El Atún Suramericano y el Coñac de Churchill

Identificador: DM-347.
Publicación original: Novedades, 11 de abril de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: pesca del atún, soberanía marítima, Perú, Ecuador, Yalta, Winston Churchill.
Ilustración de El Atún Suramericano y el Coñac de Churchill

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Oceanografía y Piratería.- En febrero, piratas pesqueros norteamericanos fueron apresados frente a las costas peruanas, en aguas consideradas como territoriales. Hace pocos días, otros piratas pesqueros, también norteamericanos, acababan de ser apresados frente al litoral ecuatoriano. Son dos incidentes de un mismo conflicto originado por la explotación poco menos que exhaustiva de los bancos de atún en latitudes estadounidenses.

Hay el antecedente de que los más numerosos y principales estudios de la fauna oceánica –y de oceanografía en general- en esa zona del Pacífico oriental han sido realizados, hace dos o tres lustros, por expediciones científicas norteamericanas, alguna de ellas costeada por el gobierno del Perú, ya que se trataba de una “cooperación del gobierno de los Estados Unidos con las otras repúblicas americanas”. El hecho escueto que salta a la vista es que el conflicto entre los poderosos intereses pesqueros altacalifornianos y los similares chilenos, peruanos y ecuatorianos ha venido a declararse –incluso en su aspecto de violación de soberanías- en estos últimos años, es decir, a raíz de que las noticias meramente empíricas de la gran riqueza atunera de esas aguas territoriales sudamericanas se volvieron concienzudo conocimiento científico.

¿Simple coincidencia? ¿Ha sido el antecedente exploratorio mera ocasión no deliberada para que se produjera como un hecho consecuente y natural la afluencia de los pescadores norteamericanos? Todo puede ser. Pero lo obvio es que el desorbitado saqueo camaronero de las aguas mexicanas y el hasta ahora intentado saqueo atunero de las aguas que Chile, Perú y Ecuador tienen por territoriales vienen a ser dos episodios gemelos que ponen a prueba el espíritu de amistad interamericana en que tanto interés se manifiesta.

La verdad es que, mientras se resuelve y aclara cualquier aspecto que se juzgase controvertible en este problema, no parece que para nuestros vecinos del norte –con tan reconocida eficacia en estos achaques –sea muy difícil la estricta aplicación de un sistema de controles legales, así preventivos como represivos a sus connacionales empeñados en faenas pesqueras a costa de derechos que juzgamos indudables y con menoscabo de la tremolada armonía continental.

Los brindis en Yalta.- El tiempo, instrumento de Dios al final de cuentas, está venciendo a Churchill. No dejará aún las lides parlamentarias, pero su jefatura de gobierno acaba de pasar a ser cosa histórica.

El suceso ha conmovido, con toda razón, al mundo. Pero ese mismo mundo, en todas las conciencias verdaderamente libres, está lamentando que este retiro del octogenario “premier” no acaeciera a los sesenta años de su edad, porque tal vez no se hubiera llegado a consumar esa cosa siniestra de que fueron escenario Yalta, Teherán y Potsdam. En la propia Inglaterra, los espíritus objetivos y patriotas, ¿qué pensarán ahora de quien, con Roosevelt, puso las premisas que han hecho posible que el Reino Unido quede a merced no ya de las V-2, sino de una fácil aniquilación nuclearia de signo soviético?

Las informaciones a raíz de la publicación por el Departamento de Estado de las conversaciones o convenios de Yalta, dijeron que Churchill casi murió de pena por esa publicidad a la que, obstinadamente, se había opuesto. Ello se explica, porque aunque ha resultado notorio que el peor papel en tan triste jornada correspondió a su colega occidental norteamericano, y que Churchill, verbi gratia, no participó de la macabra euforia de ese brindis rooseveltiano con Stalin por la “ejecución” de 50,000 oficiales alemanes, los documentos de Yalta han venido entre otras cosas a contradecir la afirmación de sus Memorias acerca de que las concesiones hechas a Rusia a cambio de su participación en la guerra contra el Japón habían sido una exclusiva decisión norteamericana. Incluso, como pintorescamente anota el veterano informador Drew Pearson, al considerarse algunos puntos de esas concesiones, “los documentos de Yalta demuestran que el primer ministro no comprendió lo que se discutía, o estaba demasiado sordo o había bebido un poco más coñac de lo debido”.

Cabe pensar que no hay coñac suficiente en el mundo que pueda hacer olvidar a Churchill, en los años que le queden de vida, que ahora todos sabemos no lo que se decidió en Yalta –que nunca fue un secreto- sino, como anota la certera comentarista norteamericana Dorothy Thompson, “por qué sistemas” fue ello decidido. Que muchísimos, con esta escritora, pueden repetir con el mismo énfasis:

“No sabíamos… qué principios de derecho o normas de moralidad fueron invocados” en el cónclave de Crimea. “Ahora lo sabemos. No se invocó ninguno”. Sabemos ahora, también que “en Yalta, tres hombres, con la facultad de comprometer a sus grandes naciones en cualquier cosa, dividieron el mundo como si los millones de habitantes fuesen cacahuates y como si con la distribución de tales organismos vivientes toda la historia se detuviera”.

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