El Desaliento Contemporáneo

Identificador: DM-010.
Publicación original: Novedades, 4 de julio de 1944.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: desaliento, vida moderna, neurosis, espiritualidad, familia, civilización.

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Ilustración de El Desaliento Contemporáneo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

La vida con ausencia de entusiasmo: tal es el signo deprimente que señorea los horizontes del hombre contemporáneo. La natural humana fuerza reidora ante las excelencias del Cosmos y del vivir, parece haberse fugado de muchos espíritus de esta generación.

Es una distancia que podríamos llamar sideral la que los separa de los ricos tesoros de optimismo y de potencialidad emocional y afectiva de nuestros ancestros. Recién aparecido el hombre sobre el planeta, pudo anegarse en el asombro del mundo. Aun las mismas manifestaciones terribles de la naturaleza afirmaron en él su entrañable tendencia a la cordial familiaridad con el ambiente, con el marco espléndido de su existencia. Y coronando y colmando este grato sabor de conjunto de las cosas, la fe en los motivos y finalidades del espíritu, la fe en la Sociedad y en sus instituciones angulares.

Esta sonrisa y esta confianza perseveraron en la humanidad a través de los varios ciclos históricos y sociales, no obstante serios errores que pudieron desvirtuar, temporariamente, alguno o algunos, de los más altos valores. Lo mismo en la Caldea coetánea de Abrahán, que el Egipto faraónico y la China milenaria. Igual en la Grecia de las perennes realizaciones estéticas, que en la Roma del genio jurídico, a pesar de los estertores decadentistas del Bajo Imperio… La preciosa herencia sobrevive… Y vitalizada, ennoblecida, transportada a planos más excelsos, adquiere perfiles antes desconocidos de reciedumbre, delicadeza y claridad en el Medioevo gigante y creador.

Empero, se fragua e inicia el desequilibrio interno del hombre en las falacias aniquiladoras del Renacimiento pagano, que le apartó de sus ejes espirituales. Y lo que en sus principios requirió la lentitud de varias centurias para erigirse en amago, ha necesitado muy pocos años para constituirse en cumplida y desoladora realidad; los últimos lustros han marcado una rapidísima descomposición psicológica del hombre, si se nos permite la expresión.
Así, hoy día, ¡cuántos puede decirse que nacen y viven cansados!, “prematuramente ancianos bajo el peso de tantas catástrofes morales”… Una ola de neurosis y aburrimiento ha surgido en grisácea y abominable floración. En todas las edades, en todas las clases, en todos los sexos. De ella está penetrado muchas veces el financiero opulento; y no basta engañarle su fiebre de números de especulaciones y ganancias. Alcanza a ese espécimen repugnante y tan multiplicado en nuestras grandes ciudades, que los franceses llaman las “demi-vierges”, y cuya capacidad de optimismo naufraga cotidianamente en las marejadas de su sensualidad. Siente su mordedura el estudiante universitario, merced al escepticismo que origina el torbellino de insensatez de copiosas construcciones ideológicas que mutuamente se destruyen y que matan –a la larga o a la corta- las más legítimas avideces del entendimiento. Asalta al anciano a quien desconciertan amargamente los súbitos e increíbles cambios de cosas y gentes, cambios que han dado lugar a un mundo extraño, hostil, en que no hay cabida para una ancianidad respetada y cumplidora de su peculiar función social. Incluso la niñez es frecuentemente deformada en su estructura psíquica por imbéciles precocidades que nada justifica.

Abulia, estulticia y tedio conspiran contra las esencias vitales de la especie, significándose por manifestaciones varias. Hay mucho hastío inconsciente o inconfesado, en las salas cinematográficas, sincrónico al resbalar de imágenes en la pantalla. Hay mucho de enfermizo en la sed de turismo acojinado que hoy se padece. El “blues” cansino y el “swing” dislocado de las fiestas que se estilan, recuerdan demasiado las alternativas de postración y convulsión de la epilepsia.

El desaliento casi innato que corroe a esta generación y que la incapacita para las grandes empresas de otras épocas, fatalmente previo a todo intento, a todo esfuerzo, a toda lucha finca su raigambre en buena parte en la inestabilidad de vorágine de estos últimos años en que se hunden o levantan pueblos y personas, instituciones y conceptos en renovada y antinómica prolijidad. Ante este inaudito y febril “devenir”, que colmaría de asombro al propio Heráclito si para ello sólo resucitase el hombre masa del momento –en trágica miopía- sólo ve como permanente precisamente la relatividad y lo efímero de todo. Y si no hay nada estable, si no hay en qué asentar con seguridad el entendimiento y el corazón, ¿a qué incomodarse? ¿Por qué preocuparse y tomar en serio lo que incontables generaciones juzgaron como lo que da sentido y valor a la existencia? Aquel jugo –sápido y tónico- que destilaron por siglos las entidades siempre veneradas y apasionantes de la Religión, la Familia, la Patria, la Ciencia, el Arte, el casto Amor; el hombre de estos días tumultuosos se niega a apurarlo al no responder a su reclamo vehemente y supremo. Es que sólo se siente solicitado por lo que no traiga aparejada la arista de una incomodidad o la espina de un sacrificio. Por ello se encierra con gesto desabrido –que ya ni siquiera adusto- en la irresponsabilidad del común denominador, en la monotonía irremediable del gregarismo, rumiando su tedio y su derrota, rodeado del fracaso de sus máquinas absurdas que ningún ideal vivifica, sumergido en un menguado “confort” que tiene mucho de nirvana…

Pero, más allá del ocaso escarlata y sombrío de esta nefanda guerra que vivimos, se perfila afirmador y decisivo el gran movimiento mundial de vindicación de las fuerzas del Espíritu. Las eternas causas motoras de la actividad humana han de ocupar nuevamente el alto sitial que les corresponde en la economía de la convivencia social, con su poder alentador, de equilibrio, de sanidad psíquica de optimismo incontenible y renaciente. Remozarán, en episodio quizá definitivo, el árbol de la civilización, ahora mustio y claudicante. Tornarán a ser nervio impulsor de todo levantado acometimiento. Otra vez, trenzarán los hilos de oro de la Historia, rotos en este lapso de tinieblas por un paréntesis de barbarie y retroceso.

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