Desertores y Traidores
Publicación original: Novedades, 29 de diciembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: comunismo, frentes populares, Iglesia católica, Pío XI, Pío XII, guerra civil española y colaboración política.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Sintomáticas de la confusión de los tiempos son ciertas amistades de corderos y lobos. Por fortuna, en México los ensayos frentepopulistas han muerto siempre en flor, no obstante que esas alianzas monstruosas de gentes honradas con los subversores del orden social se ha pretendido disfrazar, más de una vez, con la “fermosa cobertura” de la unidad nacional. El buen sentido –este sí verdaderamente popular- conserva su imperio. Muchas veces en forma sanamente instintiva. Otras, en forma reflexiva e ilustrada.
Este buen sentido da en el blanco, al distinguir entre la unidad nacional auténtica y los consorcios de alguaciles y ladrones. Entre la obra de misericordia de corregir al que yerra, y el paseo del brazo por la vía pública con el malhechor notoriamente en trance delictivo; o con la aquiescencia a cooperar amistosamente con él.
Porque el Papa –cuya palabra obtiene el mayor prestigio moral en nuestro mundo desquiciado- acaba de recordar a todos los amigos de la paz, y singularmente a los católicos, que: “Es desertor y traidor quien dé su apoyo material, sus servicios, sus talentos, su ayuda o su voto a los partidos y a las fuerzas que niegan a Dios, que dan primacía a la fuerza sobre el Derecho”. Tengan esto en cuenta todas las personas decentes que en el caso se encuentran. Y sobre todo, los afortunadamente escasos católicos “rojizantes”. Y, asimismo, los un poco menos escasos católicos que no saben o no quieren distinguir entre la obra de misericordia ya aludida, y lo otro. Lo otro, que aparte de ser escándalo desorientador, llega a veces a la claudicación de hecho, o, al menos, a la ingenuidad que a estas alturas constituye una arremetida contra la máxima evangélica de ser sencillos como las palomas, sí, pero también prudentes como las serpientes.
Hay demasiada Historia acumulada, desde Marx hasta José Stalin. Pasando por la “Commune” parisiense; por el paraíso rojo de Lenin y Trostky, en Rusia. De Bela Kun, en Hungría; por el frentepopulismo francés de la preguerra; por las “checas” barcelonesas, durante el conflicto español; por las dulces muestras de hoy día: polacas, yugoslavas, italianas, helénicas y –otra vez- húngaras y francesas, de los camaradas soviéticos o sovietizantes.
Por si todo ello no fuere suficientemente ilustrativo, parece obvio que la voz del Jerarca Supremo de la Catolicidad, en los labios más que explícitos de Pío XI y Pío XII, ha de ser filialmente escuchada y llevada a práctico acatamiento. Y esa voz augusta –paternal, pero decisivamente admonitoria- ha vuelto a condenar en el último mensaje de Navidad, y sin dar pie a interpretaciones acomodaticias, la famosa política de la “main tendue”, los contubernios de tipo frente popular. Esas actitudes, para los católicos, han sido declaradas formalmente ilícitas. La claridad de este anatema corre parejas con las condenaciones anteriores. No varían un ápice el juicio y la doctrina de la Santa Sede, aun ahora, cuando en el “sacro suelo” de Roma los emisarios del ateísmo y la violencia quieren emponzoñar el corazón mismo de nuestra civilización.
Persiste, indomeñable, el perenne “non possumus” del Papado: resonante y enhiesto.
¿Será, pues, preciso insistir en que esa “mano tendida” no es sino la pata del lobo, enharinada para acallar sobresaltos de Caperucitas –católicos o no-, que casi siempre es regla encontrar en el tipo de lo que se ha dado en llamar el intelectual puro, con poco sentido de las cosas prácticas o poco valor para encararse a ellas?
¿Hay necesidad, acaso, de refrescar ciertas nociones elementales en el católico militante del apostolado social y religioso, o de la vida política? ¿Cómo la de no confundir la caridad con el enemigo de la Fe y de la Patria, con posturas que vienen a ser transacciones prácticas, que no tolerancia, con error? ¿Cómo el absurdo de querer juntar lo que no admite conjugación alguna: la Verdad y la Mentira, Cristo y Belial?
Pero si todo ello se olvida, valga al menos la autoridad del Pontífice para quienes –católicos- miran con incomprensibles simpatías y lenidades a personas, instituciones y empresas teñidas de franca herejía revolucionaria, y admiten colaboraciones imposibles. Ello, si es que no han olvidado también que la Cabeza manda y los miembros deben obedecer.
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