El Crimen No Paga

Identificador: DM-286.
Publicación original: Novedades, 8 de febrero de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Segunda Guerra Mundial, Alemania, Japón, comunismo, Estados Unidos e Iberoamérica.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

A menos de una década del fin de la segunda guerra mundial es obvio que, desde el punto de vista norteamericano, esa guerra fue rigurosamente inútil. Al designio de implacable eliminación de Alemania y el Japón como figuras importantes del escenario internacional ha sucedido el criterio de levantarlas de sus ruinas para que desempeñen un papel clave en la defensa contra el comunismo. Función esa, ni más ni menos, que ambos países habían reivindicado para sí y habían ejercido con perspicuidad, energía y eficacia ejemplares, y que fue parada en seco por los hipócritas pero vehementes delirios belicistas de Roosevelt.

Por supuesto que cuantos tenían dos dedos de frente señalaron en aquella sazón lo insigne de la torpeza. Pero muchos persistieron en subestimar las posibilidades históricas del comunismo, y otros continuaron atribuyendo a Hitler, Mussolini e Hirohito el monopolio de toda maldad humana, en tanto que no faltaron los que incluso –nunca lo olvidamos y más de una vez lo hemos aquí recordado– vieron a Stalin nada más que un patriota y bondadoso anciano y “caballero universitario”.

A raíz del conflicto se consumaron las monstruosidades pseudojurídicas de los llamados juicios de los “criminales de guerra” y la consiguiente eliminación de sobresalientes jerarcas de los países vencidos. Física y moralmente se empezó la tarea de minimizar a estos mismos países. El desmantelamiento material y jurídico de la industria alemana perseguía la meta explícita de la “agricolización” exclusiva de Germania. Desorganizando su economía y aun tratando de imponerle ciertas cosas como un suicida malthusianismo, el proconsulado teatral de esa pobre y egocéntrica medianía llamada MacArthur daba el tono a la también explícita meta de convertir al país nipón en “la Suiza del Extremo Oriente”.

¿En qué ha quedado todo lo que entonces se hizo y se dijo? ¿En qué han venido a parar las ruines arrogancias racistas de las crónicas norteamericanas de la rendición japonesa a bordo del acorazado “Missouri”, que describían a los representantes nipones como diminutos y desgarbados chimpancés al lado de MacArthur: “hermoso como un águila, ágil como un atleta universitario”?

Ahora, el secretario de Estado, John Foster Dulles, afirma que “es para el Japón no solamente un derecho sino un deber el tener un ejército”. Y antes, a raíz de que los ejércitos de Mao Tse Tung cruzaron el río Yalú e intervinieron en el conflicto coreano, el propio MacArthur hubo de hacer, palabra más o palabra menos, una rectificación idéntica, apenas a tres años de la advertencia de alguno de los ahorcados en Nuremberg: “¡Ahora os las tendréis que ver con los bolcheviques!”

Ante el énfasis de hogaño sobre la urgencia del rearme japonés y alemán, fuerza es insistir: ¿para qué se hizo la segunda guerra mundial y para qué se destruyeron las probadas máquinas de guerra que se trata ahora de reconstruir?

La consideración que se impone no es sólo la de que más vale rectificar tarde que nunca. Hay que ir también a la entraña moral de la cuestión y subrayar que, en la guerra mundial dos, las responsabilidades se repartieron, sí, entre los aliados occidentales y el llamado eje Roma-Berlín-Tokio, pero que éste mostró mayor capacidad de discernir cuál era el verdadero peligro máximo para el hombre, y ello otorgó mayor sindéresis a su actitud espiritual y política. Pero hay que agregar que el trasfondo de rivalidad económica que en mayor dosis explica la ingerencia estadounidense en la guerra, al resultar frustrado en sus metas –puesto que se perdió la paz en Europa y el gran mercado chino en Asia–, ha venido a dar la razón al estribillo de ciertas películas “hollywoodenses” dizque moralizantes: “El delito no remunera”.

Y lo que más de inmediato nos concierne: ¿servirá de algo a los actuales gobernantes de los Estados Unidos esta advertencia de la Historia reciente para orientar su conducta respecto de Iberoamérica, y muy concretamente, de México? ¿Los hará cavilar un poco en la posibilidad de que se vuelva contra ellos, por inesperados caminos también, la inveterada política imperialista que con disfraz diverso y a nuestra costa se ha desarrollado?

A este respecto, creemos que ha sido ya un elocuente aviso el caso de nuestros comunismos criollos, que en los últimos años les han alarmado, pero que en otros tiempos fuéronles motivo de mal disimulados beneplácitos en cuanto que –singularmente en México– demostraban ser eficacísimos agentes de disolución nacional. ¿Seguirá el poder norteamericano auspiciando o dando su “O.K.” a gobiernos impopulares o francamente tiránicos? ¿Persistirá en promover a control remoto las condiciones en que, como en el caso mexicano, el pueblo queda primero indefenso ante regímenes que ha sabido apoyados por la mayor bayoneta del mundo, y que luego le llevan a situaciones como las que han hecho posible nuestra ingente miseria colectiva, causa y razón inmediata del lógico y denigrante drama del bracerismo; regímenes que también, mediante procesos corruptores, han originado el paralelo drama, aun más desolador, del empobrecimiento del carácter nacional que, por lo visto, dijérase que ya no es capaz de reaccionar con dignidad frente a ciertos insultos de humillación suma como los que se nos están dando en pleno rostro con las desfachatadas e impunes depredaciones de piratas precisamente norteamericanas?

¿O se pensará, tal vez, que si los distantes semigenocidios frustrados de Alemania y el Japón se han manifestado como inconvenientes, un indirecto pero eficaz genocidio de México, por empobrecimiento físico y moral, resulta en cambio muy hacedero y conveniente?

Tratemos de pensar lo mejor. Pero en todo caso repetiremos por las dudas la moraleja que de uno u otro modo llega a cumplirse: el delito no remunera.

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