El Desaliento Contemporáneo II
Publicación original: Novedades, 22 de diciembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: optimismo, religión, familia, patria, honor, vocación y crisis espiritual.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Abulia, estulticia y tedio conspiran contra las esencias vitales de la especie, significados por manifestaciones varias. Hay mucho hastío inconsciente o inconfesado, en las salas cinematográficas, sincrónico al resbalar de imágenes en la pantalla. Hay mucho de enfermizo en la sed de turismo acojinado y muelle que hoy se padece. El “blues” cansino y el “swing” dislocado de las fiestas que se estilan, recuerdan demasiado las alternativas de postración y convulsión de la epilepsia.
El desaliento casi innato que corroe a buena parte de esta generación, y que la incapacita para las grandes empresas de otras épocas, fatalmente previo a todo intento, a todo esfuerzo, a toda lucha, finca su raigambre –en parte no pequeña- en la inestabilidad de vorágine de los últimos años en que se hunden o levantan pueblos y personas instituciones y conceptos, en renovada y antinómica prolijidad. Ante este inaudito y febril “devenir”, que colmaría de asombro al propio Heráclito si para ello sólo resucitase, el hombre masa –en trágica miopía- sólo ve como perdurable precisamente la relatividad y lo efímero de todo.
Y si no hay nada estable, si no hay en qué asentar con seguridad el entendimiento y el corazón, ¿a qué incomodarse? ¿Por qué preocuparse y tomar en serio lo que incontables generaciones juzgaron como lo que da sentido y valor a la existencia?... Aquel jugo –sápido y tónico- que destilaron por siglos las entidades siempre veneradas y apasionantes de la Religión, la Familia, la Patria, la Ciencia, el Arte, el casto Amor, se niega a apurarlo el hombre de estos días tumultuosos, al no responder a su reclamo vehemente y supremo. Es que sólo se siente solicitado por lo que no traiga aparejada la arista de una incomodidad o la espina de un sacrificio. Por ello se encierra con gesto desabrido –que ya ni siquiera adusto- en la irresponsabilidad del común denominador, en la monotonía irremediable del gregarismo, rumiando su tedio y su derrota, rodeado del fracaso de sus máquinas absurdas que ningún ideal vivifica, sumergido, en el mejor de los casos, en un menguado conforte, que tiene mucho de nirvana.
Sin embargo, y precisamente por el fracaso de todo lo que se apartó en los últimos años de los ejes espirituales del hombre, muchos ojos se vuelven, como a único asidero salvador, a los estímulos constantes e insubstituibles de nuestra naturaleza. A la Religión, a la Familia, a la Patria, al Honor. Por eso, más allá del ocaso escarlata y sombrío de esta nefanda posguerra que vivimos, se perfila, afirmador y decisivo, el gran movimiento mundial de vindicación de las fuerzas del espíritu. Las eternas causas motoras de la actividad humana han de ocupar nuevamente el alto sitial que les corresponde en la economía de la convivencia social, con su poder alentador, de equilibrio, de sanidad psíquica, de optimismo incontenible y renaciente. Remozarán –en episodio quizá definitivo- el árbol de la civilización, ahora mustio y claudicante. Tornarán a ser nervio impulsor de todo levantado acometimiento. Otra vez trenzarán los hilos de oro de la Historia, rotos en este lapso de tinieblas por un paréntesis de barbarie y retroceso.
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