El Gran Carnaval

Identificador: DM-341.
Publicación original: Novedades, 28 de febrero de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: carnaval, moda, indumentaria, historia, Vázquez de Mella, costumbres.
Procesión de indumentarias históricas de distintas épocas

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Los recién pasados días carnavalescos, por la evocación de los disfraces consabidos, nos han recordado la aguda sentencia de Gabriel Tarde de que siempre todas y cada una de las modas empiezan por dentro y no por fuera. Y en efecto, la moda tiene su origen en fuerzas permanentes que militan dentro del espíritu y que suscitan a lo largo de los tiempos la infinita variedad de indumentos de que el hombre ha echado mano para cubrirse y exornarse. Entre los incontables comentarios y discusiones motivados precisamente por esa tan notable variedad, vale la pena subrayar una larga pero substanciosa cita del ilustre Vázquez de Mella:

“Cuando empecé a pensar en la moda, y recordaba desde el tocado egipcio, la túnica griega y romana, hasta las amplias vestiduras de la Edad Media, y las multicolores del Renacimiento, y llegaba a la Revolución, al Directorio, al Imperio y la Restauración francesas, y recordaba aquellas modas que llegaron hasta los trajes de gasa llamados cristianos, y después recordaba el lujo extraño del período romántico, en nuestros abuelos, y el de la generación pasada y la actual, puedo deciros que me sonreía pensando en el miriñaque, en la larga cola, en el polisón y en las faldas abiertas, y en las cortas y en las cortísimas”.

“Deducía yo de todo este desfile que un hecho universal como la moda debía tener alguna causa universal; y ya en la movilidad, en la vanidad y en el deseo de novedades que produce, en el afán de agradar, la aspiración al buen tono y el miedo al ridículo, y en las leyes de la imitación, encontré la raíz de este hecho universal”.

“Cuando quise evocar a un tiempo todo lo que mi memoria recordaba de los libros de historia y de bellas artes que había leído, me parecía el mundo un gran carnaval, porque si se pudiera encontrar reunidos y vestidos todos los trajes, todas las indumentarias de los siglos, no habría indudablemente carnaval comparable al del linaje humano. Y… observaba que unos siglos se reían de otros, unas épocas de otras, y que, por ejemplo, si con una falda de las actuales apareciese una de nuestras jóvenes ante nuestras graves abuelas, el diálogo sería mucho más vivo que el de cierta dolora campoamoriana; y si un hombre apareciese ahora en la calle con una casaca de tiempos de Carlos IV, indudablemente parecería un fugitivo de alguna ópera…” Y sigue el gran tributo recordando a este propósito que si a la moda es aplicable aquello de que “sobre gustos no hay nada escrito”, también y con mayor razón lo será el adagio de que “hay gustos que merecen palos”.

Esto último es muy cierto y justifica el que podamos calificar laudatoria o peyorativamente a las épocas históricas, juzgándolas por sus vestimentas. Al contrastar las de unas y otras, en efecto, bastan unos momentos de atención sostenida para adivinar el espíritu propio de cada una, sus cualidades y defectos.

De esta suerte, aun cuando el lujo hubo de ganar señorío, merced al incremento del comercio y de la industria de telas finas y a las más estrechas relaciones con el Oriente que las Cruzadas suscitaron, podemos decir que, en su gran conjunto, casi todo el atuendo medioeval de hombres y mujeres ofrece una reminiscencia más o menos acentuada del carácter a la vez religioso y guerrero que tan enérgicamente distingue a la Edad “enorme y delicada”. Nada más lejano, en cambio, de esos dos atributos, que los vestidos de una Europa tan antipática como la del siglo VIII: rezuman pedantería amaneramiento, frivolidad. Recargados hasta un exceso patológico, dicen liviandad en las mujeres y ridículo afeminamiento en los hombres.

Si la indumentaria es una preciosa ciencia auxiliar de la Historia, de contrastes como el anterior podemos inferirlo. Y así por el solo talante que nos muestra el atavío, de un golpe de vista se entiende cuán tremendamente distantes en lo espiritual pudieron hallarse un Luis IX y un Luis XV de Francia. O una Isabel la Católica –pura esencia medieval española durante la transición al Renacimiento- y una María Luisa dieciochesca.

Entre uno y otro Luis, hay la distancia que media entre un santo, varonil guerrero, que aunó en sí el ascetismo religioso y bélico, y el monarca crapuloso y muelle, hediondo –prácticamente- de la incredulidad de su siglo, incapaz de la generosidad que exigen las grandes empresas, prototipo del egoísmo irreligioso al que no importa que caiga el diluvio si ello ha de ser “après moi”. Entre Isabel y María Luisa –sí, la de Carlos IV-, la sideral lejanía que va entre la mujer que lucha por la ejemplaridad del propio hogar y el de cada uno de los hogares de sus reinos, y la mujer que enloda el propio honor y el dinástico en devaneos con el favorito del Trono.

De donde se concluye que si el hábito no hace al monje, ello no empece el que sí nos hable elocuentemente del espíritu de los monjes. El vestido, la moda, en cada época, nos habla del alma de ella. La de nuestro tiempo, cada vez de una uniformidad más monótona, habla por cierto del gregarismo internacionalista que con fuerza creciente oprime a los humanos.

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