Dos Gemas Cervantinas

Identificador: DM-358.
Publicación original: Novedades, 20 de junio de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Cervantes, Persiles, poesía, pintura, historia, Roma, catolicismo.
Ilustración de Dos Gemas Cervantinas

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Este año es propicio a las evocaciones cervantinas y da ocasión de complacernos, por ejemplo, en dos tópicos –en su etimológico y propio sentido de “lugares”- de la obra del Príncipe de la Lengua que convidan, una y otra vez, al paladeo. El primero es un breve, original y bellísimo paralelo de la Poesía con los también muy nobles ejercicios de la Historia y la Pintura. El otro es una de las alusiones cervánticas en las que se envuelve en un halo de la mayor simpatía y dignidad al tipo del poeta.

Ambos fragmentos se encuentran en las páginas del Persiles, libro en el que la prosa de Cervantes alcanza quizá la maestría suma, la fluidez sin tropiezos, el interno equilibrio y proporción que le otorgan la categoría excelsa de arquetipo: hay en esa maestría, en efecto, el destello de señera pulcritud de lo que está muy cercano a la perfección de una IDEA platónica. En el Libro III, y al comenzar su capítulo XIV –sin título, como casi todos los postreros de esta obra, escritos cuando ya el pie estaba puesto en el estribo, para el viaje final- establece Cervantes su feliz comparación de esas que para él son tres “ciencias” (Recuérdese el apunte de Menéndez y Pelayo sobre la cervantina “preocupación del valor “científico” de la poesía”, en Ideas Estéticas, Cap. X del T. II):

“La Historia, la Poesía y la Pintura simbolizan entre sí y se parecen tanto, que cuando escribes historia pintas y cuando pintas, compones. No siempre va en un mismo peso la historia, ni la pintura pinta cosas grandes y magníficas, ni la poesía conversa siempre por los cielos. Bajezas admite la Historia: la Pintura, hierbas y retamas en sus cuadros, y la Poesía, tal vez se realza cantando cosas humildes”.

Admira, además de la hermosura intrínseca de tan gallardo pensamiento, y el ser éste, dicho con cláusulas de tan levantada y helénica serenidad, el que ello se exprese tan sólo para traernos por suave modo al caso de que va a tomar la palabra –porque alguna vez ha de hacerlo- uno de los ínfimos personajes de la novela, que por la narración sólo pasa como sujeto incidental y transeúnte : Bartolomé, el que en los andariegos trajines de las principales figuras del relato, mientras hacen el viaje de romeros hacia Roma, les cuida el equipaje. Y así, prosigue el párrafo: “Esta verdad nos la muestra bien Bartolomé, bagajero del escuadrón peregrino; el tal, tal vez habla y es escuchado en nuestra historia”.

Y es que el genio saca con la mayor libertad, sin temor a ruinosos derroches, del inexhausto tesoro de sus recursos, gemas del más subido precio hasta para adorno y donaire de lo mínimo. ¡Dichoso poder y maravillosa magia, que no nos toca a los demás sino envidiar y admirar en su perenne lozanía!

Ese genio que es Cervantes, en el segundo fragmento que hoy evocamos, se complace en poner lo más rendido de su católica devoción al introducir en el relato, por primera vez, a ese amable “poeta peregrino” cuyo nombre no llega a declarar –ni aquí, ni en la posterior y discreta conversación en que lo pone a dialogar con Periandro-Persiles. Este anónimo poeta peregrino aparece ciertamente en el segundo plano propio de todo personaje no principal, y además como esfuminado tras un curioso velo de discreción y modestia, como de intento colocado, pero que deja traslucir singular benevolencia y afecto del autor; el cual –en nuestro sentir- quiere con dilección a este incógnito hijo de su fantasía, precisamente por poeta y por creyente peregrino. Y así, cuando los romeros llegan, por fin, a la vista de la urbe que es imán de todos los cristianos corazones, pone Cervantes dulces lágrimas en los ojos de su poeta, y en su boca este canto de exaltada filialidad católica:

“¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta
alma ciudad de Roma! A ti me inclino,
devoto, humilde y nuevo peregrino,
a quien admira ver belleza tanta.


Tu vista, que a tu fama se adelanta,
al ingenio suspende, aunque divino,
de aquel que a verte y adorarte vino
con tierno afecto y con desnuda planta.


La tierra de tu suelo, que contemplo
con la sangre de mártires mezclada,
es la reliquia universal del suelo.


No hay parte en ti que no sirva de ejemplo
de santidad, así como trazada
de la ciudad de Dios al gran modelo”.

A poco de esto escrito –hagamos paráfrasis de la inmortal “Dedicatoria” del Persiles- abreviado el tiempo, menguadas las esperanzas de lo temporal, crecidas las ansias de lo eterno, había de llegar Cervantes –también singular y cristiano poeta peregrino- en el cabo del viaje de esta vida, a las puertas de esa ultraterrena Ciudad de Dios.

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