El Agua y el Hombre

Identificador: DM-445.
Publicación original: Novedades, 25 de junio de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: agua, naturaleza, civilización, cultura clásica, providencia, bautismo.
Ilustración en blanco y negro de El Agua y el Hombre, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Thales el Milesio, primero de los filósofos naturalistas griegos, pensó en el agua como en la substancia primordial que fundamenta las cosas, y de la cual se derivan. Si nadie toma en cuenta, hoy día, ese monismo cosmológico del jonio, sí resulta, en cambio, impresionante el hecho de que la extensión de las aguas en el planeta sea abrumadoramente mayor que la de las tierras, en una proporción casi de tres a uno.

Esa sobreabundancia del “líquido elemento”, mueve a pensar en su alta categoría dentro de los planes providenciales y en su indeclinable influjo en la vida humana. Con exceso se ha hablado de ello; pero el tema, vasto e inagotable como el océano mismo, vuelve siempre a tener un lugar predilecto en la consideración del hombre. Siempre se vuelve un poco a creer en la alusión cosmogónica de Hesíodo sobre el fabuloso Río Océano que, rodeando la tierra en un abrazo total, le infundiría el principio de vida.

De ahí su imperecedera, obsesionante hipnosis. En su aspecto oceánico, desde la máxima lejanía protohistórica, se le ve fascinando la intrepidez marinera de cretenses, fenicios y griegos. Y todos ellos, merced a sus cruceros mediterráneos, diseminaron –en ingente diáspora-, en las riberas del futuro “mare nostrum”, las semillas de nuestra cultura, fecundada por las olas azules que surcara el esquife de Odiseo.

En su expresión lacustre y fluvial, el agua aparece como la madre nutricia de la civilización. Mesopotamia; el valle del Nilo; la zona renana; nuestro extinto lago texcocano y el sudamericano Titicaca, o bien, modernamente, la riquísima región norteamericana de los Grandes Lagos lo dicen con elocuencia suma.

Siempre el agua, atrayendo invenciblemente al hombre.

Y no se diga cuando de las altas capas atmosféricas desciende en el fenómeno bienhechor de la lluvia. Hoy, como ayer, persiste en cuanto motivo de afectivas expansiones y de sesudas filosofías campiranas que en ella meditan y palpan, si vale la palabra, la providente actividad de Dios.

Y en sus expresiones de índole menor, ¡cómo el agua nos suscita una sosegada y dulce poesía, y nos aterciopela el alma con esa belleza sedante que la enjoya al aquietarse en breves lagos, sombreada tal vez por árboles que amojonan las márgenes del cuenco en que se asienta con mansedumbre pacificadora; cuando nos gozamos en su leve rizarse al influjo de un viento vesperal, o al fingir otros líquidos por la reverberación tangencial de un sol en ocaso; o cuando –en mínimos hilillos- bien resbala en los arroyuelos que eluden las dislocaciones del terreno con meandros serpenteantes, bien trisca alegre en menudas cataratas rumorosas, que invitan al sueño y al ensueño!

Y es tal el rango excelente del agua que hasta en la economía de lo sobrenatural hallamos su misteriosa presencia en el rito del bautismo, cuando la santa invocación trinitaria la llena de las más trascendentales fecundidades, eficaces para hacer nacer al hombre a la vida de gracia. No en balde el Génesis nos refiere cómo, en el principio de los tiempos, el Espíritu de Dios –fuente de toda vida-, fue llevado sobre las aguas, esas aguas en que precisamente habrían de aparecer las primeras especies vivas… Su simbolismo de generación y de regeneración lustral, es, por otra parte, tan vivo e inmediato, que hubo de expresarse en forma evidente en la terrible aspersión del Diluvio, cuando por el agua fue borrada de la haz de la tierra toda iniquidad.

Que el lector nos perdone el acuático paréntesis en el que hemos olvidado por un momento inquietudes sociales, cortinas de hierro, bombas nuclearias y fantasmas radiactivos. A veces no es del todo malo detenerse, y para recobrar el sentido de las cosas, volver a escuchar durante una saludable pausa, las olvidadas y supremas voces elementales.

Como ésta, que en su minúscula intensidad, nos cultiva con iridiscentes sugerencias:

“Era pequeña y breve…
(¿no son así todas las gotas de agua?),
pero en aquella pequeñez magnífica,
urna divina y clara,
como en lago sereno que no altera
ni el fugitivo roce de unas alas,
el azul de los cielos,
con toda su grandeza palpitaba.
¡Yo vi la inmensidad que sonreía
en la gotita de agua,
y sentí la impresión de lo pequeño
cuando lo inmenso hasta su cárcel baja…!”

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