de celebrar, el 25 de este mes- fue el tercero en la vocación apostólica; pero fue el primero de los Doce en la vocación al martirio. Patrón de las Españas, en las que sembró, el primero, la semilla de la fe, ha sido, desde hace once siglos, el capitán de esa fe impaciente y militar de la Estirpe que no sabe aguardar a la Historia, sino que se le anticipa en las grandes adivinaciones del porvenir, en la rápida elección de sendero en los momentos de encrucijada. Porque esa fe, para que se cumpla el desiderátum de la Historia, quiere adelantar en el reloj del Tiempo la hora en que el género humano, en plenitud, y sin excepciones, tenga presente, operativamente presente en la conciencia y en la vida, su destino de eternidad.

Su impaciencia ganóle la primacía en el martirio, dentro del Colegio de los Apóstoles. Y su inmolación fue signada por el filo de la espada decapitadora. Por eso la Cruz de su Orden –que ha venido a ser la Cruz de la Estirpe- asume las líneas de impaciencia de una espada: la Espada que desde la punta hasta la empuñadura se enrojece con la sangre de todos los apostolados que tal nombre merecen.

La Cruz de Santiago, el “hijo del trueno”, es, por antonomasia, la Cruz-Espada.

Es el emblema –entre todos, el mejor logrado- del alma de los pueblos hispánicos: mitad frailes, mitad soldados; robustecidos espíritu y músculos por la doble ascesis de la santidad y del heroísmo. Señor Santiago selló así nuestra geografía, múltiple y disímbola, con la marca unitaria de la casa misional -¡oh, convento queretano de la Cruz!- y del puesto militar.

Tal es la razón de que la nuestra sea una fe de misioneros y soldados, en que mutuamente se trasfunden lo guerrero y lo evangelizador. Por eso Cortés pone en su estandarte –vencedor del diabólico Huichilobos, destructor de la “checa” roja del gran teocali- la imagen de Aquella que la Iglesia proclama Reina de los Apóstoles y de quien la Escritura afirma ser terrible como un ejército puesto en orden de batalla, y cuya planta renueva, en el devenir histórico, el machacar de la cabeza de la Serpiente… Por eso, digamos –reiterando la evocación de una ciudad macizamente mexicana- el templo de San Francisco, en la misional Querétaro, luce en el frontispicio, en pétreo relieve, al Apóstol que en el día natal de la urbe cabalgó por los aires para manifestar su protección y capitanía a los indios cristianizados que en esa sazón batallaron para reducir a la cultura de Occidente a los indios, aún gentiles, de la comarca.

Y si Bernal Díaz nos declara que en los combates de la epopeya cortesiana no alcanzó a ver, con materiales ojos, la nívea cabalgadura y la espada de Santiago centelleando sobre los cielos de Anáhuac no obstante ello, lo sabía presente, batalladoramente presente como en los campos peninsulares que fueron testigos de la Reconquista. Y a él se encomendaba cuando –en las ásperas jornadas del sitio de México-, escuchando las siniestras señales que anunciaban la hora del sacrificio humano y de la antropofagia, daba al Huichilobos “a la maldición”.

Por eso el gran reformador espiritual y temporal de España que fue Jiménez de Cisneros supo encarnar a maravilla el perfil del Apóstol. Y en el trance memorable de la conquista de Orán pudo ser llevada al lienzo de esta guisa: a caballo; hiriendo las púas del acicate los bordes del sayal franciscano que nunca dejó de traer pegado a las carnes; enjutas por la penitencia; sobrepuesta, la púrpura cardenalicia, de la que se revestía por razón de santa sumisión a mandato expreso del Papa; y sobre el atuendo del principado eclesiástico, muy bien ajustados, los atributos guerreros del casco y la armadura, así como en la mano diestra el acero, en ademán de cargar sobre la morisma…

¡Dijérase el propio Señor Santiago, redivivo en las austeridades penitenciales, en el principado de la Iglesia, y en la espléndida y definitiva actitud castrense!

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