Don Luis Terrazas, o “El Orden Establecido”

Identificador: DM-284.
Publicación original: Novedades, 25 de enero de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Luis Terrazas, Chihuahua, liberalismo, orden político y José Fuentes Mares.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Como en lo astronómico, en lo histórico no solamente los soles sino también los satélites y subsatélites cuentan para la correcta y acabada noción de un conjunto.

La figura de don Luis Terrazas, liberal militante en toda la comprensión del adjetivo, gobernador varias veces de su natal Chihuahua e instaurador dentro de sus términos del “mayor imperio ganadero del mundo”, desde el punto de vista de la historia general de México, no es de las que suelen suscitar perdurablemente ni simpatías avasalladoras ni fobias enconosas como las que a su costa quiso extender un antilatifundismo plausible en sus motivos aunque a veces indiscriminado y demagógico.

Pero su influjo histórico es indudable, y en algún momento decisivo: cuando pasa por alto la injusta pero explicable sospecha juarista de “vidaurrismo”, 


y hace posible el asilo en Chihuahua de la “República peregrina”. Basta eso para conferir un interés original y fuerte al designio biográfico que, sobre este personaje, ha logrado muy cumplidamente don José Fuentes Mares en libro que enaltecen la elegancia de la expresión, la proporcionada distribución de materias, la notoria solidez documental y la científica honradez del propósito. Ceñidos por periodísticas exigencias de brevedad, hagamos respecto de este interesantísimo volumen sólo sucintos reparos y alguna consideración de las varias que juzgaríamos pertinentes.

Entre los primeros, dichos sean con todo comedimiento y estima de su probidad intelectual, cumple advertir que el biógrafo de don Luis Terrazas se pronuncia, de paso, contra la mítica glorificación que la historia oficialista hizo de Juárez y del constitucionalismo de 1857, y, no obstante ello, con ánimo de imparcialidad que le honra, expresa que don Benito, en su lucha contra la intervención francesa, encarnó la causa nacional. Sin simpatías para ninguna extraña interferencia en nuestros asuntos domésticos, a nuestra vez pensamos que hay que seguir ponderando, escuetamente, qué pudo haber tenido para México significación más funesta: si el apoyo sin disimulo al grupo conservador de una Francia ultramarina o el auxilio malembozado al grupo liberal por parte de unos Estados Unidos vecinos, viejos auspiciadores de nuestra interna anarquía, recientes mutiladores de nuestro territorio y en acecho aún de nuestros despojos.

Igualmente objetable, por desmesurado, nos parece atribuir la calidad de genio a ese histrión número uno de nuestro siglo diecinueve: Santa Anna, a pesar de toda la importancia que, para nuestra desventura, asumió durante décadas enteras.

También sentimos inadecuada la calificación que de simplista se hace al ideal monárquico en que creyeron conservadores ya de conspicua, ya de mediana capacidad como, respectivamente, Alamán o Gutiérrez de Estrada.

Se podrá no ser creyente de la fórmula monarquista, y convenir, con llaneza y sin prejuicios ingenuos de que no pocos adolecen, en que no sólo la fórmula contraria nos era extranjeriza y, más aún gravemente disociadora en su para nosotros artificiosa expresión federalista, sino en que, a la sazón, el antecedente monárquico de tres siglos aun tenía considerable peso sociológico. Qué más: si mucho se nos apura –y sin hablar de ese verdadero reinado que fue el porfiriato- podríase decir sin irónica intención que hasta hoy día, después de 130 años de república teórica, en alguna medida nuestra realidad política exacerbadamente presidencialista sigue expresando un difuso pero espontáneo, subyacente, “irredento” monarquismo.

Por otra parte, nos parece obvio que el régimen de su predilección fue visto por nuestros monarcómacos no en su aislada eficacia, sino en cuanto coronamiento y garantía de un determinado cuadro de principios como los que claramente resumió Alamán en memorable epístola a Santa Anna.

Pasando de nuestras anteriores discrepancias a las consideraciones que nos sugiere la lectura de “... Y México se Refugió en el Desierto” –que tal es el rubro de esta biografía de don Luis Terrazas- subrayemos tan sólo el signo negativo que asume esa ejemplaridad con que el personaje, a guisa de “leit motiv” constante de su actitud política y espiritual, defendió siempre la bandera de “el orden establecido”. Al de Juárez, contra el “tacubayismo” de Zuluoga o contra el Imperio o contra Porfirio Díaz. Al de Lerdo, contra la revolución de Tuxtepec. Al porfiriano, contra el maderista... Su convicción –esa sí, sobrado simplista- se mantuvo firme contra los movimientos armados, “los que, por lo general -habrá de decir en sus últimos años- conducen a los países a su más completa destrucción”.

Tal fetichismo, que se manifiesta con viva energía e igual inconsecuencia dialéctica en muchos acerados caracteres de sus contemporáneos, le llevó a ver en los sucesivos “órdenes establecidos” la encarnación del interés de la Nación. Y eso a pesar de que fue obvio que significaron, en más de un aspecto, precisamente lo contrario, y de que para persistir, cada uno de ellos incluso hubo de echar mano del recurso de vulnerar los principios y las bases constitucionales que invocaban como fuente de su legalidad.

Es lastimosa, y da grima, tenacidad tan ejemplar puesta al servicio de la superstición del orden establecido, sin atender mayor cosa a la substancia del pretendido orden, a su moralidad o inmoralidad. Con tal visión de la política, si el avatar histórico, pongamos por caso, hubiese consolidado al Imperio en vez de destruirlo, Terrazas, con todo y su indiscutible lealtad a la causa liberal-republicana, habría tenido en tal hipótesis –para ser lógico- que sostener a Maximiliano contra todo viento y marea de restauración de la República, ya que lo interesante en última instancia eran las garantías que el régimen en turno diese a los hombres de trabajo, especialmente a los que, como él, habían llegado a esa meta característica de nuestro liberalismo que subraya Fuentes Mares: a la condición de “hombres respetables” por su prosperidad.

Por donde se ve, una vez más, cómo el espíritu liberal –fuente irremediable de contradicciones- falseó aun en los mejores caracteres los más excelentes principios. Si en unos les deformó el espíritu de rebeldía contra la gobernación injusta o tiránica hasta llevarlos al anarquismo o poco menos, en otros adulteró el principio de autoridad hasta llevarlos al desenfreno absolutista del poder –doble y lúcida observación de Hipólito Taine- o como en el caso de don Luis Terrazas: el más contumaz de los reaccionarismos.

Y es que –hay que repetirlo sin cansancio- cuando en la vida individual o en la de los pueblos se quiere hacer una amalgama de errores y verdades, normalmente aquellos obscurecen primero y luego contaminan a éstas al grado de tornarlas, al final de cuentas a su imagen y semejanza; en nuevos y también letales errores.

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