El Desaliento Contemporáneo

Identificador: DM-061.
Publicación original: Novedades, 15 de diciembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: modernidad, desaliento, aburrimiento, neurosis, civilización materialista y crisis espiritual.
Ilustración de El Desaliento Contemporáneo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

La vida con ausencia de entusiasmo: tal es el signo deprimente que señorea los horizontes de una gran porción de los contemporáneos. La natural, humana fuerza reidora ante las excelencias del Cosmos y del vivir, parece haberse fugado de muchos espíritus de esta generación.

En una distancia que podríamos llamar sideral la que los separa de los ricos tesoros de optimismo y de potencialidad emocional y afectiva de nuestros antepasados. Recién aparecido el hombre sobre el planeta, pudo anegarse en el asombro del mundo. Aun las mismas manifestaciones terribles de la naturaleza hubieron de afirmar en él su entrañable tendencia a la cordial familiaridad con el ambiente, con el marco espléndido de su existencia. Y coronando y colmando este grato sabor de conjunto de las cosas, la fe en los motivos y finalidades del Espíritu, la fe en la sociedad y en sus instituciones angulares.

Esta sonrisa y esta confianza perseveraron en la humanidad al través de los varios ciclos históricos y sociales. Lo mismo en la Caldea coetánea de Abrahán, que en el Egipto faraónico y la China milenaria. Igual en la Grecia de las perennes realizaciones estéticas, que en la Roma del genio jurídico, a pesar de los estertores decadentistas del Bajo Imperio. En todo este lapso, a pesar de serios errores que pudieron desvirtuar, temporariamente, alguno o algunos de los más altos valores, la preciosa herencia sobrevive… Y vitalizada, ennoblecida, transportada a planos más excelsos, adquiere perfiles antes desconocidos de reciedumbre y claridad y delicadeza en el Medioevo gigante y creador.

Empero, se fragua e inicia el desequilibrio interno del hombre en las falacias aniquiladoras del Renacimiento pagano, que le apartó de sus ejes espirituales. Y lo que en un principio requirió varias centurias para erigirse en amago, al acercarse al final de su ciclo ha necesitado muy pocas décadas para constituirse en cumplida y desoladora realidad: los últimos lustros, sobre todo, marcan una rapidísima descomposición psicológica del hombre, si se nos permite la expresión.

Así, hoy día ¡cuántos, puede decirse, nacen y viven cansados, “prematuramente ancianos bajo el peso de tantas catástrofes morales”!... Una ola de neurosis y aburrimiento ha surgido en grisácea y abominable floración. En todas las edades, clases y sexos. De ella se penetra muchas veces el financiero opulento, y no basta para evitárselo su fiebre de números, especulaciones y ganancias. Siente su mordedura el estudiante universitario, merced al escepticismo que origina el torbellino de insensatez de copiosas construcciones ideológicas que mutuamente se contradicen y destruyen, y que matan –a la larga o a la corta- las más legítimas avideces del entendimiento. Asalta al anciano a quien desconciertan amargamente los súbitos, increíbles cambios de cosas y gentes, cambios que han dado lugar a un mundo extraño, hostil, en que no hay cabida para una vejez respetada y cumplidora de su peculiar función social. Alcanza el desaliento a ese espécimen repugnante y tan multiplicado en las grandes ciudades, que los franceses han calificado las “demi-vierges”, y cuya capacidad de optimismo naufraga cotidianamente en las marejadas de su sensualidad. Incluso la niñez es frecuentemente deformada en su estructura psíquica por imbéciles precocidades…

El mal que señalamos es demasiado extenso e intenso para pretender ignorarlo. Hay que descubrir sus raíces, para arrancarlo de cuajo. Hemos de hacerlo, siquiera sea someramente, en próxima ocasión.

 


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