El Gran Día Isabelino

Identificador: DM-374.
Publicación original: Novedades, 10 de octubre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Isabel la Católica, 12 de octubre, descubrimiento de América, pueblos indígenas, universalismo, cristianismo.
Ilustración de El Gran Día Isabelino

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El joyel histórico que es la fecha del 12 de octubre de 1492, lleva grabado, junto al nombre del Maestro Artífice, el primor de una sigla que declara el nombre del oficial que coadyuvó al designio providente que informa la obra maestra del descubrimiento y civilización de América.

Esa letra inicia un nombre de mujer, y le hace dosel una corona que corresponde a una doble heráldica, porque en la diadema de Isabel la Católica esplenden gemas del terrestre principado de Castilla, y hay, también, fulgores del celeste Principado de Dios. Dios mismo es el Maestro Artífice que trabaja las obras de la Historia en su taller de orfebrería del Tiempo. Isabel, la oficiala que, en este caso, intuye la grandeza del arquetipo concebido en la Mente del Maestro y que colabora a su realización disponiendo, con sabiduría, el fuego, las piedras y metales preciosos, y la herramienta idónea. En cierta manera, Colón es apenas el aprendiz que da los golpes con que se comienza a moldear los materiales –tierra y hombres– que habrán de ser heroicamente trabajados por los filos de la Espada y signados redentoramente por los brazos de la Cruz. Más tarde, en pos de la Reina “de ojos de paloma”, vendrán nuevos y múltiples oficiales de Dios –con la misma oficialía guerrera y religiosa–; pero no harán, fundamentalmente, otra cosa que seguir la médula de la consigna que en forma tan cumplida se expresa en el testamento isabelino: “Item, por quanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las Islas e Tierra Firme del Mar Océano… nuestra principal intención… fue de procurar inducir a traer los pueblos dellas a los convertir a nuestra Sancta Fe Cathólica… por ende suplico al Rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha Princesa mi fija e al dicho Príncipe su marido, que lo fagan… e no consientan ni den lugar que los indios vezinos e moradores de las dichas Indias e Tierra Firme… resciban agravio alguno en sus personas e bienes…”

De donde puede verse cuánta verdad dijo el poeta, de Isabel:

“Era su pensamiento mayor que su Corona.
Su decir era un franco decir de buen amigo”.

Y es que su decir se emparejaba con la alteza de su pensamiento. Era la palabra, pensada primero, pronunciada después, en que se contenía un anuncio y anticipo de aquella palabra pontificia que, menos de cincuenta años más tarde, iba a consagrar la humana calidad y prerrogativa de los indios americanos. Era la palabra en que se alimentaría el acento amoroso de Cortés para con los que su espada hazañosa había previamente liberado de la tiranía del Moctecuhzoma y de la antropofagia del Huichilobos. Era el decir en que ya se contenía el franco decir de buen amigo del virrey don Luis de Velasco, “padre de los indios”; el suave decir de Tata Vasco, Motolinía y Fray Margil.

De esta suerte, puede afirmarse que es en el pensamiento de Isabel donde empieza a definirse el universalismo de nuestra estirpe, ajeno a las soberbias del racismo discriminatorio; en el cual, el mismo concepto étnico viene a perder significado biológico para asumir, predominantemente, un contenido espiritual: la comunión en los mismos valores supremos y la vocación al mismo destino histórico. Porque en las carabelas colombinas o en los navíos cortesianos pueden embarcarse –en última instancia– hombres de todo clima y color. A nadie se niega la participación en la misma fecunda y ambiciosa aventura de defender y extender a todos los rumbos del planeta el dulce señorío de Cristo, implícito en la vivencia de la cultura hispánica: flor de Occidente, capitanía de cristiandad, “martillo de herejes, luz de Trento y espada de Roma”. Basta que haga suyo el espíritu que anima, de idéntica manera, a la Teología hecha silogismo de acero que rinde a la plaza de Breda o derrumba al ídolo del gran teocali tenochca, y al acero hecho silogismo teológico que centellea en las fórmulas tridentinas de Laínez o en el adoctrinar y bautizar de fray Pedro de Gante.

Y ha sido, puntualmente, Isabel de Castilla, quien ha dejado abierta de una vez por todas la anchurosa entrada para que todo espíritu alentado por una bondad fundamental y un generoso denuedo pueda tomar posesión y disfrute de los dones benditos de nuestra paradójica estirpe sin raza ni racismo:

“¡Tan mujer y tan Reina! ¡Tan exacto y seguro
su ademán, y su gesto tan lleno de ilusión!”

Porque si en los ojos de enamorada tenía “nostalgia de flores” aragonesas, lucía, en cambio, maternal.

“En las cejas, los arcos de un Imperio futuro”.

Un imperio en que no habrá ni griego ni escita, ni judío ni romano, porque todos han de ser una sola cosa en Cristo.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.