El “Borrego” del Siglo

Identificador: DM-022.
Publicación original: Medio por identificar, 21 de diciembre de 1944.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Carta del Atlántico, noticia falsa, Roosevelt, Churchill, propaganda, diplomacia.
Ilustración de El “Borrego” del Siglo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Los franceses llaman “canard” y los de habla inglesa “hoax”, a lo que, en la jerga periodística de México, damos el nombre de “borrego”, esto es, a la noticia falsa, a la paparrucha descarada, al embuste escandaloso, que logra, merced a la publicidad, engañar a los bobos. Y a ese respecto, si en todas partes cuecen habas, los norteamericanos, peritos en el oficio, las cuecen a calderadas. Para comprobarlo, bastaría sacar a barrera el famoso “Balloon Hoax” de Edgar Allan Poe, o la sangrienta burla de Orson Welles, que les hizo creer a sus compatriotas que los habitantes del planeta Marte habían empezado la invasión de este mundo de nuestros pecados; pero hasta hoy, nadie había logrado que un “borrego” gozase tanto tiempo de crédito general, como los autores de la llamada Carta del Atlántico, que es, sin linaje de dudas, el paradigma de su género, la obra maestra en achaque de trolas y faramallas.

Los hombres de buena fe, por aquello de que el león cree que todos son de su condición, somos naturalmente crédulos y engañadizos, sobre todo cuando quienes cifran su empeño en tomarnos el pelo son nada menos que las cabezas de los gobiernos de dos grandes y poderosas naciones, como la Gran Bretaña y los Estados Unidos de Norteamérica. ¿Cómo imaginarse, en efecto, que un documento firmado y solemnemente aceptado por todas las Naciones Unidas, no era, o no es según la reciente afirmación del presidente Roosevelt, sino una mera declaración hecha a los diarios; pero no un compromiso inquebrantable concertado por los representantes de las naciones que pretendían pasar plaza de redentoras del mundo? ¿Cómo podía pasarnos por las mentes que, en el momento en que ellos juzgasen oportuno, Churchill iba a olvidar los términos y el espíritu de un pacto que todo el mundo tenía por solemne, y Rossevelt, como para apoyar la política del Primer Ministro británico y disminuir el efecto causado por el lapsus memoriae (?) de éste, se avendría a revelar que la dichosa Carta del Atlántico no es tal “Carta”, sino tan sólo un desiderátum más o menos quimérico y más o menos “elástico”?

Con todo, cuando ellos mismos se empeñan en despabilarle a uno los ojos, no es menester ser un lince para advertir el embeleco de los prestigiadores, (o prestidigitadores, como suelen decir hoy en día), en el juego de pasapasa, ni para echar de ver que no obran por cuenta propia, sino como “paleros” o compinches del otro jugador más hábil y, por lo visto, más poderoso.

La Carta que fue del Atlántico, estaba irremisiblemente condenada a volverse tesoro de duendes, por el sólo hecho de que uno de los Cuatro Grandes, a lo menos, no podía aceptar sinceramente que, en el mundo por venir, quedasen asegurados efectivamente los principios de libertad en que aquélla se fundaba: y donde manda capitán no gobierna marinero.

No es de extrañar, por tanto, que los de habla inglesa citen a Shakespeare: “¡Palabras, palabras y palabras!”, y hagan desaparecer por arte de birlibirloque un documento comprometedor, declarando que, en efecto, compromete a todos los demás, a todos los que ingenuamente lo subscribieron; pero no a sí mismos, puesto que, ellos, buen cuidado tuvieron de no firmarlo, cuando menos, de no firmarlo en documento oficial, sino tan sólo en un borrador o memorándum, que no tiene ni puede tener más validez que la que ellos quieran buenamente darle.

Con mayor o menor fundamento, al general francés que repudió los Convenios de la Soledad le atribuyeron haber dicho: “Mi firma vale tanto como el papel en que está escrita”; y al canciller alemán von Bethmann Hollweg, el haber dicho que los tratados eran meros “chiffons de papier”. Hemos adelantado mucho: vivimos ahora en los tiempos de Fu-Manchú.

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