Ecos de Bandung
Publicación original: Novedades, 2 de mayo de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Bandung, Asia, África, anticolonialismo, racismo, cooperación internacional, tercera posición.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No puede sensatamente restarse importancia a la recién celebrada conferencia de Bandung. Contra lo que diga un criterio superficial o una propaganda interesada, esta reunión en la ciudad indonesia expresa el primer intento colectivo serio de precisar los puntos de coincidencia espiritual y política que pueden válidamente caracterizar a ese gigantesco fenómeno contemporáneo que es el despertar asiático y africano.
La levadura de ese movimiento fermentó primero los espíritus. Ahora, ese trabajo, antes subyacente, ha comenzado a manifestarse en la superficie exterior de los acontecimientos y busca enérgicamente el cauce de una acción conjunta. Sus progresivas repercusiones históricas, únicamente un profeta podría anticiparlas. Lo que parece fuera de duda es que pueden ser formidables y aun en gran medida decisivas. Y ese solo cuantioso caudal de posibilidades, que pugnan por pasar de la potencia al acto según se ha visto en las sesiones de Bandung, basta y sobra para reconocerles a éstas una significación extraordinaria en el momento presente.
De sus aspectos y circunstancias nos interesa aquí subrayar dos datos. En primer lugar, ha quedado obvio que entre los veintinueve países participantes tiene abrumadora mayoría el sentimiento y la convicción de que la controversia soviéticocapitalista es algo de lo que nadie, por supuesto, puede desinteresarse en virtud de sus lamentables resonancias de hecho en todo el mundo, pero que intrínsecamente es ajena al verdadero espíritu de los pueblos representados en Bandung, para los cuales viene a ser un problema ingente, sí, pero de suyo exterior a ellos, aunque en algunos casos lo hayan artificialmente importado, como en el caso de China roja o Indochina. Esto, digámoslo de paso es verdad para otros muchos pueblos, entre ellos los hispanoamericanos.
De ahí que, a pesar de la fortísima presión y las intemperancias del astuto Chou En-lai, la vigorosa impugnación –hecha por el canciller cingalés Kotelawala- del avasallamiento de países por parte no sólo del imperialismo occidental, sino también del comunista, señaló con claridad meridiana ese estado mayoritario de opinión que culminó felizmente –a pesar de su formulación amplísima e innominante- en la declaración oficial de repudio a toda clase de colonialismo, cualquiera que sea su origen; de apoyo a todos los pueblos que de una u otra manera lo padecen; de afirmación de que esa actual supresión de libertades e independencias es un áspero obstáculo para una paz verdadera y para una cooperación mundial efectiva en los propósitos comunes y constructivos de la especie.
Hubo además, según arriba decíamos, otro episodio interesantísimo por su contenido y por el relieve que obtuvo en la conferencia. Fue éste el escuchar la autorizada voz filipina, frenando a tiempo el indudable riesgo de que ahí asomase un racismo a la inversa, puesto ahora en juego por las que el abominable uso de ciertos países occidentales designa como “gentes de color”. Vino a ser ello, en verdad, una sagaz y generosa llamada de atención para no incurrir, con resentido ánimo de desquite, en un error idéntico al que hizo sus víctimas a los pueblos que tienen, o han tenido, la amarga experiencia de colonialismo. Porque esa misma experiencia está pregonando, por anticipado, las consecuencias funestas que para todos traería aparejado, a la postre, el insistir en semejante línea de conducta, en manejar en este vital aspecto de las relaciones humanas siempre la misma moneda, nada más que volviéndola por su otra cara.
Lástima grande que en este discurso haya aparecido la mención de los esfuerzos antirracistas norteamericanos, poco feliz si se toma en cuenta no ya la sabida situación de los negros en los Estados Unidos, sino, por ejemplo, los verdaderos datos del planteo del problema en Puerto Rico, alrededor del cual se ha querido levantar en vano una densa cortina de humo. Pensamos que una referencia más de fondo, y substantiva de veras, habría sido la de esa ejemplaridad permanente en materia de antirracismo de la que da fe la mera existencia de los países hispánicos. Testimonio colosal, elocuentísimo, que puede ser objeto de análisis, pero no de discusión, porque está ahí, a la vista, vivo y operante en el escenario mundial, y del que es porción ilustre nada menos que el propio pueblo filipino.
Tal vez se perdió así una oportunidad de oro para destacar las posibilidades objetivas de una liquidación de los prejuicios raciales. De subrayar cómo, si lo animan sinceros ideales humanistas, el intercambio –que llega hasta el mestizaje inclusive- en lo físico, en lo psicológico y en los elementos de cultura puede ser capaz de superar la antítesis de sangres diversas y civilizaciones distintas en la armonía de una síntesis no sólo conciliadora y de compromiso, sino honda, vital, y por ello históricamente fecunda a pesar de las inevitables deficiencias que, como obra humana que es, se le puedan señalar.
Por otra parte, la conferencia de Bandung deja la impresión de que, a pesar de la actuación del minoritario, pero poderoso grupo comunista y de los discutidos equilibrismos de la representación indostana, esta primera conferencia de “pueblos de color” ha dado aparentes muestras de una envidiable capacidad para eludir las digresiones ociosas y las discusiones bizantinas. Por ello, entre otras cosas, está muy lejos de constituir un fracaso. Al contrario, el solo hecho de que haya logrado que el mosaico religioso, racial y político que la integró coincidiera en las declaraciones y resoluciones finales da motivos al mundo para esperar que surja un influjo, de no despreciable eficacia, para aminorar la tensión que amenaza barrer la vida misma del planeta.
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