El Charro Mexicano

Identificador: DM-429.
Publicación original: Novedades, 11 de febrero de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: charro mexicano, charrería, tradición ecuestre, identidad nacional, Don Quijote, México.
Ilustración en blanco y negro de El Charro Mexicano, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Cuando la falsa Dulcinea del capítulo X de la segunda parte del Quijote, huye a todo escape, a lomos de su pollina, de los disparatados extremos del socarrón Sancho y del asendereado caballero de la Triste Figura, rompe el escudero en esta donosa exclamación: “Vive Roque que es la señora nuestra ama más ligera que un alcotán, y que puede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mexicano”.

Memorable constancia, ésta, de cuán lejos viene el abolengo y prestigio de nuestros caballistas.

Quiérase que no, ha sido, es y será el charro mexicano uno de los más bien logrados motivos de la simbólica nacionalista. Si en el vestuario de cuero y gamuza realiza, hasta cierto punto, una reminiscencia del hombre de campo andaluz, la plata de nuestros reales de minas da a su atuendo la nota metálica y brillante de lo autóctono. Y en su perfil espiritual se nos entrega en sazón un proceso originalísimo en el que hay un recio enhebrarse de sentimentalismos indígenas con despilfarro y virulencias andaluzas, con sobrias austeridades y tajante sentido del honor tipificados e inmortalizados por el castellano clásico.

El charro es, antes que otra cosa, representación de las reservas humanas nuestras de mayor enjundia mexicanista; las más sanas en lo moral y en lo físico a la vez: nuestras clases medias rurales. Es el castizo ranchero que lo mismo sabe combatir bravamente contra las alternativas de la fortuna, propias de los trabajos campiranos, que contra las tiranías de los caciques lugareños, o la del gran cacique nacional, en su caso, o contra extranjeras invasiones. A horcajadas sobre su cabalgadura, estableciendo con ella una especie de intercomunicación anímica, análoga a la de “esa unidad que debió ligar las dos naturalezas del centauro”; altivo y digno en su porte; arriscado el ancho alón del sombrero; pronta la mano para manejar el lazo y empuñar la utilería de labranza o el arma, cifra en la gallardía de su estampa las esencias del México trabajador y batallador. Del México que en el surco o en la línea de fuego es, de todas suertes, fiel a su íntima vocación; las tareas dignas de una paz también digna y sin molicie, y el alerta sentido militar de los tiempos en que la paz y el decoro están reñidos.

Se ha desvirtuado, a veces, la figura del charro allende nuestras fronteras. Determinada cinematografía barata y chocarrera no ha tenido mejor ocurrencia que la de asimilarlo al cavernario espíritu de pendencia. Ciertas publicidades indocumentadas han hecho de él representaciones plásticas en que el desacierto llega a extremos de puerilidad.

Contra todo eso hay que reivindicarlo. Enérgicamente. Entrañablemente. Porque, bien miradas las cosas, el charro es parte señera del excelso conjunto de simbolismos que se integran en la heráldica mexicana. Y para eso, distinguirlo claramente de sus burdas adulteraciones que siempre surgen cuando se trata de un tipo humano sobresaliente y excepcional. Así, esa floración subordinada y palurda del espadachín matasiete y perdonavidas, que no fue más que una caricatura grotesca del soldado de Flandes, jamás pudo empañar la gloria española del guerrero de sus tercios ilustres, del hidalgo en quien el uso de la espada nunca afrentó las caballerescas exigencias de los blasones nobiliarios. Otro tanto ha sucedido con el charro mexicano y sus pobres mixtificaciones.

Estas, en verdad, no han podido menguar un ápice su auténtico y nobilísimo simbolismo. Es éste demasiado grande, demasiado viril, demasiado hazañoso y su bizarría nos habla con sobrada elocuencia de la exigente, de la preclara aventura histórica de ser mexicanos.

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