El Día Misionero

Identificador: DM-371.
Publicación original: Novedades, 19 de septiembre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: misiones católicas, caridad, oración, Propaganda Fide, apostolado, cristianismo.
Ilustración de El Día Misionero

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Un amable y oportuno recordatorio –que mucho obliga nuestra gratitud– nos hace caer en la cuenta de que está cerca ya el 23 de octubre, fecha en que se celebrará este año el Día Mundial de las Misiones Católicas. El aviso ha tenido la virtud de conmovernos hasta la médula porque nos ha hecho presente, una vez más, la milagrosa, la irreductible caridad de la Iglesia, que no excluye de su corazón a ninguno de los hijos de los hombres. Pensamos en esa incansable y jamás desilusionada fuerza centrípeta que desde hace dos mil años viene atrayendo los espíritus; en su amorosa pertinacia, que, a simple vista y antes de cualquier análisis, es uno de los rasgos del catolicismo que para el observador neutral resultan más sorprendentes y reveladores de la presencia de algo diferente y superior en la historia de los movimientos espirituales… Nosotros sabemos que en la entraña de esa milenaria tenacidad late no otra cosa que el abismal pero suavísimo misterio de Cristo. El formidable y exultante misterio del amor por el cual Dios llama a Su propia y perfectísima felicidad a todas y cada una de sus creaturas racionales.

Pero en ese divino designio universalista de salvación se incluye un papel colaborador para los ya cristianos. Hay 25,000 misioneros dependientes de la Congregación de Propaganda Fide, número a todas luces insuficiente para atender a la grey católica de los países de misión y más insuficiente aún para la ingente empresa de atraer al Rebaño de Cristo a bastante más que la mitad del género humano que, fuera de ese rebaño, puebla el Asia, el África y la Oceanía. ¿Nos damos cuenta de que una pequeña cantidad puede bastar para costear la preparación de un nuevo misionero o para salvar la desesperada coyuntura económica de algún centro misional perdido en cualquier punto de una geografía patéticamente hostil?

Hacer directa y personalmente la siembra de la fe en las tierras de misión no está al alcance de todos. De hecho, esa es una epopeya estremecida de inconmensurables heroísmos cotidianos a la que dan cima específicos cuadros selectos de la Catolicidad. Pero, estrictamente hablando, la labor apostólica de proyección universal es tarea que incumbe moralmente a todo el vasto cuerpo de la cristiandad distribuido en el orbe. Sobre todo de aquellos de sus miembros que son beneficiarios de la redentora eficacia del Mensaje al través del disfrute de un legado de cristianismo secular que, pese a las imperfecciones y desvíos que en él ponga la humana flaqueza, representa por sí solo una dádiva evidentemente desproporcionada a cualquier merecimiento individual, porque significa –para los fines de la convivencia y de la realización de la persona– la acumulación de un tesoro hecho posible por la obra de la Gracia y de muchas generaciones cristianas que han dado desarrollo, arraigo y aun determinada exquisitez de matices vitales a un cierto clima espiritual que supone la oportunidad de una vida superior y aun excelsa.

No. No puede haber en nosotros cristianismo cabal si no poseemos el sentido misionero de nuestra fe. Si pensamos que no se dijo también para nosotros, feligreses beneficiarios de las viejas cristiandades, el mandato memorable: “Id y predicad a todas las naciones”. Si pensamos que podemos escapar a su comprometedora exigencia. Lo cierto es que, manteniéndose cuidadosamente dentro del cauce en que corren las aguas vivas del magisterio de la Iglesia, la autenticidad ha exigido siempre a cada cristiano ser, en mayor o menor medida, un foco de irradiación de su credo, no menos que su afirmación vital por la conducta y por la sobrenaturalización de la existencia en todos sus planos.

Y apenas a un mes del gran día misionero de este año, ¿a qué nos obliga una sensibilidad apostólica de nuestro credo, una perspicaz visión de su sentido expansivo, de la conquistadora ambición de espíritus que en él se contiene? Obvia es la respuesta: el apoyo al esfuerzo del misionero por múltiples vías que van desde la limosna sin regateos o la aportación de la tarea personal a los organismos impulsores de la propagación de la fe, hasta el ejercicio de ese recurso de eficacia sin límites que es la plegaria que puede remover montañas, ahora a favor del hermano ignorado que, apóstol geográficamente distante, debe estar más cerca de la solicitud de nuestra caridad, y por el cual poco será cuanto pueda asimismo ofrecerse en punto a varoniles, ascéticas renunciaciones que mueven el corazón de Dios a poner en juego esos factores imponderables que son los únicos que pueden compensar, verbi gratia, el hecho desventajoso, humanamente abrumador, que significa el más elevado índice de natalidad del mundo no cristiano y hoy con creciente conciencia de sus posibilidades históricas.

Este último dato encierra una grave, una premiosa intimación a los “cristianos viejos”. Porque –urge subrayarlo– ellos son los más obligados a mover la palanca que puede enderezar decisivamente el sentido de los acontecimientos, que puede frenar la maligna eficacia que sobre el hecho histórico tienen las fuerzas obscuras preternaturales y hacer que se desborde en salvadora inundación el caudal sobrenatural que en la Iglesia se contiene y cuyo dinamismo es capaz de transfigurar la Historia.

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