El Gran Ausente del Cine

Identificador: DM-382.
Publicación original: Novedades, 5 de diciembre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: cine, ateísmo práctico, Pío XII, teísmo cristiano, cultura de masas, moral.
Ilustración de El Gran Ausente del Cine

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Alguna vez nos referimos a una incidental pero importantísima alusión pontificia sobre el morbo ateístico del cinematógrafo. Urge subrayar que el contenido de esa certera alusión sigue siendo rigurosamente vigente. En relación con el creciente ateísmo práctico que puede advertirse en muchos países cristianos, Pío XII desenmascaraba esa moderna táctica, signada por la más sutil hipocresía que consiste en no atacar de modo expreso a Dios, sino sencillamente, en ignorarlo. Y lo cierto es que en el empleo de tal farisaico sistema de ateización de los pueblos puede decirse que las películas se han llevado hasta ahora la palma.

Es posible incluso hacer énfasis en que es revelador de la sagacidad del método el hecho de que tienen papel relevante que desempeñar en la promoción y defensa de los más altos valores de nuestra cultura: los valores morales, cuya única base positiva, lógica y práctica –recordémoslo de paso– es puntualmente el reconocimiento de Dios.

En efecto, nunca se oye hablar del virus ateístico del cine, como no sea en los púlpitos, y ello, tal vez, no con la frecuencia y precisión que serían necesarias dada la subversora peligrosidad del mal de que se trata. No recordamos, verbi gratia, que haya llegado a nuestras manos algún comentario periodístico que de manera específica se haya referido a esta lacra permanente del ateísmo tácito de casi toda la producción cinematográfica. Y un minuto de reflexión basta para caer en la cuenta de que semejante lacra general y constante del cine –casi no cuenta el pequeñísimo número de películas libres de ese vicio congénito– es mucho más grave, a la larga, por sus efectos de fondo en la psicología colectiva, que esa otra inmoralidad sobrado flagrante que, en dosis mayor o menor –cada vez “más mayor que menor”–, tiene múltiples y holgados vertederos en la casi totalidad de las realizaciones “fílmicas”. Ello resulta lógico, porque la suprema inmoralidad estriba en dar por ignorado lo que constituye el cimiento mismo de la moralidad, que es Dios.

El cine, cuyo poder de sugestión es tremendo y suele manifestarse como avasallador por lo que a las masas se refiere, a lo largo de las décadas que tiene ya de progresivo y hoy indisputado predominio entre los espectáculos públicos, ha ido depositando en la psicología popular, mediante un trabajo lento pero jamás interrumpido, los sedimentos de su implícito ateísmo. Los “héroes” de la pantalla –con una insistencia que no puede ser, en su mayor porcentaje, sino fruto del cálculo deliberado– se mueven dentro de argumentos y circunstancias en cuyo fondo nunca deja de notar un observador que no sea superficial la ausencia del más elemental sentido religioso de la vida. Así, por ejemplo, todos los problemas, trascendentes o triviales, que suelen plantearse en las películas se resuelven en ellas siempre por obra del solo factor del esfuerzo y del ingenio humanos; por la concatenación, ya casual, ya fortuita, de circunstancias en las que no aparece por ningún lado algo que insinúe siquiera a esa formidable y militante realidad de la vida que se llama Providencia, o, en el mejor de los casos, los “happy endings” vienen a ser el fruto o el premio de meras virtudes naturales, sin ningún matiz de religiosidad. Tácitamente, y sin remedio, Dios está siempre ausente.

¿Quiere esto decir que todo lo que en la pantalla se exhiba ha de tener el sabor de un sermón de cuaresma, de una lección de Historia Sagrada o de un relato hagiográfico?

Preguntarse esto es, desde luego, salirse de la cuestión. Claro que si hace falta –no sobra el decirlo– un estimable porcentaje de obras cinematográficas sobre semejantes temas y a la altura de la dignidad de ellos. Nada, por otra parte, sería más natural tratándose de algo que directamente para públicos de países que se suponen cristianos se elabora. Pero el problema básico no es éste.

Porque no se trata, entiéndase bien, de propugnar que toda película debe tener un carácter específicamente religioso. Ni siquiera que los elementos de esa misma índole deban ser en el cine, siempre y en todo caso, expresos. Pero lo que sí resulta incontrovertible es que las cosas deberían ser aquí exactamente al revés de cómo hasta la fecha suceden. O sea, que la producción cinematográfica debería estar embebida de un tácito TEÍSMO CRISTIANO. Para ello no es incluso menester que se mencione el nombre de Dios con todas sus letras a cada instante. Basta con que a Dios mismo sí se le sobreentienda presente –con presencia interventora y dinámica– en la atmósfera, en el tono, en el trasfondo vital de los argumentos. Sólo de esta suerte los millones de espectadores de cinematógrafo de todo el mundo occidental dejarían de seguir siendo víctimas más o menos inconscientes de ese atraco sostenido que hasta ahora se viene consumando contra lo mejor y más trascendente de su occidentalidad y que de ello es pivote: el sentido religioso cristiano de la vida.

Necesarísimo es insistir una y otra vez en este problema, porque las muchedumbres no suelen ir a donde se les habla de Dios con la misma frecuencia con que acuden a las salas cinematográficas, en las que casi siempre –subrayemos las palabras del Pontífice– “LA PROPAGANDA PARA UNA VIDA TERRENAL SIN DIOS ES ABIERTA, SEDUCTORA Y CONTINUA”. Porque ahí “CON FRECUENCIA NO SE NIEGA A DIOS, NO SE LE MALDICE” pero “SIMPLEMENTE SE LE CONSIDERA COMO AUSENTE”.

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