Divagación Lacustre

Identificador: DM-403.
Publicación original: Novedades, 30 de abril de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: lagos mexicanos, Texcoco, Pátzcuaro, Vasco de Quiroga, purépechas, evangelización, historia de México.
Ilustración de Divagación Lacustre, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

México se mira, en su Historia y en su poesía, en el espejo de sus lagos. Estos no admiten siquiera comparación con las inmensas extensiones lacustres del Canadá o con ese verdadero mediterráneo formado por los Grandes Lagos yanqui canadienses en el que se ha desarrollado un floreciente, intensísimo centro de relaciones humanas de los más notables en el mundo contemporáneo. En mucho aventajan a los mexicanos, por lo que toca a la vastedad, los lagos nicaragüenses y el suramericano Titicaca. No obstante, con este último Texcoco y Pátzcuaro comparten el brillo de haber dado asiento a los más importantes núcleos precolombinos del Continente, siempre que no echemos en olvido las realizaciones mayas de Yucatán y Centroamérica.

Con las aguas de la laguna texcocana no se ha evaporado, por cierto, el ingente caudal histórico de que fueron ocasión. Y nuestra metrópoli no podrá retirar jamás de su escudo de armas las ondas heráldicas en que navega el esquife de un pasado ilustre que vio “los ídolos a nado” hundirse en un naufragio irremediable. Y la fuerza a la vez centrípeta e impulsora de la nación frontera de la hispanidad americana radica todavía, en una perduración prometedora, en esta breve cuenca disecada del fondo del Valle de México, transida de Historia y de extraordinarias sinergias sociales.

Otras extensiones lacustres como las de las lagunas de Parras, la de Patos, la de Santa María o la de Guzmán nos hablan con voces modestas. Xochimilco vence su brevedad con sus floridos atributos de vergel inmarcesible en todo tiempo. Chapala, la inolvidable, la reina de nuestra hidrografía, es pródiga en bellezas de excepción; pero pensamos que su rango estético cede a la incomparable poesía azul de Pátzcuaro, al ensalmo pictórico que en éste hechiza en un minúsculo archipiélago y en sus pueblecillos ribereños.

Además, otra mejor diadema ciñe las sienes del lago tarasco. Sus aguas y las tierras aledañas que le rinden sumisión en un típico fenómeno de geografía humana, fueron testigo de los grandes y claros hechos de una de las más nobles figuras de la vida americana: don Vasco de Quiroga, el dulce, ascético y creador. Tata Vasco puso en su paisaje inmortales pinceladas de espíritu que hasta el día de hoy le imprimen carácter y le ungen de una suave aureola misional y evangélica.

Aquí, la infatigable ancianía de aquél como ninguno varón de Dios supo realizar, social e históricamente, la comprobación del dogma católico e hispánico antirracista que nos dice que, si en lo teológico todos los hombres son susceptibles de ganar la salud eterna, en lo sociológico todos los pueblos y razas son capaces de ganar las más encumbradas excelsitudes de la cultura. Aquí hizo surgir esa que podríamos llamar propiamente “civilización quiroguiana”, en que se repitió no precisamente la abstracción de las Utopías renacentistas sino una pequeña, comarcana Edad Media en pleno siglo dieciséis. Después de la sanguinaria desolación esparcida en estos parajes por el bárbaro Nuño de Guzmán –el fallido émulo de las glorias de Cortés-, forja don Vasco esa república ejemplar de los indios purépecha en la que, abdicadas torpezas idolátricas, todos y cada uno de sus pueblos viven en cristiana policía, en un pacífico y varonil empeño “de procurarse, juntamente, el cielo con el pan de cada día”.

Espléndido mentís dióse así a la arrogancia de la falsa Reforma protestante que en los bosques y llanuras del septentrión continental cumplió cruelmente el decreto que declaraba al autóctono incapaz de una vida humana y civil. Por contraste, los tal vez remotos parientes prehistóricos de los tarascos, los aborígenes que habitaban la región de los Grandes Lagos, habrían de iniciar, al poco tiempo, su dolorosa extinción: al cabo de unas cuantas centurias, no iban a ser sino un recuerdo en la toponimia que, más misericordiosa, los evoca en la persistencia de vocablos indígenas que designan, hasta la fecha, poblaciones y accidentes geográficos. No así los indios michoacanos, que aun en nuestros días siguen dando testimonio de lo que puede el auténtico cristianismo cuando juega sus cartas, en el tapete de la Historia, a la creación imponderable de una vida social pacífica, ordenada y justa, regida desde su entraña por un “amor visceral” como el de Tata Vasco.

De esta suerte, el extinto Texcoco y el viviente Pátzcuaro alcanzan por sí solos a dar lustre y nobleza singulares a toda la pequeña familia de los lagos mexicanos.

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