El Dogma Contra la Mediocridad

Identificador: DM-323.
Publicación original: Novedades, 18 de octubre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Inmaculada Concepción, autenticidad cristiana, oración, sacramentos y Fátima.
El Dogma Contra la Mediocridad

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El mundo católico ha ido celebrando en el curso de este año el centenario de una definición dogmática que, al subrayar el carácter original de la plenitud de gracia que se afirma de María en la Salutación Angélica, viene a ser un tácito pero elocuentísimo llamado a la autenticidad que debe informar a los cristianos.

La inefable hondura teológica de este dogma hace un siglo definido por la Cátedra de Roma, quiere, en realidad, sacudir –para dilatarla- la pobre dimensión vital de los cristianos cicateros, o de los azucarados y blandengues, o de los que tal vez acomodan la religiosidad a sus conveniencias terrenales. Lo cierto es que cualquier dogma católico debería ser un sacudimiento decisivo para aquellos cuya tibieza suele confundir la piedad con el pietismo, para quienes acostumbran en las relaciones sociales reclamar sólo para sí la justicia sin atender al derecho de los demás, para los que tienen por fácil cubrir con el manto de la prudencia cristiana o del respeto al principio de autoridad su cobardía para defender los derechos del catolicismo o para darle a éste plenitud social.

Lo que acabamos de decir es de sobra pertinente porque, ante la mediocridad religiosa de muchísimos cristianos, urge hacer énfasis en la intimación a la autenticidad que para todos nosotros contiene cualquier verdad de nuestra fe y la articulación de todas ellas en el soberano cuerpo de doctrina en que la Revelación se expresa.

Porque semejante mediocridad –incompatible con una consideración valerosa y sincera de los dogmas- explica mejor quizá que ninguna otra causa los signos históricos que han prevalecido en las últimas centurias. Y es ella la que está estorbando todavía el cambio de tales signos por otros que anuncien claramente una restauración del hombre alrededor de sus más o menos olvidados ejes fundamentales.

Entre múltiples aspectos que la expresan, esa mediocridad se manifiesta, verbi gratia, en la incongruencia suicida con que tantos olvidan en lo cotidiano esa enseñanza elemental de la catequesis católica y del más llano sentido común que insiste en la necesidad de la oración vivida y no sólo hablada, y en su tremenda eficacia sobre la vida individual y sobre la Historia. Y ese olvido suele ir de la mano con un increíble desconocimiento práctico de la significación y de la poderosa virtualidad sobrenatural de los sacramentos. Se establece así, de hecho, una positiva barrera a la vivificación de lo temporal por los mejores agentes de su elevación y depuración. Abandonado de esta suerte a sus solas posibilidades, no es extraño que el orden de lo meramente natural haya logrado cumplir su lógico ciclo de deshumanización de ingentes muchedumbres en los países de civilización cristiana. En cierta y considerable medida se ha vuelto a repetir la experiencia pagana, y se ha comprobado otra vez lo necesario de tal proceso decadente cuando entre los dos planos de la realidad total que son lo natural y lo sobrenatural las líneas de comunicación se ven interrumpidas.

Sin esa falta de vitalidad sobrenatural de muchísimos cristianos el laicismo socializado de nuestros tiempos no hubiera sido posible. Ni la cultura occidental habría perdido su intención universalista que, por generosamente misionera, habría evitado el actual fantasma de un Oriente acristiano y antioccidental, lleno de resentimientos por los agravios colonialistas. Ni la anemia del sentido religioso, al herir las bases espirituales del orden cristiano, que son la justicia y la caridad, habría puesto las condiciones para el nacimiento y para el desarrollo apocalíptico del comunismo.

Pero lo más grave es la persistencia en esa mediocridad, después de tan prolongada cuanto nefanda experiencia. Y ahora aparece como un síntoma muy característico de una intervención particular en el acaecer contemporáneo por parte de ese otro actor de la Historia que es Dios, el énfasis extraordinario de la faceta mariana sobre la religiosidad católica de nuestros días, y las también sobresalientemente marianas epifanías de lo milagroso en los últimos tiempos, entre las que tiene singularísima relevancia y significación el mensaje de las apariciones de Fátima. Pues bien, en todas ellas es notoria –y urge ponderarla hasta en sus últimas consecuencias prácticas- la intimación que se hace al mundo cristiano a la penitencia y al espíritu de oración.

Ello, en resumidas cuentas, equivale al llamado, maternal y patético, a la vuelta a la autenticidad diariamente vivida y en todos los órdenes –intimidad de la conciencia, ámbito familiar y profesional, esfera cívica y política inclusive- de las evangélicas bienaventuranzas que hace poco una pluma ilustre y certera hacía observar que fueron predicadas por Cristo no dentro de un claustro monástico, sino a la luz del sol y a un auditorio de las más obvias y ordinarias ocupaciones de índole temporal.

Esa plenitud de gracia y de cumplimiento de tales bienaventuranzas, esa fidelidad absoluta y viviente a Cristo que fue María desde su primer instante vital hasta el Calvario y hasta la dulce muerte, ha sido siempre para el cristiano el arquetipo radioso de la sobrenaturalización integral de sí propio (“Si en la cocina, entre los pucheros anda el Señor”, decía Santa Teresa, la mística andariega y trajinante). Pero para el cristiano que vive la presente angustia del tiempo, asume un lenguaje valerosamente penitencial y rectificador, y –sobre esa premisa- la certeza clara como el sol de una mediación soberana, objetiva, personal, viviente, de una “omnipotencia suplicante” que puede enderezar los caminos históricos y detener a la vez lo que hasta ayer nomás se tuvo por delirio de obscuras mitologías: el rayo fulminador de un mundo como nunca mentiroso e injusto, afrodisíaco y homicida por culpa, en gran parte, de la mediocridad de los cristianos.

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