El Derrotero

Identificador: DM-392.
Publicación original: Novedades, 13 de febrero de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Hispanoamérica, catolicismo, identidad, unidad iberoamericana, Occidente, política, tradición.
Ilustración de El Derrotero, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hay que insistir, una y otra vez, en enfilar por una ruta, escoger un camino, preferir un punto del horizonte mejor que otro, nunca debe ser obra de irreflexión cuando está en juego el destino de los hombres.

Si en un punto de la historia –como hoy acontece- hay veredas que en él se cruzan o comienzan, para seguir después, cada una, su propia trayectoria, no es lícito resolver a cara o cruz el problema de la selección del camino por seguirse.

Pero menos lícito aun sería –como prefieren muchos, en esta hora- echarse a andar por el camino más fácil, simplemente por eso: porque se cree más fácil.

Se olvida que hay caminos que ofrecen la más tersa pista de asfalto, y una en apariencia exhaustiva dotación de modernísimas señales de tránsito, pero que, en última instancia, desembocan a un despeñadero. Según enseña una larga experiencia estos caminos tersos suelen ostentar en su comienzo letreros que deliberada o inconsultamente mienten acerca del verdadero lugar a que conducen.

¿Cómo olvidar, a este propósito, el colosal fracaso de Occidente cuando en la última contienda se decidió por un camino que engañosamente prometía llevar, como a meta luminosa, a la pacífica convivencia de todos los pueblos? ¿Cómo olvidar que esa ruta sólo pudo llevarle al deshonor fratricida de infligir derrotas “cartaginesas” a hermanos de un mismo mundo cultural que estaban entregando lo mejor de su sangre para destruir el más peligroso amago que en ocasión alguna se haya levantado contra la libertad del hombre? Y, ¿cómo olvidar que ese deshonor trajo aparejada la consecuencia de ahora, cuando todo lo que queda de auténtico de nuestra civilización cristiana, lo mismo que todo aquello que dice defender a esta civilización aunque en realidad está divorciado de ella, puede ser barrido de la historia por la mano de una fuerza esclavizadora que obtendría para sí el monopolio del planeta, por siglos o milenios quizás?

Por eso, tratándose de nosotros, urge reiterar el énfasis en ese latido de la unidad hispanoamericana, que afortunadamente golpea cada vez con mayor fuerza en los espíritus. Si entre otras cosas ello se expresa en el dato de que muchos grupos de selección confluyen inequívocamente en un pensamiento común, claramente perfilado, es preciso por otra parte extender la convicción de las quizá casi inminentes posibilidades de Iberoamérica como una unidad histórica, y de cuán necesaria es la acción conjunta, sobre la base de un camino, de un derrotero propio y autónomo, para salvar a la vez que para poner en trance vigorosamente operante todo lo que nuestras comunidades representan para el futuro de la especie.

Ese derrotero indudable es el que sigue no ajenas sino propias banderas. Es el de la fidelidad a nosotros mismos, a los mandatos de acción impuestos no por foráneas conveniencias sino por la exigencia de nuestras íntimas y peculiares raíces. Y eso sólo es dable al través de la eficacia de una solidaridad comunitaria lúcida, transcrita en hechos vivos de movimientos institucionalmente mancomunados. “Los últimos años han indicado, con trágica claridad, que así como la solución política no es por entero política, la solución nacional no es por entero nacional”. Urge atar en un haz todos esos nuestros vigores dispersos, según la frase de Rubén el nicaragüense.

Lo cierto es que ahora los hispanoamericanos nos encontramos ante un dilema. “Debemos elegir entre la dura fidelidad a nosotros mismos que conduce a la grandeza, o a la resignada claudicación que termina en el anonimato. Entre que el mundo moderno –ni creado ni sentido verdaderamente jamás por nosotros- nos arrastre en su caída, o a formar, gracias a una lúcida y dinámica fidelidad, la vanguardia de un mundo nuevo en el que el hombre no llegue a abominar de su propia existencia. Ese “nosotros mismos” es (subrayamos nosotros) EL CATOLICISMO ENCARNADO EN UNA DETERMINADA REALIDAD TEMPORAL, NO SÓLO COMO CONJUNTO DE DOGMAS SOBRENATURALES, SINO -puesto que rechazamos el divorcio entre la religión y la vida- COMO FUENTE DE NUESTRAS FORMAS NATURALES DE EXISTENCIA Y DE COEXISTENCIA, DE NUESTRO SENTIDO DE LA FAMILIA, DEL TRABAJO, DE LA CULTURA, DE LA POLÍTICA”.

Es decir, algo muy diverso por cierto de lo que dicen muchas voces vacilantes por débiles o confusas por malintencionadas. De lo que predican ciertas corrientes que disfrazan su conformismo con argumentos posibilistas o con equilibrismos doctrinales lindantes en lo herético: corrientes que dicen inspirarse en las fuentes vivas de la verdad católica, pero que quieren comprometerla en el asendereado esquife del anticatólico mundo moderno, que se halla en trance de muy probable naufragio.

Por eso, hoy más que nunca, subrayemos que quienes juegan su destino a la carta de la autenticidad hispanoamericana, no han de luchar para “lograr un “confort” y al mismo tiempo alcanzar la vida eterna, sino para llegar a ésta por el camino que nos enseñaron nuestros padres; sin ser traidores a todo lo temporal que lleva el hombre dentro de sus venas: sin violar la ley del compromiso con el tiempo. NO QUEREMOS SOLO REZAR, SINO QUE QUEREMOS SEGUIR REZANDO EN ESPAÑOL”.

“La afirmación a “ultranza” de este ser, aparte de constituir hoy la única manera de no caer a la larga en un concepto marxista de la vida, nos conduce a desear la unidad con todos aquellos que de aquél participan”. “La gran tarea de nuestras minorías es obtener que de esta revolución que se opera en los estratos más profundos de la sociedad y en lo más íntimo de cada ser humano, salga una Hispanoamérica fiel a ese “subsuelo de creencias vitales e irremisiblemente adscritas a su origen histórico”.

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