¿Dominio de lo Telúrico o de lo Humano?

Identificador: DM-338.
Publicación original: Novedades, 7 de febrero de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: maquinismo, técnica, dignidad humana, Alexis Carrel, Jacques Maritain, orden social.
El ser humano gobierna la máquina y la orienta hacia el bien común

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

A propósito del problema del maquinismo, Papini ha expresado hace poco que “el problema no está correctamente planteado y por lo mismo es insoluble, porque la máquina… jamás podrá llegar a ser humana y tiende, por el contrario, a convertir en menos humano al hombre. El verdadero problema, a mi juicio, es la transmutación de las almas humanas y, por tanto, la búsqueda y la actuación de una técnica apropiada a este fin, de una técnica psicológica que tenga en cuenta las leyes biológicas y los ideales morales”.

No es, por cierto, la primera ni será la última de las veces que expresen, palabra más o palabra menos, el mismo pensamiento sobre este capital problema contemporáneo. Pero urge insistir en él y tratar de darle desarrollo orientándolo a metas concretas. Ya ese esclarecido hombre de ciencia que fue Alexis Carrel subrayaba, por ejemplo, que era necesario al hombre supertecnificado de nuestros días hacer una revisión a fondo de sus sistemas de vida. No se trata de desechar la máquina, sino de adecuarla a los fines substantivamente humanos. Porque hacía la medular observación del obvio desnivel del progreso científico: desmesurado en el orden de lo físico-químico y relativamente retardado por lo que atañe a las investigaciones biológicas con especial referencia a la biología humana. Y concluía que nuestro atraso en el conocimiento de esta última ha acarreado para numerosísimos núcleos humanos una cada día más evidente inadaptación desde el punto de vista biológico a las condiciones de ambiente suscitadas por la técnica en los últimos decenios con una rapidez indiscriminada.

Y esta observación de Carrel lleva de la mano a preguntarnos: ¿qué es más importante para el hombre: el dominio de la naturaleza o el dominio de lo humano?

Parece desde luego que lo segundo, no obstante que ello presuponga siempre un mínimo inexcusable de lo primero. Por eso es que a veces nos ha parecido un tanto descentrada la insistencia molesta de los tratadistas de geografía humana, en su sección económica, cuando hablan del sometimiento de los factores geográficos adversos al hombre, casi casi, como quien habla de la aspiración suprema de la historia. Antes que ello importa, como pedía Carrel, conocernos más en lo biológico y en aquello que nos especifica en cuanto hombres, que es lo que concierne a nuestro espíritu, así en sus aspectos de esencia y finalidad como en sus leyes operativas. En suma, antes que nada, a todos nos importa la recta ordenación de nuestra vida individual y social. Porque, ¿de qué nos serviría, verbi gratia, dominar industrialmente lo telúrico, si en cambio de ello hubiésemos de ser esclavos de un Estado leviatanesco que nos devore el alma?

Urge una revisión de nuestra tabla contemporánea de valores. Caer en la cuenta de que, como expresa Maritain, “la obra común de la ciudad temporal no está ordenada como a su fin principal a una actividad material y proyectada al exterior, tendiendo a dominar la naturaleza por la potencia industrial, sino a esas actividades inmanentes e inmateriales… que en lo social se manifiestan antes que todo en un esfuerzo heroico hacia un régimen de justicia y de amistad civil, de libertad y de cooperación fraterna entre los hombres”.

Y es nítida la consideración que, refiriéndose a los tiempos presentes, ha hecho Pío XII: “la gran miseria del orden social estriba en que ese orden no es profundamente cristiano NI REALMENTE HUMANO, sino únicamente técnico y económico. No descansa en lo que debería ser su base y el sólido fundamento de su unidad, es decir, en el común carácter de hombres por la naturaleza y de hijos de Dios por la adopción divina”.

Tiene razón Papini. El problema del maquinismo se ha planteado mal. Si se plantea correctamente la solución verdadera es que si el hombre quiere verse a salvo de la rebelión de sus máquinas, que amenaza destruirlo; si quiere conservar siempre en sus manos la pieza de control que impide que el “robot” le estrangule, debe empezar por señorearse a sí propio, a sus potencias: alerta siempre respecto de su propia e íntima realidad para no incurrir en distracciones catastróficas.

Eso vale tanto como decir que debe volver a los cauces que su condición de ente dotado de un soplo de espíritu le exige. Asumir otra vez conciencia de su auténtica significación dentro del orden universal: ni superhombre, ni animal. Sencillamente, hombre. Con todas las limitaciones, pero al mismo tiempo con toda la excelsa dignidad, con todas las maravillosas posibilidades y las ennoblecedoras responsabilidades que ello entraña.

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