El Estiércol del Demonio
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: dinero, economía, moral, historia y fe.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Filósofos, moralistas, sociólogos y técnicos de la Economía han dicho, con razón, que el dinero tiene, fundamentalmente, un carácter “sirviente”. No obstante ello, desde los días ya antiguos de su nacimiento por ocurrencia atribuida al lidio Giges, se ha esforzado con creciente fortuna por erigirse, de instrumento que es, en una especie de fin; de siervo en señor. O mejor decir, ha querido hacer a todos los hombres siervos de quien lo posee.
La investigación moderna, en efecto, ha concluido que la aparición de la moneda, en la antigüedad, y el fenómeno de su acuñación, fueron causa “de que se estableciera con firmeza y de que se generalizara con rapidez UN NUEVO TIPO DE GOBIERNO PERSONAL, basado en el poder plutocrático de sus fundadores. Este gobierno se llamó “tiranía”, nombre que se supone lidio, pero que en todo caso entró a formar parte de la corriente del lenguaje político, asociado a la institución de los príncipes mercaderes”. Muchos siglos después, este proceso repítese durante el Renacimiento. Si los Médicis llegaron a tiranos de Florencia fue porque el desarrollo que lograron para el negocio bancario multiplicó mágicamente el poder de la moneda. Otros casos notorios han sido sagazmente observados: en Bolonia, el usurero Pepoli y los fabricantes de lana Bentivoglio; en Pisa, el comerciante Gambacorti; y en Lodi, un tal Giovanni Vignate, sujeto que puede corresponder a los modernos millonarios. Todos ellos alcanzaron, por el dinero, el sumo poder político.
Por lo que hace a nuestro tiempo, está muy lejos de ser un misterio que el ingente volumen del fenómeno financiero, paralelamente al gigantesco industrialismo, han venido a constituirlo –en términos desmesurados y modos infames- en el gran dominador del mundo contemporáneo, que influye decisivamente en los gobiernos, en las costumbres, en la mentalidad de las muchedumbres. Triste signo el de nuestros días, en los que, a pesar de todas las protestas del Espíritu, se ha trocado al dinero, que de suyo es, -como dice Messer- apenas, “el eslabón más remoto de todo valor intrínseco”, en el valor por antonomasia, al que todo se endereza y encamina, a quien todo y todos sirven.
Mucho más ahora que en los medievales tiempos del arcipreste de Hita, se cumple lo que ya entonces decía la satírica agudeza de sus alejandrinos:
“El dinero, del mundo es grand rrebolvedor,
Señor faze del siervo é siervo del señor,
Toda cosa del siglo se faze por su amor.
El dinero quebranta las cadenas dañosas,
Tyra cepos é grillos, presiones peligrosas;
Al que non da dineros, échale las esposas.
Faze perder al pobre su casa é su vyña;
Sus muebles é rayzes todo lo desalyña,
Por todo el mundo corre su serna é su tyña.
Faze correr el cojo é al mudo fablar,
El que non tiene manos, dineros quier’ tomar.
Sea un ome nescio e rudo labrador,
Los dineros le fazen hidalgo e sabidor.
El faze caballeros de necios aldeanos...
CUANTOS SON EN EL MUNDO LE BESAN HOY LAS MANOS”.
Ese dinero, al que “cuantos son en el mundo le besan hoy las manos”, sirvió a Judas para ponerle precio, según su propia miserable razón y medida, a lo que no es mensurable, al Valor infinito y sin medida de la Sangre de Dios. La odiosa absurdidad del hecho bastaría para justificar, por sí sola, la sobrecogedora intuición de Papini:
“Los dineros son los excrementos corruptibles del Demonio. El que pone su corazón en el dinero y lo recibe con afán, comulga visiblemente con el Demonio. Quien toca el dinero con voluptuosidad, toca, sin saberlo, el estiércol del demonio”.
10 de agosto de 1953
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