Ejemplaridad de Lepanto
Publicación original: Novedades, 4 de octubre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Lepanto, Cristiandad, Hispanidad, unidad europea y don Juan de Austria.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las pláticas de las nueve potencias en Londres, que han hecho renacer la esperanza de una efectiva acción defensiva europeo-occidental, traen en estos primeros días del mes el aleccionador recuerdo del fasto hispánico, cristiano y europeo del 7 de octubre de 1571: la batalla marítima de Lepanto, “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”, que dijo Cervantes en el prólogo de sus novelas ejemplares.
En la encrucijada geográfica e histórica del Golfo de Lepanto, Europa –muy decisivamente, España, por su capitanía de la Santa Liga- dio un combate decisivo para los destinos de la humanidad. Salvó nuestra venerable cultura grecorromana y cristiana. Dio al poderío otomano un golpe de efectos tales como no los tuvieron aquellas victorias anteriores que lograron hacer levantar a los turcos el sitio de Belgrado en 1454 y el de Viena en 1529, pero que, no obstante su importancia, no pudieron evitar que la entonces terrible amenaza islámica siguiese suspendida sobre Europa.
Así como la toma de Granada en 1492 marca el fin del ala izquierda del gran movimiento de pinzas con que el mahometismo intentó estrangular la Cristiandad, el triunfo de Lepanto acabó también, prácticamente, con el impulso de su ala derecha y balcánica. Al mismo tiempo, liquidó la hegemonía de Constantinopla sobre las aguas románicas del Mediterráneo, esa prepotencia que alguna vez llegó a poner en grave riesgo a la misma ciudad de Roma. Desde Lepanto puede decirse que comienza el decaer irremediable de la Sublime Puerta, hasta llegar a ese estado de postración que en sus últimos tiempos valió al Imperio Otomano el dictado humillante de “el hombre enfermo”.
Este resonante lance naval tiene un valor de ejemplaridad notoria. Recuerda singularmente a la Latinidad, y en términos generales a las naciones que todavía nómbranse cristianas, que sólo en la asociación de espíritu y de fuerza tendrán eficaz salvaguardia contra un mundo embravecido y antagónico en un grado tal como nunca lo fue el Oriente de otros días. Si en las aguas de Lepanto, el Pontificado, España y Venecia salvaron la civilización, hazaña semejante podrá repetirse si con limpio y sagaz espíritu se desvanecen las querellas particularistas para hacer frente al peligro común. El tesoro cultural, la persistencia misma de nuestro mundo y la libertad en todo el planeta lograrían con ello una consistente oportunidad. Ni sería posible la repetición de dramas absurdos como el del naufragio de la Europa del Este en las ondas turbias de odios entre los miembros de una misma familia en la cultura; como el de la infortunada Polonia, de la que, en la última contienda, resultaron a la postre enemigos todos los beligerantes.
Particular apremio de unidad es para nuestra estirpe la lección de Lepanto, en la que la principalísima aportación le corresponde en contingentes armados, en valor, en pericia militar y en la capitanía excepcional de don Juan de Austria, digno hijo de Carlos V, “el rayo de la guerra”, según otra memorable expresión cervantina.
Los pueblos hispánicos, flor de “lo que queda en el mundo de la vieja Cristiandad”, deben estrechar ataduras en todos los órdenes, como consigna de supervivencia. Es ello exigencia y sentido de la hora, en la que, paralelamente al colosal bifronte choque ideológico que la preside, se perfilan claras tendencias a las grandes unificaciones anglosajonas, germánica, eslava y amarilla; en la que se oye un ruido que ya no es subterráneo y que apaga antiguas divisiones en reinos de “taifas” y actuales sumisiones a potencias occidentales, y que proyecta al mundo musulmán a reconstituir de alguna suerte el Califato único, cuya voz sonaría más que fuerte en un posible orden mundial futuro. Sin ánimo agresivo hacia nadie, pero con un elemental instinto de defensa orgánica y vital, sin cerrar los ojos a las nuevas realidades, siempre adictos a su propio espíritu y estilo, nuestros países deben ponerse a tono con el género de Historia que parece comenzar.
Sólo de esta suerte, en ocasión no deseada pero difícilmente eludible dados los signos de los tiempos, podrán tener verdad, las palabras del poeta:
austeridades sin tacha
de la vieja hispanidad,
cuando la Bestia hecha hierro
tambaleante, y el mal,
hecho dureza y volumen,
quiso la tierra asolar,
para ponérsele enfrente
-flor que vence al huracán-
aún quedaban las Españas,
las de las cortas palabras
y las del largo rezar”.
Quedaría ese haz de naciones pertinazmente fiel a su fe y a las tradiciones de su raza, repetidor de la epopeya de Lepanto y –con nuevo derecho- de la estrofa definitiva de Herrera “el Divino” cuando dice de la gloria de aquel día:
venció del ancho mar el Trace fiero;
Tú, Dios de las batallas, Tú eres diestra,
salud y gloria nuestra…”
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